viernes, 30 de octubre de 2009

Demasiados muertos


En cuanto rascas un poco la costra de doctrina, estos creyentes resultan ser más bien crédulos.

Me recuerdan a aquellas gentes supuestamente primitivas que ataban los cadáveres de pies y manos para que no pudieran escapar de la tumba. Creo que lo hacían más por preservar el orden cósmico y que las cosas de arriba no se revolvieran con las de abajo que por temores pueriles. Sin embargo, parece que la prevención se ha mantenido hasta ahora, e incluso va creciendo.

A menudo se hace notar el contraste con la cultura anglosajona, que rodea las iglesias de tumbas como si fueran coquetos parterres y apenas interpone obstáculos entre los dos ámbitos. Recuerdo que una vez, visitando en Inglaterra la iglesia de un pueblecito junto al lago, mientras paseaba por su jardín me topé con la tumba de William Wordsworth . No extraña la desenvoltura un tanto frívola de sus festejos equivalentes, llámense Halloween y digan lo que digan los purpurados del Vaticano.

La costumbre católica, sin embargo, aleja a los muertos de las localidades y protege los camposantos (¿santos, de qué, si los temen como a la peste?) con altas vallas y verjas formidables. No han llegado todavía a maniatar a sus seres queridos, pero todo puede ser. A muchos ya se les socarra en lugar de darles tierra...

Cierto es que se trata del modo más rápido de pasar al ciclo de la naturaleza, la regeneración y todo eso. Muy New Age. No obstante, no me parece caritativo, si nos atenemos a la tradición. Estos bienpensantes se deshacen de cualquier lastre en cuanto incomoda lo más mínimo. Ya conocemos la moral cambiante del correcto.

Los cementerios, y en esto me encuentro con el a menudo insufrible Gómez de la Serna, son lugares brutalmente delicados. Pasear por las calles impone un ritmo calmoso y febril al mismo tiempo. Hay silencio, pero está plagado de signos. Son lugares melancólicos, aunque salimos de la experiencia como si nos hubieran validado en sentimientos. Un cementerio es piedra de toque para la sensibilidad.

Por eso considero totalmente inadecuado visitarlos con multitudes, como en Todos los Santos.

jueves, 29 de octubre de 2009

Kirmen Uribe contracriticado en seco



Algunos lectores de este blog (o todos, por qué no decirlo) pensarán que mis críticas literarias son abusivas, que tengo muy mala leche y soy arbitrario. No sé qué decir. De pequeñito me tenía por buen chico, pero debió de ser una impresión falsa. Como tantas.

Quizás por quitarme el sambenito reproduzco la última entrada de "Crítica poética y contracrítica", un blog dedicado a poesía que no suele tener desperdicio. A ver qué opináis después:

Hola a todas y todos:

Esta semana, a petición popular al buzón, traemos el libro de Kirmen Uribe “Mientras tanto cógeme la mano”. Edita Visor.

Nuestra autovaloración sobre nuestra presunta objetividad es baja. De nuevo, cómo no, Visor, y ha sido un premio nacional de narrativa que huele demasiado a política. Más de lo normal, queremos decir. Situamos nuestra nota entre un 0 y un 2. Bajo cero.

Antes de empezar, nos estremece la contraportada, mezcla de medias verdades y de ¿errores?

En ella se indica que el libro es Premio Nacional de la Crítica (con esas pomposas mayúsculas). El libro fue premio nacional de la crítica para obras escritas en vasco. A nuestra observación de siempre sobre el carácter ostentoso del título de este premio (es un premio de una asociación de críticos, el artículo “la” le confiere una afectación y exclusividad ridículas), hay que añadir el carácter mucho más reducido del verdadero premio del libro, circunscrito a la lengua vasca. Vemos que la misma media verdad aparece en la página del PEN americana, y por tanto responsabilizamos al autor en un caso claro de hinchazón de CV por omisión de sintagmas.

