jueves, 30 de junio de 2011

Experiencias tubulares


Fue una experiencia llamativa la de ser introducido en el tubo del resonador magnético. 

Al agobio del encierro (no es cosa baladí que te ofrezcan una suerte de pera para avisar si llegan los monstruos y necesitas salir de urgencia) se unen los ruidos diversos, esas desconexiones de los imanes secundarios que aniquilan toda ocasión de pensar de modo organizado. 

Acabé inventando rimas siguiendo la secuencia de bramidos. Luego las recomponía y cantaba por lo bajinis. Y no había modo de que ese coñazo acabase, porque al poco se repetía una y otra vez, aunque con variaciones en la serie de aldabonazos. Eso era muy entretenido. De verdad que sí. 

Ya me han dado los resultados. No hay evidencia de nada de lo que se buscaba pero, como siempre, sí ha aparecido algo inesperado que otro especialista tendrá que valorar. Ambas cosas suelen suceder. 

El informe, sucinto, escrito en galimatías absurdo, habla de discretos elongamientos basilares y otras gaitas, pero me llamó la atención una pequeña lesión hiperintensa subcortical bifrontal de naturaleza vascular. El médico habló de ligera isquemia y ahí ya sonaron alarmas. "Nada de importancia, pero debe valorarlo el neurólogo", repitió. Así nos quedamos muy tranquilos. 

O sea, que no sé qué cosa ha muerto ahí dentro pero, a tenor de lo razonablemente que me funciona el caletre, parece que ya no la necesito. ¡Hay que joderse con la naturaleza, que afición tiene por lo superfluo! 


sábado, 25 de junio de 2011

Mientras espero.



Llevo demasiado tiempo esperando en aeropuertos, me temo. Las luces siempre insuficientes, ese aire acondicionado artificial, sus cafeterías de espanto... 

Las salas de espera consiguen que cualquier pensamiento resbale por sus suelos repulidos y desaparezca en un panorama de plástico y conversaciones desmadejadas. 

Uno, abrasado de tedio, radiografía los paneles de anuncios con los vuelos retrasados y por más que mire no consigue que se transformen esos minutos congelados, cuartos de hora perennes, medias que petrifican la visión y deshacen el sentido de uno mismo. Ya no son tiempo. Ya no soy nadie, agregado a una masa de viajeros que esperan como yo, siempre en movimiento y siempre estáticos. 

A veces, creo reconocer un rostro ¿Algún conocido ocasional, un compañero de trabajo, quizás el vecino que se fue hace años? Ni hablar. Simplemente, alguien que lleva esperando casi tanto tiempo como yo y ya he retenido sus facciones. Nos miramos, reprimiendo bostezos simétricos. 

Al final, acabaremos saludándonos y hablando de cualquier trivialidad, por pura desesperación. 

jueves, 23 de junio de 2011

-¿Milagro? -¡No, industria!



Era vieja, estaba algo estropeada, le di un último golpe y murió. Tuve que comprar otra, más potente que la anterior. Paradójicamente, los problemas con la ropa empeoraron.

Lo que antes era tosco y simple, con la nueva plancha ultramoderna se volvió delicado y sensible. La primera legión de arrugas apareció en una simple camisa de entretiempo que nunca antes me había castigado. Fue peor con las perneras de los pantalones. La doble tela aumentaba las posibilidades de error, y era cosa de ver cómo el trabajo impecable se revelaba corrupto y zafio al dar la vuelta.

Decidí que los paseos militares de otro tiempo habían acabado. A partir de entonces, se trataría de un trabajo menos forzado y de disposición más adecuada, de recursos varios, de negociación con los dobles, las arrugas, los tableados y cortes asimétricos. 

Debía establecer una estrategia apropiada, convencer al tejido de que esa posición, si bien poco ortodoxa, aunque no nos gustara a él ni a mi, era proclive al allanamiento o procuraba acceso a rincones protegidos. Debíamos inventar otro marco de relaciones.  

Las cosas empezaron a mejorar. Sin embargo, no debía dormirme en los laureles. A la que prestaba atención a una arruguita pequeña en el frunce de no sé qué descuidaba la gran extensión de la pechera y ¡zas! tremendo pliegue que no se deshacía con el consabido chorrito de agua ni con las nubes de vapor ultrapotente. 

Había que saber de qué problema ocuparse primero, a qué dar todo el mimo y qué dejar para más adelante. Tuve que ceder para poder ganar. 

Es un problema grave el que los prohombres (y promujeres; habrá que inventar el término) de este país no planchen nada. Si lo hicieran a diario aprenderían bastante sobre la vida real y sobre sí mismos. 

