jueves, 23 de mayo de 2013

"Capitulares", o sobre inteligencias.



Estoy de acuerdo con Enrique Nieto, un compañero de afanes que habla en facebook, muy ecónomo él, de la inteligencia como flow, no como stock. O sea, un elemento activo, mercurial, evanescente. Propicio al ocultamiento igual que a las riadas desoladoras. Siempre me ha parecido algo como músculo o tarea de esfuerzo ingrato. 

Otro compañero de antaño, Jaime Lapeña, músico, profesor y persona más valiosa de lo que él mismo cree, comentó un día que estaba harto de oír: "me gustaría saber tocar el piano". En su lugar, decía, deberían comentar: "me gustaría aprender a tocar el piano durante años y seguir tocándolo todos los días de mi vida para no perder la destreza y dejar de saber". 

Soy gran admirador de escritores llamativos, de inteligencia fulgurante, pero al mismo tiempo desconfío de ciertos alardes. El artificio solo me agrada si está engastado en la necesidad. Es decir, si se justifica por sus propios medios y no pide adoración: resalta por sus dones sin ocultar los ajenos. Ahí está la verdadera superioridad. 

Y, aun así, estamos hartos de conocer lo tontísimos que pueden llegar a ser los muy inteligentes. Julien Gracq, por ejemplo, de quien he concluido sus "Capitulares". Ahí, un señor de sensibilidad hiperestésica (casi un pelín histérica) escribe párrafos de auténtica antología, a la altura de su mejor obra narrativa, al lado de gilipolleces que dan ganas de pelarlo con cazoleta. 

Me han molestado un par sobre una visita turística que hizo a la España de los cincuenta o primeros sesenta. Le debió de parecer un país feo, reseco, polvoriento. Describe, por ejemplo, el Escorial como una especie de cuartel de bomberos a lo grande (no sé si estoy tan en desacuerdo, porque tampoco es santo de mi devoción). Y de una corrida de toros solo recuerda la brutalidad, el animal acuchillado, etc. Lo de siempre. 

Mi abuela Libia decía: "Fulano es como los santos de Francia, que tienen ojos y no ven". Se refería a los de las iglesias del císter. O a los turistas galos, quién sabe. Pues eso sucede con los que no ven sino lo que no quieren ver, y no les gusta. Algo así como si un inglés llega a un restaurante de Lérida y no sirven más que cargols a la llauna. Seguro que sale horrorizado sin llegar a probarlos, y juro que son manjar exquisito. Cosas de no saber por dónde se anda. 

Vengo a decir que tanto el interior de España como una corrida de toros no son espectáculos de apreciación inmediata. Hay que saber ver para entender lo que se ve. Y eso solo se logra con adiestramiento. Porque un prado verde y una playa desierta son cosa de fácil aprehensión, qué duda cabe. Pero un paisaje de Belchite, La Mancha, las Bardenas o el desierto de Almería exigen otro aprendizaje. Hace falta enseñar a los ojos; se ve con la mente y el reconocimiento es más eficaz cuando se ha conocido: se goza lo ya experimentado.



No voy a adentrarme en qué consiste de verdad el toreo. Para qué. Quien no quiera escuchar dejará de leer al instante. El que conozca considerará mis palabras torpes, desajustadas o pretenciosas. De todos modos, recuerdo que la primera vez que fui a una corrida de toros no supe dónde poner la vista. Más adelante, instruido por mi padre y enseñado de los libros (no solo el Cossío) he disfrutado de momentos de auténtica emoción, de belleza inaudita, de furor y también de ternura. Y no creo que mi práctica diaria en el trabajo, pongamos por caso, no tenga nada que ver con las enseñanzas de esa modélica disciplina. Que se enfrente quien lo dude con una clase de treinta y pico adolescentes y sabrá lo que significa "parar, templar y mandar". O "dar una larga cambiada".


domingo, 19 de mayo de 2013

"Lamento della ninfa", de Monteverdi, por Anna Prohaska


Hace ya tres años, o así, enlacé otra versión del Lamento monteverdiano (entrada de 21/7/2010) a cargo de La Venexiana. Esta, más actual, no la mejora en nada, pero el clip me parece una puesta en escena estimulante y contemporánea, a pesar del (muy acertado) blanco y negro. 






Como entonces, solo se puede exclamar "¡Miserella!" ante una declaración de amor traicionado que surca la distancia de los siglos con la misma frescura que en su concepción.


jueves, 16 de mayo de 2013

Ahora, queridos niños, unos momentos de relax...



Con Laika & the Cosmonauts.




miércoles, 15 de mayo de 2013

Yasunari Kawabata



Yasunari Kawabata, de quien he leído casi todo lo que se encuentra traducido al español, es una de las aficiones literarias que más me han influido en los últimos años.

Cierto que accedí a él por uno de sus libros más inquietantes, "La casa de las bellas durmientes", pero cualquier otro ejerce esa misma fascinación de lo recogido que solo logra cierto tipo de poesía esencial. 

Incluso una crónica tan ajena a nuestro mundo como "El maestro de Go", que me llegó a las manos cuando ni siquiera sabía en qué consistía el juego de marras, fue capaz de atraparme por completo. Imagínense ahora, cuando conozco sus rudimentos y ya capto algo de la estrategia endemoniada de una cosa tan simple en apariencia como poner piedrecitas alrededor de las de tu adversario para capturarlas. 

Pero qué más da, si de lo que habla es del ocaso de un modo de entender el mundo, de las tradiciones, de la derrota final de una vida. Kawabata es un espíritu refinado, oculto, sutil. Sospecho que, bien sea por la traducción, bien por mi ignorancia supina, no capto ni la mitad de lo que debe de expresar su obra. Aun así, me encandila. 