Dice la contraportada, además, que la versión inglesa fue premiada por el PEN American Center como “finalista al mejor libro de poesía traducido al inglés el año 2007 en EEUU. (sic)”. De risa. En primer lugar, muchos americanos no son tan fantasmas como algunos de por aquí y no se atreverían a decir que un libro es el mejor o uno de los finalistas a mejores libros de poesía traducidos en su país. Existen dos premios a traducciones al inglés que organiza PEN. El más importante es el PEN Translation Prize. El segundo premio es el PEN Award for Poetry in Translation ("recognizes book-length translations of poetry from any language into English published in the previous calendar year and is judged by a single translator of poetry appointed by the PEN Translation Committee"). Como se puede leer, nada que ver con el carácter de propaganda de la contraportada. Ni es un premio al mejor libro en el año ni nada que se le parezca. Es un premio que da un solo traductor a otro, y que el PEN paga con 3000 dólares. Pues de ese segundo premio, la traductora fue finalista, no ganadora, junto con otra persona. Y lo fue por hacer la traducción directamente del vasco, algo poco visto en EE.UU.

De la misma forma se habla de que el autor ha publicado su obra en The New Yorker, cuando es la traductora la que llevó a las páginas de esta revista su, para ellos, exótica traducción.
¿Por qué tanto empeño por esta traductora y alguno más en la obra de Uribe? Creemos que no se debe a la calidad del poemario, que anticipamos que es muy baja. Tiene más que ver con el hecho de que sea un libro escrito en vasco. Leemos, por ejemplo, en la contraportada del libro traducido al inglés: "Gracias a Elizabeth Macklin por traer al inglés la poesía de Kirmen Uribe, escrita en la lengua europea más antigua". La minireseña la firma un señor llamado Mark Kurlanski, autor del libro "La historia vasca del mundo". ¿El interés es la obra o la lengua? Más bien parece lo segundo. El resto de comentaristas de 4º fila de la contraportada destacan el hecho de que se trata de la primera traducción vasco-inglés sin pasar por el castellano. Desconocemos si eso es verdad pero no hace que el libro sea necesariamente bueno, sino que lo acerca al terreno ya comentado de lo exótico.

Todo nacionalismo necesita reivindicar su lengua para sentir que su territorio es todavía más válido, y así mear a gusto en sus esquinas divisorias. Para una lengua que carece de Cervantes, de Rosalía o de Ausiás, es importante mimar al máximo a sus escritores. Como en este caso parece que hay una ligazón política a la apresurada entronización del autor, no podemos entender, ni creer, que no haya mejores autores para promocionar la lengua vasca. Y lo decimos porque este libro, desde el punto de vista literario, es muy mediocre.

Comienza el libro con una introducción del propio Uribe, introducción con un marcado carácter de estudiante de secundaria, que aleja al autor, por el momento, de cualquier posibilidad de realizar un sesudo ensayo que vaya más allá de comentar que un poema es como una onza de chocolate. Como ya comentó alguien, los ecos de Forrest Gump alcanzan de lleno la poética del autor, en un viaje de ida y vuelta eterno y retroalimentado entre el imperio y el caserío.En sus siete partes más el poema introductorio (el único salvable), hablamos de una poesía basada en la anécdota familiar, en la historieta de abuelo, en algún poema erótico-glacial, en una melancolía patético- sentimentaloide (el poema “Aquel día”), nostalgia agrícola (“El cerezo”), reflexiones de columna de diario de provincias (“Hoy parece que hemos de ser perfectos también en la cama”), todo ello carente del más mínimo interés narrativo y mucho menos poético.

Es curioso que Uribe, evitaremos llamarlo poeta, diga que “siempre un poema transmite algo nuevo”. Si hacemos caso a su propia premisa, habría que considerar la posibilidad de que no haya un solo poema en todo el libro. Y no nos referimos al poema “No se puede decir”, escrito por miles de poetas antes, aunque nunca de manera tan rematadamente mala. Porque decir:

“Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.”

no parece que nos transmite nada nuevo. Tampoco con los niños: “Parece un lago helado / en el que se va borrando / el rostro del niño que un día fue.” O con su hermana: “Tiene los ojos llorosos, pequeños / como las fresas silvestres.” Ni siquiera con el mar: “el mar brilla como una merluza. / Las estrellas saltan como escamas.”