La ultraderecha mediática (ésa que tiene tantas portavocías digitales*  por obra de Aznar, Aguirre y otros, no lo olvidemos) ha puesto a caldo al gobierno por negociar con vascos y catalanes la reforma de los contratos laborales. Los del PP también insistieron en esa línea, como si nunca lo hubieran hecho ellos mismos, incluso con los mismos etarras. Y en todas las demás, justas o estúpidas, por supuesto. Para ellos sólo vale lo que se decide de acuerdo con sus intereses y sin consenso. No sea que cambie una coma y pierda su sazón. 

En fin, he decidido que no es que yo sea lento planchando. Es que negocio mucho.




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* Digitales, por haber sido adjudicadas a dedo, como era habitual en tiempos más oscuros que ahora no les viene bien recordar. 

Maquillaje de cercanías.





Lo he observado varias veces. A primera hora de la mañana, la mujer se sienta al lado. Parece algo dormida pero encadena los gestos con extraña precisión. 


Lleva consigo un bolso repleto de cosas imprescindibles. Comienza a sacarlas: un espejo redondo muy pequeño con el que se escruta el rostro durante unos segundos, minuciosamente, hasta que algún detalle entrevisto la hace reaccionar. Busca entonces un pequeñísimo pincel, toallitas, varios botes coloreados que abre con decisión y deposita en equilibrio perfecto, a pesar del traqueteo. 


También hace falta una brocha, y al cabo aparece de entre las profundidades, pero no, mejor con el dedo. Comienza a extender el rubor sobre las mejillas. Define, perfila, retoca, suaviza, unifica. Los labios son tarea de precisión, y los siluetea con un finísimo pincel antes de rellenar el espacio enmarcado con otro más grueso, plano, igual de preciso. Da infinidad de pasadas sutiles. Observa el resultado. 


Prosigue con los ojos. Hay lápices de varios tamaños y colores que sopesa y desecha hasta dar con el estupendo. Luego llegan las diversas sombras, que también le exigen un esfuerzo considerable. Primero, una clara para el interior. Otra de color terroso en la zona externa del párpado. Una tercera que ya no logro identificar con el evidente propósito de hacer más coherente el dislate cromático que ¡oh, maravilla!, empieza a parecer una sombra de ojos como las de cualquier mujer que te encuentras por la calle. Y yo sin sospechar el ingente trabajo, la erudición lúcida que hacen falta para lograrlas. 


Es un proceso mixto entre la efusión de coquetería, lo vulgar y el espectáculo circense, con sus dosis de suspense incluidas: ¿acabará sacándose el ojo con el perfilador? 


No por ello deja de ser absorbente. Hechiza al espectador involuntario de tal modo que en todo el trayecto apenas puede pensar otra cosa que dónde encontrará el próximo potingue y en qué misterioso rincón de su rostro sabrá aplicarlo con eficiencia. 


En un momento dado volví la cabeza y vi que había no menos de seis personas tan embobadas como el que suscribe siguiendo sin parpadear las maniobras de la señora. 


Lo que me lleva a pensar que o bien nadie tiene nada mejor que hacer a las siete de la mañana o que la aplicación minuciosa y diestra para conseguir la inepcia sigue siendo subyugante.


 

martes, 21 de junio de 2011

Cecilia Bartoli



En fin: si no lo pongo, reviento. No es que sea mi tipo de música preferida en los últimos tiempos, pero la interpretación de la Bartoli es tan apabullante que no hay más que rendirse a la mejor mezzosoprano del mundo. 



domingo, 19 de junio de 2011

Jorge Semprún.





No lo quiero evitar. A veces sienta bien hacerse daño. Releo "El largo viaje" y, buscando el episodio de los niños judíos acosados por los perros de las SS, encuentro lo siguiente: 


Yo estaba de pie en la gran plaza donde formábamos, ahora desierta, era el mes de abril y ya no tenía ninguna gana de que aquellas muchachas vinieran a visitar mi campo, aquellas muchachas con las medias de seda bien estiradas, con las faldas azules bien ajustadas a las caderas apetitosas. Ya no tenía ninguna gana (...) Tenía ganas de que se largaran, simplemente. 
-Pues parece que no esté tan mal -dijo una de ellas en aquel momento. 
El cigarrillo que yo estaba fumando adquirió un penoso sabor y pensé que, pese a todo, iba a enseñarles algo. 
-Síganme -les dije-. Y me encaminé hacia el edificio del crematorio. 
-¿Esto es la cocina? -preguntó otra muchacha. 
-Ya verán -contesté. 
(...)
Hago pasar a las muchachas por la puertecilla del crematorio, la que conduce directamente al sótano. Acaban de comprender que no se trata de la cocina y se callan de repente. Les enseño los ganchos de donde suspendían a los compañeros, pues el sótano del crematorio servía también de cuarto de tortura. Les enseño los vergajos y las porras, que siguen en su sitio. Les explico para qué servían. Les enseño los montacargas que llevaban los cadáveres hasta el primer piso, justo frente a los hornos. Las muchachas ya no tienen nada que decir. Me siguen y les enseño la hilera de hornos eléctricos y los restos de cadáveres semicalcinados que han quedado en los hornos. Apenas les hablo, les digo solamente: "Aquí está esto, ahí esto otro". Es necesario que miren, que intenten imaginar. Ya no dicen nada, tal vez ya están imaginando. Es posible que incluso estas señoritas de Passy y de "Mission France" sean capaces de imaginar. Las hago salir del crematorio al patio interior rodeado de una valla muy alta. Allí ya no les digo nada en absoluto, les dejo que miren. Hay, en medio del patio, un hacinamiento de cadáveres que alcanzará tal vez los cuatro metros de altura. Un apiñamiento de esqueletos amarillentos, retorcidos, los rostros del espanto.