Algunos de los relatos de "Historias de la palma de la mano" son perlas escondidas que, por mucho que despisten al principio, seducen con cada nueva lectura. O qué de decir de la estupenda historia de "País de nieve", o "La bailarina de Izu", ambas editadas por Editorial Emecé.

El comienzo de "País de nieve" es estupendo: 

"El tren salió del túnel y se internó en la nieve. Todo era blanco bajo el cielo nocturno. Se detuvieron en un cruce. Una muchacha sentada del lado opuesto del vagón se acercó a la ventanilla del asiento delantero al de Shimamura y la abrió sin decir palabra. 
El frío invadió el vagón. La muchacha asomó medio cuerpo por la ventanilla y llamó al guarda como si éste se hallara a gran distancia. El hombre se acercó con lentitud sobre la nieve, sosteniendo un farol en la mano. Llevaba bien cerradas las orejeras de su gorra y una bufanda que apenas dejaba una rendija para los ojos. 
Ese frío, claro, pensó Shimamura. Barracas dispersas que quizás habían sido vagones-dormitorio ocupaban la ladera congelada de la montaña. El blanco de la nieve se fundía en la oscuridad antes de posarse sobre los techos. 
-Soy Yoko. ¿Cómo está usted? -dijo la muchacha. 
-Yoko, claro. ¿De regreso? Ha comenzado el frío. 
-Sé que mi hermano ha venido a trabajar aquí. Gracias por todo lo que ha hecho por él. 
-La soledad se le hará dura. No es el mejor lugar para un muchacho como él. 
-Es una criatura aún. Pero usted le enseñará lo que haga falta. 
-Va bien por el momento. Estaremos más ocupados, con la nieve. El año pasado tuvimos tanta que las avalanchas detenían todos los trenes y el pueblo entero debió cocinar para los pasajeros demorados. 
-Veo que está bien abrigado. Mi hermano me decía en su carta que ni siquiera usaba manga larga aún.
-Solo me mantengo en calor si llevo cuatro capas de abrigo. Pero los jóvenes son así. Con los primeros fríos, prefieren beber que arroparse. Y, cuando se quieren dar cuenta, ya están en cama con fiebre -dijo el guarda y señaló con su linterna en dirección a las barracas. 
-¿Mi hermano bebe?
-No, que yo sepa.
-¿Está usted volviendo a casa?
-No. Tuve un pequeño accidente que me obliga a ver al doctor. 
-Cuídese, por favor. 
El guarda se cerró aun más el gabán que llevaba sobre el kimono y echó a andar. Por encima de su hombro dijo:
-Usted también. 
-Si ve a mi hermano, dígale que se porte bien -agregó la muchacha cuando el guarda se alejaba. Su voz era tan dulce que daba tristeza que reverberara en la noche helada".

Y siempre da la impresión de que los diálogos están desajustados, que en esa descripción minuciosa, sutil, casi anodina de la vida trivial de personajes tan poco relevantes algo se ha perdido en el trayecto de la página a los ojos. Por eso leo a Kawabata con suma atención: en cualquier detalle puede aparecer el hecho esencial, el dato imprescindible para entender el texto. 

O no. A veces me recuerda a "Dublineses", de J. Joyce. Es la atmósfera creada de modo imperceptible, lo que no se expresa pero permanece como una suerte de aroma delicado lo que nos da la clave. 

En cualquier caso, las páginas levemente perturbadoras de Kawabata tienen un efecto acumulativo demoledor. Y contagioso: estos días estoy pensando en aprovechar algo de sus enseñanzas para mi próximo proyecto narrativo. 


lunes, 6 de mayo de 2013

Leo en Babelia...




... Una interesante entrevista con Jeffrey Eugenides, el norteamericano autor de "Las vírgenes suicidas" y "Middlesex". No he leído ninguna de las dos, pero parece que acaba de publicarse en España "La trama nupcial", que versa sobre relaciones amorosas, y podría ser interesante.

En todo caso, saco a relucir la entrevista porque, aparte de listo, parece un tipo sensato y con las ideas claras. Entre otras, cuando dice que "en ficción lo más importante es dar con la voz que ha de conducir la narración. Cuando se da con ella, se trata de seguir sus indicaciones". 

Cierto. Es esencial contar con el "tono" preciso, como lo llamo yo, antes de embarcarse en la primera frase de una novela, aunque sea la clásica probatina para ver qué tal suena. No se puede desmerecer la importancia táctica del comienzo, y en el comienzo aparece sobre todo la tonalidad, la voz ajustada. Después hay trabajo desmesurado, artificio técnico, idas y venidas, rectificaciones, añadidos, lo que el texto admita. Pero el comienzo labra un surco del que difícilmente se podrá salir. De ahí que acertar con él resulte imprescindible para el escritor. 

No resulta tan atractivo Eugenides cuando cita sus influencias literarias, mayoritariamente anglófonas, y en particular a Nabokov, una de mis (poquísimas) bestias negras. De "Pálido fuego", su novela favorita, solo recuerdo que no logré acabarla y me pareció una tomadura de pelo, algo insultante. Supongo que no lo trago, y ya está. Qué le vamos a hacer. Pero nunca perdonaré al mamarracho sus opiniones absurdas y más que despectivas sobre el Quijote. Se nota que no entendió nada del libro. Debería haberse callado y nunca, nunca, haber dado clases sobre esa joya. 