Cuando trata del amor es algo similar: “no quiero promesas, no quiero disculpas, / tan sólo un gesto de amor.” O “Tus piernas largas y frías / como el agua de la fuente”; “Es de noche en el hemisferio de sus ojos”

Hay una cosa que nos molesta especialmente del libro y es la felicidad boba que parece mostrar. No estamos hablando de una mirada infantil sino de infantilismo. Ejemplos: “Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.”; el final de “Pesadilla”, el chiste de Bhután, el poema “El extraño” o un Duchamp que parece un imbécil en los diálogos con Aresti.

En un manejo muy torpe de la retórica, molestan especialmente las repeticiones de versos en un mismo poema como “El nunca decía te quiero”, “El tiempo de los árboles” o el terrible “Tecnología”. Se puede sonar igual de antiguo pero no más.

Incluso hay versos que incitan a la risa: “Las heridas de las peras golpeadas no se pueden cerrar.”. Es cierto, ni biólogos ni botánicos se han preocupado todavía sobre el cierre de las heridas en las peras. Vivimos un mundo terrible e incomprensible.

También dice Uribe que el poema es ritmo, como si existiera ritmo en la versión castellana que hemos leído.

Mirad que llevamos libros. Será por el cansancio de tanta poesía mala y mediocre subida a unos altares de barro. Pero terminar un poema a un padre escribiendo “y así terminó también la vida de mi padre, / como un barco que se pierde en el horizonte / girando hacia el Oeste, /dibujando recuerdos en su estela” produce cataratas. Eso y mayo extendiendo su párpado azul sobre el puerto nos llevan a:

Valoración de “Mientras tanto cógeme la mano”: 0,25 / 10.

Dice Uribe en un verso que “sin riesgo, no hay nada”. En realidad poco puede arriesgar quien maneja tan mal los aspectos más elementales de la poesía. Que se quede, por Dios que se quede, en la narrativa por muchos años, que siga teniendo tantos colegas en política y que, por favor, la gente no utilice el sustantivo poeta en vano.

Agur.


Yo sólo puedo aplaudir. Pero es que soy muy malo.

martes, 27 de octubre de 2009

Nocillas sinópticas




Ricardo Senabre es más formalista y contundente, mientras que Ernesto Ayala-Dip tiene claras desde hace décadas las preferencias y voluntades que debe satisfacer. De ahí su uso abusivo del jabón. Nada nuevo en la república de las fidelidades: aquí se comenta sólo lo que procede y como es debido. Faltaría más.

Uno por el lado corporativo, otro en su línea pedagógica, aunque sin sacar nunca los pies de las alforjas, resulta curioso comparar las críticas (que han aparecido raudas y simultáneas como nunca) y ver qué propone el movimiento de Fernández Mallo y cuánto consigue en este último libro.



Porque en casos extremos, como el del crítico de El País, hay que saber leer entre líneas, que son las únicas certeras. Me vienen a la memoria la deliciosa censura franquista o el muy sutil lenguaje de los políticos (sobre todo, los de la derecha, incapaces por naturaleza de reconocer ninguna evidencia, salvo que sea en perjuicio del contrario). Pero hay más. Yo mismo suelo lanzar andanadas en blanco viperino y una conversación tensa entre mujeres es de lo más instructivo, siempre que te encuentres a cubierto de la pedregada. Mala cosa, pensaba cuando ingenuo, no poder decir lo que se piensa. Señal de que... En fin; veamos la comparación:


R. Senabre:

Es indudable el ingenio del autor y también su habilidad, salpimentada con dosis de humor de buena ley, pero también es legítimo preguntarse si valía la pena tanto esfuerzo para escribir una obra en que los artificios estuvieran tan a la vista y la palpitación humana tan oculta. Sobre todo si se tiene en cuenta que muchos de los ingredientes y experimentos de la novela que, sin más, podemos considerar vanguardistas han sido ya probado en muchas ocasiones y con numerosas variantes...