Quien escribió estas líneas salvajes y bellas, un español de bien, ha muerto hace unos días. Sólo quería recordar. 

Russian Red. Let's talk about politics...





Gran drama: parece ser que la chavalita apodada Russian Red, que tan bonita voz y tan buen acento inglés tiene, es de derechas. Lo confesó en una entrevista y medio país se ha escandalizado.

 A mí, personalmente, no me extraña en absoluto. Por un lado, y mal que nos pese, hay una porción de jóvenes, todavía minoritaria pero llamativamente grande, que se decanta hacia el conservadurismo. No en asuntos morales o sociales, pero sí en la política rastrera de todos los días. 

Follarán como conejos y abortarán de extranjis, serán solidarios o simpatizantes con causas bien vistas, tendrán ideas sobre economía y empleo y que los acercan más a IU o a la Puerta del Sol pero, a la hora de votar, prefieren a quien desea conculcar esos derechos, tan duramente conseguidos, antes que a la desfallecida izquierda del momento. Uno puede considerarlos tontos de capirote, analfabetos en política, historia y lo que se tercie, traidores a su esencia, pero ahí están. Tercos como mulas: yo soy de derechas.

Esto me recuerda la actitud de ciertos grupos musicales de la época de la movida, que no dudaban en declararse fascistas, afines a Alianza Popular o a Falange Auténtica. Casi todos sacaron en su momento réditos de estas afiliaciones sentimentales, pero ése es otro cantar. Su intención evidente era provocar al personal. Una postura estética, ante todo. 

En fin, no dudo de que es signo de los tiempos. Entre los menores de 25 años hay un pavoroso (o estimulante, según se mire) vacío de mitos e ideologías, pero también una enorme falta de curiosidad y de ganas de hacer cosas sin recibirlas empaquetadas y mascadas digitalmente. Esto me preocupa más.

De otro lado, no me extraña en absoluto que esta chica tan modosa y poco afectada por las derivas del momento histórico pueda ser demasiado acomodada y establecer los referentes vitales con una sorprendente anemia intelectual. Todo lo que piensa, sea ésto mucho o poco, lo dedica a su mundo intimista, a la búsqueda de la expresión personal (1).




 Me parece una opción vital y estética que no comparto, pero que sí consumo como cliente de productos culturales. Por lo que no tengo derecho a denostar sin más ni más. 


Porque, si a la hora de escoger un libro o un disco tenemos que tener en cuenta la derrota política del interfecto, lo llevamos claro. Yo, por ejemplo, cada día soy más ateo. Sin embargo, no dejo de leer a Fray Luis de Granada, a San Juan de la Cruz o al Paravicino. Concretamente, hace poco compré en Zaragoza una excelente edición de las obras completas de Santa Teresa de Jesús que me tiene encantado. Y no por eso dejo de pensar como pienso en esas materias. 

Otros de mis autores favoritos son J. L. Borges o E. Jünger; ambos, reconocidos conservadores. ¿Y? ¿Voy a tener que rendir cuentas a alguien por estas desviaciones?


Si lo que importa es la escritura, o la música, en el caso de Russian Red, ¿qué más da lo que proclame respecto a tal o cual opción política? La prefiero a ésas que van de guays por la vida, confiesan ser apolíticas y, a la que se les rasca la pátina de modernez, son más fachas que Blas Piñar. 


De todos modos, y ya que vamos de sinceros en esta entrada, creo lamentable que una persona joven esté tan poco dispuesta a entender la existencia en otros parámetros que la reacción y el conservadurismo (que no lo es sólo en política, no lo olvidemos). 


Porque ser progresista también supone tener una visión de la sociedad, del mundo y de la propia vida en términos de apertura, de experimentación, de ganas de liberarse de imposiciones. De voluntad, en definitiva, de descubrir lo que no nos ha sido dado o de cambiar lo que nos fastidia. 


Si consigue todo esto cantando con su guitarra, ¿por qué no lo amplía al resto de actividades intelectuales? 




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(1) ¿Por qué la sensibilidad y la autointrospección han de estar reñidas con la atención a causas que como joven española del dos mil once deberían afectarle? No veo la contradicción, pero allá ella. 

lunes, 13 de junio de 2011

Muy desmotivador.