Lo dicho: quedémonos con la sagacidad de Jeffrey Eugenides y pude que eche un vistazo a esta nueva novela de la que dicen tantas cosas apetecibles. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Tareas de fin de semana. ("Capitulares", de Julien Gracq)



Adquirí el otro día en Antígona "Capitulares", de Julien Gracq, en Ed. Días contados. Cosa poco extraña, ya que soy admirador confeso de su obra desde hace bastante. Pero díganme si no tengo motivos al leer su comienzo: 

"Museo del oro de Bogotá: joyas, placas, pectorales, collares, copas de oro del Perú precolombino. Qué extraña sustancia es ese metal bárbaro que de entrada no reconocemos. No es oro esa materia lívida que reluce con acidez de latón, con erupciones rojas a trechos, y donde buscamos sin querer el primer mordisco del cardenillo, como tampoco es trigo esa mala hierba que encontramos, asilvestrada, en las mesetas de Etiopía: estamos, y se nota mucho, en presencia de una materia no sacralizada aún, no nombrada aún; y diríamos que eso la empobrece en su textura íntima, que la mengua en densidad y brillo: un primer balbuceo hacia la joya, un oro en estado naciente. El trato desconcertante que le dio al metal el artesano quechua tiene mucho que ver con todo ello: notamos que en este caso el orfebre se surte de esa materia como el alfarero se surte de arcilla, dando forma, juntas a una fíbula de exquisita filigrana y a una copa de medio kilo cuyo aspecto extraordinariamente tosco es el de un coco partido en dos. Porque el trato que le dan no va sino en estricta función de sus propiedades, de su aptitud para que lo martilleen en hojas o lo estiren en hilos, ese metal fabuloso les comunica a la vista y a la mano ese mismo extrañamiento sutil que los trozos de mármol que Duchamp talla como terrones de azúcar. 
Me recordó a las fotografías de grandes artistas de jóvenes, de estrellas antes de ser famosas, por lo blando, lo informe, lo indeciso, lo larvario que se desvela en ellas. Aquí sorprendemos el oro antes del toque de la varita mágica, cuando no era aún sino un pecado venal de la metalurgia".

Hay dos comentarios necesarios ante esta barbaridad:
a) Algún día quiero ser capaz de escribir así.
b) Que no deje de escribir, que me cuente más, lo que sea. 




"Theodora", de Haendel.




Es posible que alguno de mis pacientes lectores tenga cosa de tres horas y media libres y guste de estas musicachas que me van tanto. 

Así que propongo este oratorio de Haendel en una versión teatral demoledora (casi como si fuera una ópera), excelentemente interpretado, cantado tan bellamente que uno desearía haberlo visto en directo. El coro, por ejemplo, es espectacular. Pero es que todos los intérpretes están soberbios. 

De wikipedia he sacado el reparto del día de su estreno en pleno siglo XVIII:


PersonajeTesituraReparto el 16 de Marzo de 1750
Director:
Theodora (una cristiana de noble cuna)sopranoGiulia Frasi
Didymus (oficial romano, convertido al cristianismo)contratenor / castratoGaetano Guadagni
Septimius (oficial romano, amigo de Didymus)tenorThomas Lowe
Valens (gobernador de Antioquía)bajoHenry Theodore Reinhold
Irene (amiga cristiana de Theodora)mezzosopranoCaterina Galli


Así como la sinopsis argumental, aunque aviso de que a ratos da un pelín de vergüenza ajena. Suele suceder con casi todas las óperas (y similares): los libretos son espantosos. Sin embargo, la puesta en escena es fresca, tiene rasgos de humor bienvenidos en tema tan arduo y convence a los menos afectos, como yo mismo.

Sinopsis

En el siglo IV d. C., el gobernador de Antioquía, Valens, decreta que, con motivo del cumpleaños del emperador Diocleciano, todos los ciudadanos hagan sacrificios a las diosas Venus y Flora, bajo pena de diversos castigos. Para asegurarse de que su decreto se cumpla, pone al cargo a Septimius.
Didymus, amigo de Septimius, pide que los ciudadanos cristianos queden libres de castigo, lo cual deniega el gobernador Valens. Septimius sospecha que Didymus sea cristiano y afirma su propia lealtad a las leyes, pero también querría ser tolerante con los demás.
En la comunidad cristiana, Theodora y su amiga Irene se encuentran orando, cuando un mensajero irrumpe trayéndoles noticias del decreto de Valens. Irene disuade a los cristianos de que huyan, reafirmando así su fe. Cuando Septimius llega para arrestarlos, Theodora, por salir en defensa de los cristianos, no es condenada a muerte, sino a ejercer la prostitución. Irene informa de esto a Didymus, que tiene la intención de rescatarla o morir con ella. El primer acto acaba con el coro de cristianos rezando por el éxito de la misión.
Al comienzo del segundo acto, se está celebrando una gran fiesta en honor a las diosas. Valens envía a Septimius a decirle a Theodora que si no se une a la fiesta para el final del día, sería violada por los soldados. Theodora se encuentra atemorizada en elburdel, hasta que piensa en la vida después de la muerte. Informando a Septimius de su cristiandad y su amor por Theodora, Didymus llega hasta la celda, con el rostro tapado por el yelmo ocultando así su identidad, y le ofrece huir a Theodora. Temiendo por su integridad y deseosa de permanecer fiel a su fe, Theodora pide a Didymus que la mate, pero éste la convence de que Dios los salvará. Didymus le da su uniforme a Theodora y, disfrazada, escapa, dejando a Didymus en su lugar.
En el tercer acto, los cristianos celebran el regreso de Theodora sana y salva. Sin embargo, es culpable por poner en peligro la vida de Didymus. Un mensajero los informa de que Didymus ha sido capturado y de que Valens ha cambiado el castigo de Theodora por la muerte, castigo que ella prefería a ser prostituta. Irene protesta, pero Theodora vuelve para ofrecerse en lugar de Didymus. Mientras Valens está dando la sentencia de Didymus, Theodora llega y pide que sea ella la castigada y Didymus se salve. Los dos amantes, Didymus y Theodora, discuten para que el otro sea el que se salve. Septimius se ve conmovido por esto y ruega clemencia a Valens, que, sin embargo, condena a los dos a muerte. Tras esto, ambos cantan un dueto por su inmortalidad.