Acaso Fernández Mallo (...) deba plantearse qué trayectoria de novelista le conviene seguir a partir de ahora, sin olvidar la necesidad de crear personajes que no sean el propio autor.




E. Ayala-Dip:



Nocilla Lab insiste a medias en esta línea vanguardista y posmoderna (...) Fernández Mallo quiere escribir para el mercado, más que para la tradición (...) Su lector sería el lector del futuro.

(A. F. Mallo) intuyó el peligro de la reiteración. Por ello prefirió traicionarse a medias. Insistió esta vez en provocar al lector con insólitas soluciones formales, pero a la vez cedió a la fiesta de la invención, aunque con materiales ya usados. Su adiós a la ficción tradicional se incumple.

Nocilla Lab cierra un ciclo. Pero abre un severo interrogante en el futuro literario de A. F. Mallo: ¿qué escribir después? Nocilla Lab no nos da la respuesta.

No sé qué pensarán mis lectores (ahora no tan improbables: ya os tengo contados y dentro de poco localizados, pendones), pero a mí me da que mi instinto, como siempre, ha funcionado. Es que soy un hacha para lo malo. Ni la basura pseudohagiográfica de Ayala-Dip (¿no os suena este nombre a algún personaje de 13, Rue del Percebe?) es capaz de esconder lo evidente.

.- Que no es cosa de volver a inventar la vanguardia. Que los (norte)americanos se deslumbren con cualquier pamema posmoderna no quiere decir que aquí también debamos imitarlos en eso.

.- Que estamos ya bastante aburridos de vanguardias formales (¿alguien recuerda el engendro de Larva, de J. Ríos?) y, a la vez, ayunos de verdadera literatura.

.- Que desandar lo muy largamente y muy bien andado para nada (o para tan poco) es tan tonto como pretencioso e inoperante. A no ser que sólo esconda una bien publicitada campaña de promoción, cosa que vengo sospechando desde sus inicios.

.- Que no es así como se puede fundar la ultra-mega-trans-post-modernidad, o lo que demonios quiera fundar la ralea de nocillosos.

Pero dejo el resto de conclusiones para otro rato. Oigo cómo bostezáis.

jueves, 22 de octubre de 2009

Perro viejo




Cuántas veces habré querido disponer de información exacta sobre un lugar, un ambiente. O guardar todos los hechos que ha sucedido ante mis ojos para luego, pensaba yo, poder narrarlos con mayor precisión.

El error es mayúsculo. La realidad no es arte, ni está sujeta a los mismos criterios de equilibrio, oportunidad, organización, artículación lógica y otras zarandajas que no paso a detallar, pero son imprescindibles para conseguir una triste página legible.


Uno se va haciendo perro viejo -perro y viejo, quiero decir- y sabe cómo atemperar los ímpetus. Porque hace falta tiempo y que los detalles duerman en memoria lo que hayan de dormir. Ella misma los desenterrará cuando convenga. Así, más quietos y manejables, desprevenidos, como si dijéramos, podré moldearlos a mi capricho. Entonces serán materia literaria.
Cuando procedo así reproduzco el pasado con otra fidelidad, quizás bastardeada e imprevisible, pero más eficaz que los tropiezos inevitables de un intento prematuro. La experiencia es más real que cuando se cuenta desde la trinchera.

Y no sólo desde el punto de vista literario. No sólo.

viernes, 16 de octubre de 2009

Las novedades habituales




Días de cierto estudio y lecturas extraordinarias. En el sentido de poco comunes, quiero decir. En efecto, sufro de planteamientos radicales: "La puta de Babilonia", de Fernando Vallejo en Seix Barral, colección Booket, 2009. Una muy excesiva denostación de todo tipo de falseamientos ideológicos. En concreto, de aquellos que son responsabilidad de la Iglesia Católica. Tan apabullante en erudición como divertida. Y desengrasante del tufazo bienpensante e hipocritón que estos mismos días anda manifestando su doctrina callejera.