Esta temporada, la moda femenina en calzado está dando serios disgustos a los que, bien por oficio, bien por afición, nos fijamos en esas historias.  


Porque no pretendo pasarelas cibeles en plena calle pero, por favor, sí un poquito de nivel. ¿Hay algo más descorazonador que ver los plataformones con cuñas espantosas, para más inri elaboradas en esparto, que asolan los pies de cualquier fémina que pretenda ir a la moda? 



El colmo llega cuando se plantan un agujero delante, el famoso peep toe que alguien que odia a las mujeres debió de inventar para que todas parecieran marujas de pueblo en los años sesenta. Ahora perseveran en la intención. 






Por no hablar de esas bailarinas prácticamente sin tacón que envilecen la figura de la inmensa mayoría. Algunas, con lacitos de inverosímil cursilería; otras, con lentejuelas o pedrería que no sé qué pretenden aparentar o embellecer, pero a fe que no lo consiguen. 








Además, las hacen con cada vez menos material sobre el empeine, cada vez son menos zapato y mas carne desperdigada a los lados, pies con volúmenes más anchos y bastos, más aldonza lorenzo y menos dulcinea del toboso, para entendernos en términos clásicos. Un espanto. 


Y es que, cuando ya se descubren los cuerpos y aparecen las piernas con sus shorts indomables, las telas leves y más ceñidas, esa mezcla de rotundas formas juveniles con la ñoñez cutre-mesetaria del esparto dan bajona al más emocionado. 


Así no se puede ser un profesional del ojeo. No señor. 

martes, 7 de junio de 2011

Antígona. A. Torres Blandina. "Mapa desplegable del laberinto".



La librería Antígona (C/ Pedro Cerbuna, 25, frente a la Universidad) es sin duda la mejor de Zaragoza. 


Por varias razones pero, ante todo, porque tiene un excelente "fondo editorial". Es el único sitio, desgraciadamente, donde puedes encontrar (o hacerte traer) libros mal distribuidos, publicaciones fuera de los cauces masivos del mercado, títulos agotados en las demás librerías "mainstream". 


También porque Pepito, su propietario, es una máquina de precisión en todo lo que se refiere al mundo editorial y un tipo culto, buen conversador y capaz de aconsejar con gusto sobre asuntos literarios (y musicales: cada vez hay pilas de cedés más altas en su mostrador). 




Además, porque conserva en cierta medida ese aire de librería antigua, en apariencia algo desordenada pero siempre fructífera si te dejas sumergir en sus pilas de libros. No muestra los anaqueles impolutos, llenos de espacios vacíos y novedades de colorines. Ni falta que hace. Es una librería para buenos lectores, no para aficionados de ocasión. 




Concretamente, hace unas semanas estaba rebuscando entre los rimeros de libros de su "mesa de novedades" y cayó en mis manos el de un tal Alberto Torres Blandina, "Mapa desplegable del laberinto" (Ed. Siruela, 2011). 


De acuerdo, a mí tampoco me sonaba. Lo hojeé y me pareció que se sostenía tras la prueba habitual de la "apertura súbita". Pregunté a Pepito y me dijo que acababa de llegar esa mañana. Todavía no tenía referencias. Y lo compré, pensando que otra vez picaba con un tontuelo modernillo de los comunes en otras editoriales que detesto. 






Para nada. No voy a decir que "Mapa desplegable del laberinto" sea una obra fantástica, pero sí me ha sorprendido gratamente. Su tema casi único es el amoroso, a través de tres personajes jóvenes de vidas entrelazadas que van alternando sus voces. Y posee una cuidadísima arquitectura narrativa que lleva con la mayor eficiencia, de modo que las debilidades argumentales y, sobre todo, la falta de mayor ambición en los temas y de alcance en los bloques narrativos, no dejan que descarrile. 


El autor demuestra que tiene madera. Quizás, insisto, con demasiada levedad en el planteamiento, pero domina la técnica y sabe hacer hablar a los personajes sin que se note demasiado la mente (masculina) por detrás. Ése es uno de los aciertos: la capacidad de introducirse en la mente de sus figuras, dándoles una densidad psicológica que parece extraña en historia tan fragmentada, tan ligera, tan contemporánea. 


Una novelita recomendable, sin duda. 



domingo, 5 de junio de 2011

Ahora me viene todo...

Al despertar me ha venido un flashback, un fogonazo del concierto de anteayer.


Al final del concierto, interpretando el famosísimo villancico "Rodrigo Martines", hay un momento en que se canta:


Rodrigo Martines
a los ánsares, ¡ahe!

Pensando qu'eran vacas,
silvávalas, ¡He!

A lo que la soprano, muy digna ella, se llevó los dedos a la boca y pegó un chiflido vaquero que ni en el encierro de mi pueblo. 

Y en otro momento, los dos tenores, el barítono y el contratenor cantando a coro:

Tres moças de aquesta villa
desollavan una pija
para mangas a todas tres.