Les había avisado, ¿o no? Ahora, a disfrutar de la música, lo

único importante. 

domingo, 28 de abril de 2013

No saben, no contestan.




La de tiempo que llevamos comentando (y no solo en este blog) que de este modo no salimos del hoyo. Ni ahora, ni nunca. 

Si no hay apoyo a la creación de empresas y, por tanto, de empleo, si no mejora el flujo de crédito, si no se procura un reparto menos indigno de la riqueza de este país, si no se fomenta la investigación de todo tipo y su aplicación a las empresas, si no se mantienen los escasos derechos sociales que teníamos y que ahora se han llevado los sinvergüenzas que nos gobiernan, esto va a estallar. Y pronto. 

Estoy muy harto de que nuestro hundimiento, los recortes, el paro, etc, sirvan para pagar a coste ínfimo la deuda alemana. Yo, que he sido siempre el más europeísta, me he acabado convenciendo de que, si seguimos así, podemos plantear muy claramente la opción de no pagar y salir del euro, incluso de la Unión Europea. Al menos, dependeríamos solo de nosotros mismos. 

Y ahora va el mamarracho de Rajoy y reconoce que las medidas de recortes generalizados no solo no hacen mejorar la economía sino que no se espera que lo hagan hasta, al menos, final de la legislatura. Con cerca de siete millones de parados, supongo. 

Y tiene razón el barbas de los cojones: solo mejoraremos en cuanto se vaya. Es decir, en cuanto podamos echarlo.

Esta gente del PP concibe al res publica como un corralito particular para uso y disfrute suyo, de sus amigos, familiares y de la panda de mangantes que los apoyan. Y en estos dos años y medio que quedan para las elecciones van a intentar defenestrar hasta la última migaja de estado que nos queda: sanidad, educación, territorio (empiezan con las costas y el fracking, a ver cuánto tardan en poner en marcha otra intentona de trasvasar el Ebro o privatizar los parques nacionales). Aunque me callo, no vaya a darles ideas. 

Hay que pararlos como sea. Digo de ellos lo mismo que decía de la Aguirre: son dañinos para la nación. Si no han cumplido su programa electoral y no son capaces de ofrecer una sola idea para remontar el panorama, que dimitan ya. 

martes, 16 de abril de 2013

"El anarquista que se llamaba como yo", de Pablo Martín Sánchez.




He tardado algún tiempo en leer esta novela. En primer lugar, porque dispongo de poco para la lectura diaria. En segundo, porque se trata de un ladrillo de 600 páginas que, aunque de lectura facilona, no deja de tener una longitud a la que me resisto hasta que no hay otro remedio. 

Como suele suceder, después del esfuerzo tengo sentimientos opuestos. Supongo que mis lectores recordarán que en una entrada allá por 30/6/12 critiqué su primer libro de cuentos, "FrICCIONES". Y que, en general, glosé sus valores y me declaré a la espera de la novela que ya prometía. Pues bien: leída está. Y su lector, un poco perplejo. 

No porque sea mala; al contrario. He reconocido que es de lectura ágil. Además, parece estar extraordinariamente bien documentada. Y, lo que es mejor, me ha llevado a leer una novela de Pío Baroja que también trata de los mismos hechos, "La familia de Errotacho", y ni conocía de nombre. 

Pero, como suele suceder con las expectativas, acaban decepcionando. No esperaba este libro de un cuentista fino, culto, con (cierta) capacidad de riesgo y de innovación técnica como demostró ser Martín Sánchez en el relato corto. 

"El anarquista..." es todo lo contrario, una narración tradicional, casi casposa, que entronca con lo más caduco de la prosa de entre dos siglos, pero pasada por el tamiz del contemporáneo afán por "divertir a toda costa", caiga quien caiga. 

A ratos resulta algo tediosa; sobre todo, por la prolijidad de bastantes diálogos y descripciones que, de verdad, eran innecesarios. Y por cierto didactismo fuera de medida y sentido de la oportunidad, que no creo que pueda justificarse por el final. Este, sí, me parece de lo más logrado de la novela, a pesar del giro argumental, algo forzado, pero atractivo. 

Incluso le cuesta alcanzar el estilo definitivo y al principio hay cierto amaneramiento y torpeza narrativa que me han llamado la atención. No me parecía estar leyendo al mismo autor de "FrICCIONES".

Muy, pero que muy irritante, me ha resultado el narrador que, más que omnisciente, es omnipresente y se harta de avisarnos de lo que va a suceder (prolepsis, creo recordar que se llama el recurso). 

A veces me he sorprendido pensando que estaba leyendo una novela juvenil: tan ramplones eran los trucos, tan evidentes las trampitas, tan consabidas algunas situaciones. 
Veamos en la pág. 266 un ejemplo menor, pero representativo: 

"Y es así como en lugar de ir a comer con Robinsón, Leandro y Julianín (perdón, Julián)..."

(Evidentemente, un poco antes el personaje en cuestión había exigido que le apearan el diminutivo).