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Por otra parte, pensaba el otro día que yo fui un adolescente mediocre de una ciudad mediocre en la muy mediocre transición. Mi educación, que en principio no podía dar demasiado de sí, conseguí fortalecerla por propia iniciativa. Más a golpe de disfrute que de sacrificio, todo hay que decirlo. Pero, por el motivo que fuera, siempre intuí que insistir en las medias tintas acabaría por ahogarme. Y no exagero con lo del ahogo. Era algo físico.

La cuestión, vista desde estas alturas, parecía clara: seguir entre balidos o tentar las propias pretensiones, pretender con sentido y no cejar hasta alcanzarlo. Se puede ser ingenuo, y ahí hemos estado muchos, pero bastante peor es ser cobarde. O perezoso.


Tampoco vamos a exagerar con las mejoras educativas: cada día encuentro un área de la que no tengo ni la más remota idea. O una torpeza intelectual, o una zafiedad moral que me pasaba inadvertida. Sospecho que siempre va a ser igual, así que ya me voy acostumbrando. El mejor remedio quizás es la curiosidad. Si la pierdo, buscadme en los torneos locales de guiñote, arrastrando lo que se tercie.


P.S.: ¿Qué coño me habrá hecho el guiñote para que lo tenga en tan mal concepto? Debe de ser por asimilación del ambiente.

sábado, 3 de octubre de 2009

To lie, to sleep no more...



Mentir, inventar, seducir, narrar. No encuentro grandes diferencias entre todos ellos. En definitiva, el oficio de escritor consiste sobre todo en ser capaz de alterar la realidad con ingenio, con estructura, en un orden determinado. Se diferencia en eso del simple mentiroso, se le alcance o no a la pata coja, que ya me va cansando la moraleja. Simplemente es cosa de otro rigor.

Pero los principios a menudo son concurrentes. Creo que mis primeras mentiras infantiles buscaban adaptar la realidad a lo que deseaba que fuese. Desde luego, no la burda sucesión causal que me atrapaba, ni esas normas delirantes, ni mi cortas posibilidades de sortearlas. Y todo ello sin buscar otro porvecho que el estético, que el mundo fuera como debía ser. A mi manera.

Más o menos, lo mismo que ensayo ahora con "Los días y la noche". Creo que Josu Sandur es alguien a quien me pareceré dentro de veinte o treinta años, si llega el día. O quien desearé haber sido.

A veces las cosas más complicadas se revelan de un modo inusitadamente simple. Hay que ver cómo se complican con el tiempo, y lo divertidas que resultan aquéllas que fueron un engorro.

viernes, 2 de octubre de 2009




Nada de nada.

Encuentros difuminados, noticias que se extinguen por lejanía; voces huecas, intercambiables. El otoño tiene otras alteraciones añadidas al primer respingo, a sus hongos renacidos, al perplejo despliegue de tanto color. "El otoño vendrá con caracolas, uva de niebla y montes agrupados", decía el granadino.

"Uva de niebla y montes agrupados". En mi mente son imágenes absolutas del otoño desde que las atrapé, andando los catorce o quince de mi vida y casi de modo inconsciente. Una vez quise hablar en verso de esto mismo y me salieron estas cosas:

"El dulzor de este otoño se desliza
con pámpanos de fiebre entre las losas:
es de balsa perdida; en su fluir,
la hiedra, el paladar, siempre infiltrada
memoria de otras frutas rotundas,
siempre un tañido grave en el cordaje
y en la base infinita: son las nubes".

(...)

No es lo mismo, desde luego. Pero en estos momentos tampoco están escrutando mi tumba ni me estudian en los institutos. A cada cual lo suyo.

En todo caso, quería expresar que esta época inicial del declive siempre se me ha antojado más bien el comienzo de algo. Será por lo diferente que parece de cuanto nos aconteció hace sólo un par de semanas. Será porque a los docentes nos atropella un año intacto, sin desbravar. El caso es que vivo en la impresión de estrenar tersura en los paisajes que me acogen.