Desollavan una pija
y faltóles una tira 
para mangas a todas tres. 




O reteniendo al tenor que en "Fata la parte" se deja llevar del arrebato y casi cae del escenario, persiguiendo al amante de su esposa, que responde: 

Assai mal me pare lui encornudarte. 




No, si hay que reconocer que la música antigua es un verdadero aburrimiento...

sábado, 4 de junio de 2011

Frank Zappa para octubre.





A ver, nenes, ¿qué decíamos respecto a Frank Zappa en la entrada de 2/5/2011? 


Pues bien: hojeando la próxima temporada de conciertos, resulta que el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) en su Series 20/21 programa en primer lugar al tío Zappa. 


Concretamente, en el concierto inaugural, el 4/10/2011, a la vez que presenta su nuevo conjunto instrumental. Ya os podéis imaginar quién no tiene la menor intención de perdérselo. Además, el programa es la leche:


- Maurice Ravel/Frank Zappa. "Bolero".
- P. Boulez. "Éclat".
- J. José Colomer. "Semana Santa en Gomorra".
- E. Varèse. "Déserts".
- Frank Zappa. Suite de "The Yellow Shark", "Be-Bop Tango", "Outrage at Valdez", "Welcome to the United States" y "G-Spot Tornado". 


Chica rumiante, Juanjo: ¿a que da asco tener tanta razón? Pero qué asco más rico, de verdad. 

Despendole renacentista.





Uno sale del Auditorio Nacional de Música de Madrid, con toda la seriedad que dan tantas mayúsculas, llama a quien no pudo asistir y le espeta: "No sabes lo que te has perdido. Una juerga de las buenas". "Pero ¿no ibas a un concierto de música renacentista?" 


Desde luego que lo fue. Y de primer nivel, con la Capella de Ministrers en estado de gracia. Pero resulta lo de siempre: que si hay buen hacer, pasión, amor por la música y un mínimo de armonía interna, el trabajo de interpretar se vuelve placer. Da igual que sea música antigua o concierto de pop indie. Los músicos lo pasan bien, tocan mejor, hacen bromas, se divierten y encandilan al público. No puede ser de otro modo. 


Y por momentos la actuación de ayer por la tarde se pareció más a un concierto en la Moby Dick que al consabido espectáculo serio para exquisitos con caras muy expertas languideciendo de saber.  





Pásmense, porque todo el concierto estuvo dedicado al "Cancionero de Palacio", de la época de los Reyes Católicos. Hubo romances y villancicos, de aire serio y elegantes algunos, de tema jocoso y propios de danzas aldeanas, otros. Y bien verdes que eran los súbditos de sus Majestades, por cierto. Y divertidos. 


Para resumir, que todavía estoy demasiado encendido con el subidón: una de esas ocasiones en que no sólo escuchas música de altísima calidad, sino ejecutada con maestría y con un evidente afán por entusiasmar al oyente. A fe que conmigo lo lograron. Y no fui el único: el público aplaudió tanto que nos concedieron dos bises, también vitoreados por el que suscribe







Dato al margen: me encanta ver que acuden niños al Auditorio. Ayer tenía al lado a una parejita de rasgos orientales que se lo tuvieron que pasar bomba. ¡Quién hubiera tenido esta oportunidad a los siete u ocho años!



martes, 31 de mayo de 2011

Novelar, novelar. Viva la novelación.





Esto de novelar es oficio bien confuso. Pongo como ejemplo lo que sucede con los personajes. 


Hay algunos que me son totalmente conocidos incluso antes de saber qué historia van a protagonizar. Muy a menudo, son germen de la trama central o de alguna ramificación secundaria. En este segundo caso su nacimiento promueve necesidades imprevistas y problemas que yo califico "de corrimiento de bloques" (argumentales). Por lo general, no muy arduos de resolver. 


Están los que surgen por derivación de algún otro personaje anterior. Peccata minuta. Son como cosa de añadidura, acompañan o justifican algún aspecto que hasta entonces había quedado cojo en aquellas situaciones de las que parten. Suelo cogerles cariño, para qué negarlo. Veamos el ejemplo del tío Vale, que lo es de Julio, personaje central en la trama de "Parece septiembre". Apenas me nació, supe que iba a ser hijo de mis predilectos. Varios años después de haberlo ideado me sigue gustando la conversación que se gasta con su sobrino en el taller de pintura.


Otros acuden después de estructurada la novela, pero sin tener la menor idea de su función real en la misma. Los llamo "personajes de relleno" y son los que, a la postre, más juego suelen dar dentro de la ralea de los llamados "secundarios". 