Sin embargo, no todo es malo. La prosa está cuidada, salvando deslices ocasionales que se concentran en su primera parte. Los personajes son vivaces, si bien poco perfilados, con la excepción de Pablo, el aventurero protagonista. El juego de fragmentos alternos, contando unos el pasado de Pablo, otro el presente de la intentona anarquista de Vera de Bidasoa en 1924 y el final del revolucionario en la cárcel de Pamplona, está casi siempre bien llevado. 

El tono de dignidad general y de "entretenimiento sano", que dirían los pisaverdes de antaño, es lo que hace llevadera una lectura tan prolongada. Hay momentos en que la tensión se transmite con eficacia y uno se sorprende queriendo saber cómo sucedió lo que ya conoce o adivina, mérito indiscutible del escritor. 

En resumen, una novela que creo fallida en lo literario pero eficaz como diversión para cualquier tipo de lector, a ser posible, sin demasiadas exigencias. 

jueves, 21 de marzo de 2013

"Los pájaros de Auschwitz", de Arno Surminski




He leído en un suspiro la novelita de Surminski, que parece estar teniendo cierto éxito de ventas, y me pregunto cómo es posible decir tanto con tan poco, y decirlo tan bien. Mysterium tremendum. Es lo que tiene la Literatura: aparece en los formatos más humildes lo mismo que en ladrillos apabullantes. 

La historia está basada en un estudio sobre las aves locales que tuvo los cojonazos de escribir algún SS destinado en Auschwitz. Al parecer, contó con la ayuda de un prisionero polaco para que le hiciera los dibujos ilustrativos. 

De esta anécdota surge una historia minimalista, apenas esbozada, en que el autor, con gran delicadeza pero sin ceder un ápice en sus convicciones, parece no tomar partido por ninguno de los bandos. Simplemente, describe lo que ve y piensa Marek Rogalski, el prisionero, en sus paseos con Hans Grote, el guardia de las SS, por las cercanías del infame campo de exterminio (vecino del de Birkenau, que debió de ser peor todavía). 


Y lo más tremendo es que no da una versión suavizada del horror. Aparece como un paisaje de fondo, igual que las charcas donde anidan los ánades que se dedican a observar los dos protagonistas. 

Cuanto más lo releo, más ganas me dan de haber escrito algo así. Lo que no sé es si con un tema de ese calibre podría mantener el temple y no desparramar. Es difícil. Sin embargo, Surminski lo ha bordado. 

A riesgo de echar a perder el libro, no me resisto a transcribir el último párrafo: 

"Cerca de Albany, en el estado de Nueva York, nacieron en los años cincuenta dos niños apellidados Rogalski. Al llegar a la edad adulta, quisieron ir a Europa para visitar los lugares donde habían vivido sus progenitores, pero su padre se lo prohibió."

No se puede decir más con menos. 

viernes, 15 de marzo de 2013

Porque sí.



Parece ser que la próxima semana toca escuchar a Les Talens Lyriques en el Auditorio.



Y, como aún me he quedado con ganas de algo más animado, que no más intenso, aquí está el concierto completo de L'Arpeggiata, de Cristina Pluhar, con Philippe Jaroussky. ¿Por qué? Porque sí. 

Atentos (entre otras bellezas del calibre de "Si dolce il tormento") al final, pues ofrecen como bis una excelente interpretación del "Pur ti miro" de "L'incoronazione di Poppea", de Monteverdi.




Y me sigue maravillando lo bien que se lo pasa esta gente tocando como tocan. Eso es disfrutar del escenario. No me extraña que transmitan esa inmediatez gozosa y muy a menudo algo imperfecta. Pero es que no hace falta más. Al contrario. Un buen directo, y en esto me dará la razón cualquier aficionado al rock (o al pop, o a lo que sea), depende más del entusiasmo, de la capacidad de contagiar y hacer vivir la música que de la precisión en el fraseo o la digitación apabullante. 

Esto dicho, que conste que Jaroussky es un monstruo y la Rial le da la réplica con brillantez. Además, se compenetran de maravilla. 

miércoles, 6 de marzo de 2013

Jorge Ibargüengoitia


Ya hace tiempo que soy adicto a la prosa disolvente de Ibargüengoitia. El vicio comenzó por la recomendación de un amigo, como suele suceder, y la primera obra suya que leí fue "Estas ruinas que ves". Casi nada. 

No solo me encantó; entendí que había dado con un filón de inteligencia, sentido del humor, mala baba cáustica y gran poso cultural que no dejaba títere con cabeza de cuanto tocaba. Veamos un ejemplo del inicio de "Estas ruinas que ves": 

"Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir:
-Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí.
Cuévano es una ciudad chica, pero bien arreglada y con pretensiones. Es capital del estado del Plan de Abajo, tiene una universidad por la que han pasado lumbreras y un teatro que cuando fue inaugurado, hace setenta años, no le pedía nada a ningún otro. Si no es cabeza de la diócesis es nomás porque durante el siglo pasado fue hervidero de liberales. Por esta razón, el obispo está en Pedrones, que es ciudad más grande. 
-Los de Pedrones -dicen en Cuévano- confunden lo grandioso con lo grandote".

Y desde ahí, todo hacia arriba. Un libro memorable. 


El tema casi único de su obra es la historia y la realidad mejicana, pasadas ambas por el cedazo de su mente irónica y mordaz. Acabo de leer de un tirón "Los pasos de López", crónica viperina sobre los balbuceos de la independencia mejicana. Si alguien no lo ha leído, que no tarde en hacerse con él. Es refrescante, divertido, terrible y casi perfecto en su sencillez.

Y qué decir de "Las muertas", tremenda historia de crímenes  en la miseria de un prostíbulo de mínima ciudad interior... 