Y, si bien se piensa, el mundo se reconstruye en otra densidad. Todo encoge un milímetro y se adentra en su manera, de modo que hay una rarefacción, que dirían los antiguos, un esplendor enfermizo porque sabe que pronto desaparecerá. Es el último son del cuerno.

Estos días me siento extraño, pero casi bien. El cerebro vuelve a su costumbre. Y me acabo de resfriar.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Cabronazos infames



Todo lo que esperaba se cumplió. Y bastante más. De hecho, cuando voy a ver una película de Tarantino delego en sus manos mi percepción de la realidad y procuro tragar sin sentido crítico todo lo que me endilgue. Debe de ser una debilidad. El torbellino de "Inglorious basterds", en concreto, es el colmo del exceso. Y luego da otra vuelta y sigue derivando más allá.

Recuerdo la escena penúltima, la del cine repleto de jerarcas nazis, como el mayor descalabro que recuerdo para las reglas de la verosimilitud del cine considerado "serio". Es el disloque. Y qué voy a decir: en los cuentos de hadas no es pecado corregir la historia y que Hitler acabe ametrallado en el palco de un cine de barrio parisino. Si eso hubiera sucedido quince años antes otro gallo nos habría cantado a todos.

Pero qué más da: cada cual tiene derecho a dirimir sus fantasmas morales en el escenario que mejor le parezca, y si Quentin adora la pulp fiction, el cine del oeste y las películas de Fu-Manchú, todos disfrutamos de ello lo mismo que si fuera adicto al ensayo histórico.

No os perdáis el hilo de los extensos diálogos, más largos y mejores que el famoso de la cafetería en "Reservoir dogs", por citar algo bien conocido. Si hace unas semanas hablaba de "Las benévolas" como una excursión alucinada al fondo de la iniquidad del movimiento nazi, las cínicas justificaciones del oficial cazajudíos son una versión reducida (tanto como divertida) de las mismas.

Y las interpretaciones son de lujo. ¿Qué más se puede pedir para pasar un rato entretenido y luego contárselo a los lectores de este blog?

jueves, 17 de septiembre de 2009

Batiendo el tópico (II)




Tengo para mí que no todo es tan fácil: recordemos lo que tantos panfletarios del pensiero débole llevan voceando desde hace décadas. Décadas, sí. Sucede como con el posmodernismo. Poetas ultranuevos y nocillos varios acaban de descubrirlo y se embeben en sus fáciles seducciones, o eso suponen ellos, pero en el mundo anglosajón funcionaba ya en los primeros años sesenta y nada es tan cómodo si pretende tener un cierto rigor. No es cosa de seguir una receta, sino de talento y disposición para hacerla propia.

Pues bien: el afán por construir logros perecederos, por no dejar huella que perdure y, a cambio, ser ágil, ligero y muy, muy divertido, aparte de que ya está más que visto desde los años ochenta (recuérdese la extrema faiblesse intelectual que acompañó la movida) me da la impresión de que es una excusa facilona que ampara cualquier pereza. O cobardía intelectual, que vienen a ser sinónimas.

Porque la conciencia de lo perecedero no nos exime de intentar violentar las leyes. Me refiero a la tendencia universal a la entropía o, si se quiere más llanamente, al olvido. ¿No proclaman los novísimos talentos desprecio absoluto por lo que se pueda pensar dentro de un tiempo? Pues olvidémonos también de lo que puedan pensar ahora. A lo mejor todo resulta más fácil y se aclara la visión.

A que no hay.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Las benévolas, de Jonathan Littell (II)



Por otra parte, insisto, el aspecto simbólico, más que evidente tratándose del período histórico que trata la novela, no necesitaba de tal marea de datos "objetivos". Menos aún con la falta de jerarquización que se exponen la mayor parte de ellos. Casi todos pasan por la vista del lector como leños en un río crecido. Algunos son rescatados aguas abajo para otro detalle fortuito que le interesa al narrador, pero la inmensa mayoría son eso: despojos a la deriva que sólo entorpecen la marcha de la corriente, si se me permite el símil.