En "Parece septiembre" hay varios, pero quiero acordarme de los dos jóvenes rubios que aparecen en la primera página y luego ocasionalmente, sin que a estas alturas de partido sepa qué pintan ni por qué me empeñé en mantenerlos durante tantas páginas y junto a historias más justificables para la paciencia del lector medio. Sólo sabía que debían permanecer, incluso hacer alguna aportación muda en momentos especialmente señalados. Tampoco me pregunten por el sentido de esos gestos, porque hasta ahí hemos llegado. Que cada cual extraiga conclusiones.


Y quizás, para terminar, están aquellos que son como la tapa de un hueco que no se sospechaba. Un hueco argumental, de estructura, de sostén o equilibrio lógico, de lo que sea. Muy a menudo, pasan desapercibidos al inútil del creador hasta que un día, conduciendo sin ver, surge la evidencia. Si logro sobrevivir a la hazaña de anotar los datos reveladores en mi libretilla a la vez que miro de reojo la carretera, seguro que hacen del proyecto naciente algo grande. O eso quiero pensar, porque era tan sencillo, estaba tan a la vista...

martes, 24 de mayo de 2011

¿Y ahora?









¿Vamos a seguir empeñados en que (desde 1991) no ha pasado nada? 


¿No hay nada que decir cuando por la calle cada vez deambulan más rinocerontes aplastando lo que encuentran a su paso?


Porque yo estoy pensando en emigrar a Australia, por lo menos...

sábado, 21 de mayo de 2011

Julien Gracq, uno de los grandes, en estado menor.



"El rey Cophetua", de Julien Gracq, es una de esas obras breves, bellas, exquisitamente escritas que, al acabar su lectura, me han dejado la sensación de que no las había entendido en absoluto. Eso, o que no querían decir nada. 

Siendo Gracq uno de mis autores favoritos y sabiendo cómo las gasta, me temo que el inepto he de ser yo de todas, todas. Pero mientras disfrutaba de su prosa hipnótica, morosa, envolvente, no dejaba de preguntarme:"¿y este tío a dónde quiere ir a parar?".

Pero seguía disfrutando de esa especie de seda pútrida con que rodea hechos triviales, andanzas erráticas del personaje principal, acciones inverosímiles de la criada de la casa. Una casa casi vacía, fantasmal, en que el protagonista espera a su amigo en el otoño de 1917, no lejos de la línea del frente franco-alemán.

La novela tiene tanto de sueño imposible como de alucinación veraz. El amigo, aviador del ejército francés, no acaba de llegar. Tampoco se explica la relación entre ambos, salvo que la amistad viene de antiguo, ni el motivo de que el protagonista haya sido citado esa precisa tarde en el caserón de su propiedad. 

En el pueblo no hay nadie por las calles; en la villa, la única persona que la habita, una suerte de criada enigmática, tampoco parece saber gran cosa. O quizá es que prefiere no decir nada. Por ocultar, ni su mismo rostro es visto por el narrador, a pesar de que se encuentra con ella varias veces en las estancias de la mansión envuelta en sombras.  

Por parte del escritor, la gestión delicadísima de la "desinformación", el aluvión de datos inútiles que no aportan mayor conocimiento de los personajes ni de las circunstancias en que se desenvuelven, es magistral. En las cien páginas escasas del volumen apenas sucede nada.

Bueno; algo sí sucede, pero ese hecho lo dejo a la curiosidad de mis lectores. Además, apenas tiene relevancia para la acción de la novela ni para el protagonista.

La historia que da título al libro, la leyenda del rey que, desdeñoso con las mujeres, acaba por enamorarse de una bellísima mendiga, tampoco viene a aclarar demasiado a un lector embelesado y perplejo a partes iguales.

Sin embargo, lo he pasado tan bien enfrascado en las páginas de esta preciosa novelita que sólo puedo recomendarla o, mejor aún, que quien sienta curiosidad por Gracq comience leyéndole "El mar de las Sirtes" o, quizás en primer lugar, "Los ojos del bosque".

No se arrepentirá. Es uno de los grandes.


miércoles, 18 de mayo de 2011

Gustav Leonhardt





Ayer sucedió. A las siete y media de la tarde, en el Auditorio Nacional de Madrid. Sala de Cámara. 


En el centro del escenario no había más que un clavecín de color azul cielo. Delante, un anciano de más de ochenta años delgado, sobrio, elegante, con su mano izquierda enfundada en una suerte de mitón negro. Se colocó unas gafas de pasta igualitas que las que podría haber usado mi abuelo y comenzó a interpretar. 


El repertorio era de lo más variado, desde los highlights del barroco español (Correa de Arauxo, Bruna, Cabanilles, Scarlatti, Blasco de Nebra) a los del alemán (Pachelbel, Böhm, Bach). Apenas hora y media, pero quién necesita más cuando has tenido delante de tus ojos (y de tus oídos) a una de esas leyendas de la música que nunca pensaste que podrías disfrutar. 