Jorge Ibargüengoitia ya es, más que un clásico, alguien insoslayable si se quiere conocer la mentalidad de un pueblo como el mejicano, tan parecido a nosotros que a veces no puedo evitar un escalofrío de reconocimiento en medio de la carcajada.

Por cierto: recomiendo leerlo en papel. Las ediciones españolas merecen la pena y su prosa no luce igual de bien en pantalla. 

viernes, 15 de febrero de 2013

René Jacobs descompone a Haendel.

El pasado domingo hubo concierto de René Jacobs al frente de la Freiburguer Barockorchester, con la soprano Sunhae Im, la mezzo Julia Lezhneva, el alto Christophe Dumaux y el tenor Jeremy Ovenden. Tocaron "Il trionfo del Tempo e del Disinganno", obra temprana de Haendel. 

Pues bien: no me gustó demasiado la orquesta, a pesar de su innegable capacidad instrumental, no me llenó en absoluto la soprano y de Julia Lezhneva, joven estrella en ascenso a la que apenas había escuchado en disco, debo decir que tiene una voz potente pero excesiva, lineal, poco refinada para las sutilezas y adornos del período. Vamos, que salí bastante decepcionado. Comentándolo en el camino de vuelta, la obra no nos había sonado ni a barroco, y es cosa difícil tratándose de una formación reconocida como son los de Freiburgo. "En fin", pensé, "será que no he entendido su manera de atacar la obra, o que no tengo el día fino". 

Dos o tres días mas tarde leo en El País la crítica del concierto por el habitual Juan Antonio Vela del Campo. Para mi sorpresa, es bastante elogiosa. Y destaca con deleite todo lo que a mí me ha parecido horrendo y desnaturalizado. No es por dármelas de nada, pero llevo ya tiempo familiarizándome con barrocos, renacimientos y otras antiguallas para que me engañen con chucherías. Así que lo que no es, no es y nadie puede amañarlo de pronto. 




Pero sigo leyendo totalmente perplejo, hasta que el crítico reconoce que sus autores favoritos son Mozart y Haydn... ¡Acabáramos! Ahora entiendo todo. Lo que le ha complacido tanto es justamente esa falta de sentido estético, digamos, compatible con el barroco. Es decir: que la interpretación plana, rutinaria, zafia incluso, lo era porque habían aplicado un criterio clasicista y convencional a lo que es barroco hasta la médula. 

Con decir que incluso "Lascia la spina, cogli la rosa", una de mis arias favoritas de Haendel, me sonó fatal, como si el torrente de voz de la Lezhneva fuera una especie de panzer arrasando el territorio sonoro imaginado por Haendel, uno puede imaginarse la torrija mental del más bien soberbio Jacobs (1) a la hora de abordar el oratorio. 

Nos vino a la memoria la interpretación del aria por Cecilia Bartoli hace un par de meses y el contraste daba ganas de llorar. Sutileza, potencia, versatilidad, emoción, inteligencia, por un lado, y falta de naturalidad, torpeza, indecisión y poco más que buena voluntad por otro. 

Les dejo la versión de la romana. A pesar de lo tópico que es el asunto, me sigue encantando. No puedo evitarlo. 





(1) Entre otros detalles desagradables, antes de comenzar el concierto se oyó por megafonía su petición de que no aplaudiéramos salvo al final de cada parte del concierto. 
¿Y quién le dijo de antemano que el público iba a aplaudir a tutiplén? Yo, por supuesto, no lo hice. 

jueves, 14 de febrero de 2013

"Intemperie", de Jesús Carasco.




Me estaba oliendo la tostada con el alboroto que se ha producido en torno a Jesús Carrasco y su primera novela, "Intemperie". El tinglado sonaba a montaje descarado de una editorial para lanzar a la próxima vedette de las letras patrias, tal que Monteagudo hace un par de años, Mañas hace ni se sabe cuánto, Ferrero un par de vidas antes, etc. 

Pero en este caso se hablaba de referencias insólitas a estas alturas de la desolación cultural: que si Delibes, que si prosa clásica y deslumbrante,que si el mismo Benet... 

"Esto tengo que verlo yo con estos ojitos", pensé. Y me fui ese mismo domingo a la primera librería guay del centro de Madrid a hacerle sin compasión una apertura súbita (1) que ríase usted del contraespionaje nazi. 

Sin embargo, lo que vi me pareció interesante. Ya leído, tengo que decir que, aunque el estilo de Carrasco es, en efecto, algo tradicional y se remite más a modelos consolidados el siglo pasado que a perspectivas innovadoras, su dominio de la técnica y su capacidad expresiva son fascinantes. 

A veces (no pocas) desagradable, de una crueldad matizada que ahorra al lector lo más áspero, la historia de unos pocos personajes en un paisaje árido y desolado atrapa la imaginación como si se tratara de una suerte de western estepario. 

La odisea del chico y el cabrero viejo que lo recoge y procura que escape del sórdido alguacil alcanza tintes de tragedia clásica. La sobriedad de elementos materiales que muestra el autor contrasta con el vocabulario, tan rico y preciso que a veces resulta algo verboso. Echo de menos, por poner algún pero a esta modélica narración, una cierta continencia que solo proporciona la madurez. Tiempo hay para que Jesús Carrasco pula esos detalles. 


Por ahora, nos ha dejado una historia tremebunda pero ajustada, rica y extremadamente seca, con cuatro elementos narrativos que despliega sabiamente de modo que nunca cansan al lector. Lo material es tan palpable que uno siente con los personajes su misma suciedad, el calor, la sed increíble de esos parajes agostados por una sequía bíblica. 