El hombre, que parecía encontrar excesiva la ovación con que se le recibió de entrada, simplemente se sentó al teclado y, casi de golpe, atacó las piezas. Cada una con su matiz, con aparente ligereza las más evolucionadas, con torpeza conmovedora las más toscas (falsamente toscas, desde luego). Una lección de sabiduría musical y destreza interpretativa. Pero aportando su visión en cada momento, descifrando la sensibilidad del autor, de la época, de la ocasión. 


Por supuesto, todos tenemos nuestras pasiones. Al final del concierto, antes de acometer cierta "Aria variata alla manera italiana", de Bach, se puso de pie y, con voz modulada y en un inglés delicioso, nos explicó qué opinaba de la época en que pudo ser compuesta esta obra juvenil del genio, cómo le emocionaba su sencillez y, al mismo tiempo, le resultaba maravillosa por la riqueza de sentimientos que era capaz de expresar con dos tonalidades básicas repetidas ad infinitum. Nos habló de la maravilla extraña que era esa música, de una vida aparentemente anodina donde se encerraba brillantez y pasión como no se habían conocido. En realidad, pienso que nos estaba hablando de su vida. 






Y al final, de propina, tras salir a saludar unas cuantas veces, nos entusiasmó con una de las Variaciones Goldberg. Hubo gente que lloraba, aplaudiendo en pie, vitoreando al vejete. Yo no, por supuesto. Yo soy un hombre y no me dejo arrastrar por la emoción. Por eso esperé un ratito sentado en mi butaca hasta que todos hubieron abandonado la sala. No era cosa de. 

sábado, 14 de mayo de 2011

Dos versiones, dos. Y no tienen novia.


A ver quién tiene narices de preferir una versión del "Caldo sangue" de A. Scarlatti sobre la otra.













Yo, lo confieso, no siempre soy imparcial. Depende del momento.

Sin embargo, estos videos en que la partitura va corriendo al unísono con la música permiten ver discrepancias en la interpretación.

Por ejemplo: que Jaroussky la canta de modo menos lineal, con más gorgoritos, trémolos y otros recursos propios de lo que debía de ser en el barroco. Mientras que la Bartoli se basa en su prodigiosa voz y en esa técnica exquisita. ¿O no llega casi al "filato" en ese "diminuendo" progresivo, dramático, de la parte final? Impresionante.

Impresionante.

viernes, 13 de mayo de 2011

Silva de varia lección -creativa-





Releo "Veinte semanas" (Espasa, 2005), una irregular novela de mi paisano Javier Sebastián, mientras espero echarme a los ojos su "El ciclista de Chernóbil", que ha aparecido en DVD hace unos meses y promete.

Aunque no es lo mejor de Sebastián, ni mucho menos, está sirviendo para reafirmarme en algunas impresiones que había dejado anotadas a lápiz en los márgenes del libro, e incluso añadir algunas nuevas.

No suelo releer demasiado. Cuando lo hago, siempre me sorprende reencontrar la gavilla de comentarios abandonados y lo bien que pasa el tiempo sobre los más ajustados. En este caso, me había llamado la atención el problema, que ya lo era entonces, de la "descarga informativa": cómo y cuándo dar al lector las dosis correctas de información. Primero, para que sean eficaces. Segundo, para no tratarlo como idiota ni engañarlo burdamente.

En "Veinte semanas" no necontré la solución. Todo lo contrario. Tengo anotadas varias páginas, allá por la mitad de la novela, en que Javier Sebastián mete la pata de modo extraño, absurdo, cuando hasta entonces había salvado los muebles mal que bien y la novela se arrastraba sin grandes tropiezos.





Otro asunto que también está tratado de modo poco apropiado (a mi entender) en una novela como ésta, que debería ser más puntillosa, es el asunto de la verosimilitud de los narradores. No vale que cualquier personaje cuente cualquier cosa de cualquier modo a cualquier otro. En este caso, si no recuerdo mal, era una madre narrando a su hija de catorce años historias detalladísimas y más bien escabrosas durante un viaje en autobús. Ni cuadra el tono ni la textura de la prosa, que debería ser algo menos "literaria".

Asimismo, detesto que en una novela establecida desde su comienzo como narración "sencilla" aparezcan virutas de grandilocuencia, excesos retóricos que no sirven más que para demostrarse a sí mismo que uno es capaz de escribir muy bien si lo desea.

Gajes de ser escritor. No puedes disfrutar de una lectura inocente, sólo por el placer de leer, sin enarbolar el aparato crítico. Salvo cuando el autor es tan bueno, tan sutil, que consigue engañarte.

Por cierto: releída la entrada, da la impresión de que Javier Sebastián no es escritor competente o comete errores de bisoño. En otras ocasiones no ha sido así. De hecho, lo considero, junto con Carlos Castán, el mejor prosista aragonés actual y, por lo general, me han gustado casi todas sus novelas. Ésta, a pesar de lo dicho, mantiene el interés y la tensión hasta el final. La arquitectura narrativa está sabiamente organizada para conseguir tal efecto. Lo único es que creo que los modos concretos no están a la altura del diseño inicial y por ahí hace aguas. Sencillamente.

viernes, 6 de mayo de 2011

"Los anticuarios", de Pablo De Santis




Casi no me lo creo, pero me ha gustado. Y mucho. Ya saben vuesas mercedes que soy poco dado al entusiasmo repentino salvo que la ocasión lo justifique, y menos en asuntos literarios. Para colmo, se trata de un libro recién aparecido y de escritor contemporáneo. Nada menos. Quien me lea no lo cree.

Pablo De Santis, argentino, casi de mi quinta, es un excelente narrador con sólida producción anterior. Hasta aquí, nada que no se conozca de sobra. Lo que sucede es que yo no le había prestado demasiada atención antes de hojear su última novela. Al instante quedé enganchado.

Para empezar, está muy, muy bien escrita. (Omito algunos fallos menores porque yo no soy Ricardo Senabre ni éste es un ejercicio de crítica periodística en el que deba justificar mi sueldo rebuscando minucias). El estilo de "Los anticuarios", fíjense en lo que digo, me ha recordado poderosamente a Bioy Casares, a Borges, a la más alta corriente de la literatura argentina del siglo pasado.

Es una novela bien pensada, bien trabada argumentalmente y con bastantes detalles de alta literatura. Lamentablemente, sólo quedan en detalles. El tono general, si bien irreprochable, está falto de mayores pretensiones, con lo que se parece a lo que podría haber sido una obra menor de Bioy: una narración muy amena, de carácter fantástico-detectivesco, en que sus temas más importantes (la inmortalidad, el amor, el destino humano) a pesar de estar siempre presentes, en cierto modo se diluyen en la anécdota.

Asimismo, los personajes que rodean al protagonista no pasan de meras estampas como de atrezzo. Condicionan sus actos pero jamás parecen tener vida propia. Con un par de excepciones en que se adivinan sentimientos, vida interior, son demasiado inamovibles. Aunque quizás la primera persona en que está narrada la historia limita la percepción del lector.  




Por lo demás, repito que "Los anticuarios" es una narración excelente. La mejor que he leído de autor hispanohablante desde hace bastantes meses.

Las peripecias de un joven periodista de medio pelo en el Buenos Aires de los años 50 y sus encuentros con diversos personajes de pintas más bien siniestras (si exceptuamos a Laura, hija de uno de ellos, de quien se enamora irremediablemente) son excitantes, si bien poco verosímiles.

Pablo De Santis ambienta un mundo sórdido y fantástico a la vez que, a pesar de lo inusual, atrapa al lector. Las costumbres de la secta-raza de los anticuarios, el amor desmesurado a que antes me refería, sus crímenes, la sed primordial que sufren los afectados, las obsesiones en que se recrean unos y otros están tratados de modo ligero, un poco epidérmico pero ágil y muy atractivo. Y el final no decepciona.

En definitiva, lo recomiendo a quien quiera pasar un buen rato sin levantar la vista de sus (nada excesivas) páginas. Guste o no, al menos leerá buena prosa, que en los tiempos que corren no es de despreciar.  

lunes, 2 de mayo de 2011

Ha muerto Osama.



Hay algo que me resulta repugnante en la celebración de la barbarie. Da igual que sea una turba integrista celebrando el último atentado o los gañanes norteamericanos saludando con tonos idénticos la ejecución de Osama Ben Laden. No consigo alegrarme en ninguno de los casos. De hecho, me dan escalofríos.

Dejando aparte la salvajada de las Torres Gemelas (1) o la tragedia brutal de Atocha, o la del metro de Londres, me da la impresión de que cargarse al enemigo a tiro limpio, previo bombardeo de su búnker-residencia, no es la mejor manera de "hacer justicia" (Obama dixit).

Me ha venido al recuerdo la imagen de las tocineras de la Guardia Civil de cunda todas las tardes tras el juicio del 11-M, cuando pasaban, escoltadas por un helicóptero, por la carretera que bordea la universidad de Alcalá. Se dirigían a la cárcel de Meco, por supuesto, y dentro iban los acusados del atentado.

Entonces sí creía que "se estaba haciendo justicia". Que los culpables de la barbarie estaban siendo ahormados (por cojones, pero ahormados) a nuestros criterios de sociedad civilizada, de derecho racional. Entonces me sentía orgulloso de nuestro sistema de convivencia y del estado legal en que vivimos.

Por otra parte, lo que todo terrorista busca es la reacción para excusar su próxima brutalidad. Acción, reacción. Hasta el infinito. Que nos lo cuenten a nosotros tras cuarenta años de ETA.

En fin: alivio, sí, en parte. Pero esto no ha terminado, ni mucho menos. Al tiempo.




(1) De la que lo único que no lamento es su desaparición física: eran feas de cojones. Con su hueco, el skyline ha ganado bastante.