He disfrutado como hacía tiempo no me sucedía con una novela española. Lo único que siento es que este camino no conduce, a mi entender, a nada nuevo. Pero mientras tanto, no voy a dejar de deleitarme con joyas de este calibre. 






(1) Apertura súbita: Procedimiento para tantear las características de un libro en pocos minutos que consiste en abrirlo por una o varias páginas escogidas al azar (que no contengan demasiados diálogos). Si al leer un par de párrafos todavía se sostiene en la mano, puede ser que. Si no, ni se os ocurra comprarlo. 

jueves, 17 de enero de 2013

Sin complejos va el PP.



En efecto, como proponía Aznar el año 2000, su partido se ha lanzado sin complejos hacia la indignidad más absoluta.

Recordemos, por ejemplo, los casos de Camps, de Fabra (ese que gana la lotería varias veces cada año), la trama Gürtel, en definitiva, que cada día nos trae novedades y de la que todavía no se ha comenzado a juzgar casi nada, el asunto del ático de Ignacio González, presidente de la Comunidad de Madrid, en Marbella, sobre el que ha mentido reiteradamente y habrá que ver a dónde nos lleva la investigación judicial... 

Más la Aguirre, que se ha ido antes que estallara lo que tiene que salir a la luz, porque la Gürtel muestra ramificaciones extensas en Madrid y fue evidentemente amparada por sus gobiernos, más lo del espionaje en el seno del PP madrileño...

Y, ahora, los 22 milloncejos de nada, por lo menos, que había escaqueado Bárcenas, tesorero que fue del PP y que, para más inri, podría haberse acogido a la amnistía fiscal decretada por el PP. 

Esto es una vergüenza de tal calibre que es difícil calificarlo. 








P.D.: Estoy tan harto, tan asqueado y con tantas ganas de mandar a esta gente a la mierda que últimamente me estoy cabreando con el PSOE por estar todavía tan apoltronado y muerto de reflejos. O toman una postura ejemplar y meten la caña ideológica que hay que meter o se van a ir al hoyo, por mucho que el PP baje en las encuestas. No hay más que ver cómo no remontan, y eso, como estoy harto de comentar, es porque no hay ideas, renovación, voces nuevas. 

Hace falta un cambio radical este mismo año. 


sábado, 5 de enero de 2013

"Democracia", de Pablo Gutiérrez.





Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) ha obtenido un aluvión de críticas entusiastas con su tercera novela, "Democracia" (Seix Barral, 2012). 

Casi todas glosan el estilo arriesgado, su carácter innovador, la inteligencia y visceralidad original de cuanto nos ofrece en esta novela. Brillante, arriesgado, novedoso, diestro, brutal... De todo he tenido que leer al respecto con los ojos abiertos de par en par y la boca hecha aguas. 

Y yo, que soy crédulo hasta el abuso, quería darles el crédito que tan desinteresadas voces me merecen, pero es que no puedo. No puedo. Tengo muy arraigado el vicio de comprobar las maravillas antes de comprarlas al detall. No sea que luego me salgan habitadas por gusano. 

Pues bien: acabo de leer la novela y tengo la sensación de haber asistido a otro de los (demasiado frecuentes) timos que nos proponen cada temporada. En el panorama de las novedades patrias, nada halagüeño, uno se acostumbra tristemente a prever la castaña disfrazada de "lo mejor desde".

Y no quiero decir que "Democracia" sea un desastre. Hay valores innegables en el desparrame de estupideces, citas que el lector no se merece, fragmentos de auténtica narración, de esa de ley que de vez en cuando asoma, medio ahogada entre basurilla con apariencia de modernidad. 

La técnica es de manual (pos)moderno, más vieja que el mundo y nada estimulante. Si acaso, logra despistar un pelín cuando, como sucede con frecuencia, uno pierde la atención sobre lo que acontece bajo su mirada. ¡Ah, sí, que ahora habla de otro personaje! ¿Cómo se llamaba?  Y da lo mismo, pues están escasamente perfilados salvo como estereotipos, monigotes que se mueven sin más lógica que la voluntad de un narrador superomnisciente y más bien petardo.  

Hay escenas descacharrantes, como la persecución de Marco, el protagonista, a su antiguo jefe, un tal Talo, que monta una Lambretta.  O las últimas páginas, que dan la impresioón de haber sido inventadas sobre la marcha para ver si así conseguía acabar la historia, y tal. 

En fin, uno no logra creerse nada de nada. Ni lo "verosímil" ni lo estrafalario. Ni acaba de ver muy bien a qué viene el rollo metafórico-catequésico de Soros y toda la letanía económica que también aparece por ahí. 


Es decir, que no me ha interesado nada de lo que tanto alaban los gacetilleros. Ni siquiera me parece que el argumento ni el estilo estén bien articulados, o que "Democracia" tenga algo que ofrecer a un lector no colonizado por las últimas gilipolleces. Las que dan de comulgar a esos cuatro escritores nacionales que todos conocemos y de los que ya he hablado por extenso en este blog. 

Pero vamos a dejarnos de tontolabas. Creo que Pablo Gutiérrez tiene buenas dotes como narrador. No sé si lo de crear estructuras novelescas es lo suyo, pero debería dejarse de explotar solo fuegos de artificio. No creo que, a la vista de tantos elogios, resista la tentación. Es más fácil tocar temas de actualidad, sea como sea, aunque la historia no se sostenga salvo como tebeo (malo). 

Las peripecias de Marco, tal como las concibe el autor, deberían ser divertidas, estimulantes, servir de motivo de meditación. Y no lo son casi nunca. 

sábado, 29 de diciembre de 2012

Alguna consideración de final de año. M. Merleau-Ponty.

 
He disfrutado relativamente poco de este otoño que acaba de fracasar hace nada, debido entre otras circunstancias a que por estas fechas el trabajo es excesivo. De todos modos, esta misma mañana he prescindido de gordos y pedreas y me he largado a andar por el campo. 

Había niebla, y no solo en los montes cercanos, por lo que he tardado en reaccionar ante la densidad húmeda de las cosas, su atractivo áspero. Tenía ganas inconfesadas de palpar la textura de la realidad. No me refiero al celofán absurdo que nos recubre a diario, sino de la verdadera juntura por donde aparece el sentido de las cosas. 

¡Vaya! Esto último me ha quedado demasiado Merleau-Ponty. Pero es que las últimas semanas he estado leyendo a (y sobre) el francés en mis viajes diarios en cercanías y me tiene colapsado el cerebro. Por un lado, debido a la dificultad (relativa, no es para exagerar) de entender con seriedad las implicaciones de todos sus planteamientos pero, sobre todo, por la inteligencia finísima que destila en cada comentario, por la belleza de su prosa (a veces carga un poco, pero merece la pena) y por la intuición de que, por una vez, en ese corpus filosófico uno podría habitar sin demasiadas tensiones. 

Pensaba el otro día que quizás sea una de las pocas personas a quienes me gustaría haber conocido. Una lástima su muerte tan temprana, que dejó inconcluso el que podía haber sido su libro definitivo ("Lo visible y lo invisible", Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 2010). 

De todos modos, siguiendo con el paseo en brumas de hace horas, entiendo que los accidentes del paisaje, el camino agradable, la luz extraordinaria que me envolvía, el encuentro casual con paseantes que gustan de charlar brevemente, hacen de estas salidas al aspecto más recio de la realidad algo tan imprescindible como el reverso gastado que nos agobia. 


 Ahora que ya sabemos que no nos vamos a jubilar hasta que estemos lo suficientemente mal para durar unos pocos años y no dar demasiado la lata al contribuyente del futuro, entiendo que más que nunca va a ser obligado escaparse en los momentos de ocio, o crearlos de algún modo. Yo ya me entiendo. Pero las cosas pintan tan mal como se sospechaba, si no peor. Habrá que ir viendo lo que estos animales son capaces de hacer con el mal llamado "estado de bienestar". Y lo que la oposición propone para dentro de tres años, suponiendo que tenga huevos para proponer algo. 

Ya me creo cualquier cosa.  

lunes, 17 de diciembre de 2012

John Cage, por Bertrand Chamayou



Hoy iba de contemporánea (ya era hora, porque entre el barroco y lo de la Batiashvili empezaba a salirme peluca empolvada). Y el concierto ha estado dedicado al centenario del nacimiento de John Cage. 

Muy divertido ver el pianito de juguete con que Chamayou ha interpretado su "Suite for toy piano" (1948) o los diversos vegetales martirizados para deleitarnos con "Child of tree". 

Por cierto, que no conocía la primera suite y me ha parecido bastante buena y no tan ingenua como su instrumento puede hacernos pensar. 

Luego, varias sonatas para piano preparado de los años cuarenta, otras para piano "normal" y esta pieza que les dejo, titulada "In a landscape" (1948), que quizás ha sido la más asequible para el oído no acostumbrado a las repeticiones, disonancias y (a ratos) coñazos de Cage. Que, por otra parte, es imprescindible en la música del siglo pasado. 





Un tanto "new age", ¿no? Pero hay que ver en qué época se compuso y luego decir: "¡Ah! Pues no está nada mal".

domingo, 16 de diciembre de 2012

Lisa Batiashvili.




Hoy tocaba matinée en el Auditorio. El programa no era muy interesante, pero no me podía perder a la violinista Georgiana Lisa Batiashvili; en este caso, tocando el Concierto para violín y orquesta en re mayor, opus 35, de Chaikovski. No es que el nacionalismo musical me vuelva loco, pero ese concierto tiene una fuerza poco común. 

Mucho mejor que la Suite nº. 4, "Mozartiana", un pestiño romanticón del que solo se salvan (parcialmente) la Giga y el movimiento final. Por lo demás, la segunda parte del concierto anunciaba "Las campanas" (Kolokola) de Rachmaninov, con la Orquesta y Coro Nacionales de España al completo, dirigidos por J. Luis Cobos. 

He de decir que la orquesta y coro han estado a un gran nivel. Sobre todo, me ha parecido de perlas la interpretación de Rachmaninov, con un barítono, Alewey Tikhomirov, de voz poderosa y convincente. 

Pero la estrella era la Batiashvili. Y, de verdad, pienso que hay obras que deben "verse", no solo escucharse, en directo. Porque estar en primera fila y comprobar la textura de la música y el esfuerzo físico e intelectual que demanda para ser interpretada con la belleza, potencia y precisión que hemos oído esta mañana... Eso es otra cosa. 

Creo que el Stradivarius que toca Batiashvili está cedido por una fundación japonesa. Hoy sonaba como un trueno, como una pluma, como el mar. Excelso en los graves, estratosférico en el limite de los agudos, que la obra reclama en más de una ocasión. En fin, el colmo del virtuosismo. 

Pero no bastan, como decía hace nada de la Bartoli, grandes dotes técnicas para emocionar y convencer. Es preciso algo más: sensibilidad, inteligencia, pasión, y de todo eso tiene Lisa Batiashvili en abundancia. 

Hoy me ha levantado de la butaca, y no es fácil entusiasmarme con piezas que no me convencen demasiado. ¿Y saben cuánto costó la entrada? 

Trece euros. En el patio de butacas.