El entramado referencial de símbolos varios me parece muy endeble desde el punto de vista estructural o de la psicología más elemental de los personajes. Y apenas se sostiene comparándolo con la verosimilitud beligerante que el autor pretende dar al resto de la narración.

Chocan poderosamente con el comportamiento de Thomas, pongamos por caso (¿es un cínico trepa y ventajista o un amigo fiel hasta el final? ¿Ambas cosas son compatibles?). O lo que comentaba ayer, el ensañamiento de Clemens y Wesser, creo que se llaman los dos absurdos policías que se empecinan en seguir hasta el final acosando a Auer, por no hablar de la aparición de Thomas al modo "deus ex machina" cuando ya todo parece perdido. Esta parte final de la novela me ha recordado más las trampas argumentales de cualquier peliculilla de Hollywood que el tono que había mantenido hasta el momento.

Hay que decir, sin embargo, que el tema es tan espantoso, la maquinaria burocrática del crimen estatalizado y "socializado" en la Alemania nazi tan aberrante y, sin embargo, tan cercana a nuestro mundo actual, las justificaciones argumentales de los personajes suenan tanto a lo ya leído en mil ocasiones sobre la "normalidad" del espanto, que Las benévolas, mal que me pese, es una novela de lectura recomendable. Ardua, dura a ratos, pero recomendable.

Aunque yo preferiría que mis improbables seguidores leyeran antes a Primo Levi o al ya mentado Semprún, entre tantos.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Las benévolas, de Jonathan Littell



978 páginas de prosa, 978, de las que un 90% es mera narración disfrazada de informe burocrático. O viceversa, no sabría decir. Las 300 primeras, cuando menos, sólo tenían tres o cuatro escenas dignas de mención. A 1oo densas páginas por momento relevante. Tela. Y lo he leído entero. Lo juro. Yo.


Al principio no podía creer lo que tenía entre manos. Estuve tentado de dejarlo más de una docena de veces. Y el motivo de seguir leyendo fue sencillamente enterarme de si todo el libro seguía en el mismo tono frío, abúlico y desesperante. O por conocer el fundamento de ese éxito tan exagerado al otro lado de los Pirineos, que ahora me extraña menos. Pero no por calidad literaria, sino por razones que igual sugiero.

No sé si la hazaña de acabarlo ha sido cosa del estío, de que estoy muy tonto ya o de virtudes insólitas del libraco que no acabo de explicarme. Pero la verdad es que ahora, desde la otra orilla de ese océano de páginas, tampoco tengo claro lo que me ha parecido.

Veamos: la parte histórica, que en una obra literaria debería ser claramente "menor", es decir, estar subordinada a lo narrativo, aquí desempeña un papel omnipresente, basado en una exhaustiva documentación que sólo a ratos he podido comprobar que fuera cierta o fabulada. No estoy demasiado al tanto de los entresijos de la jerarquía nazi. En cualquier caso, y desde un punto de vista del lector, me da lo mismo.

Afortunadamente, el documentadísimo amor de Littell por el detalle inútil (inútil desde el punto de vista narrativo, que no desde su interés historiográfico, supongo) cede en ocasiones, dando un alivio al esforzado leedor. Pero no nos vamos a engañar: las minuciosas descripciones de los sueños en que cae el protagonista, por reseñar lo poco reseñable en cuanto a calidad literaria se refiere, no son menos tediosas que las charlas infinitas sobre detalles de la administración alemana y las innumerables idas y venidas de todo tipo de cargos SS. Rediós, qué agobio recordarlo.

Constantemente me venía a la cabeza esa desoladora, aniquilante narración de Jorge Semprún que también fue escrita en francés: El largo viaje. Eso sí, desde el otro lado de la barrera. Y con otra intención. Y con espectaculares dotes literarias que no he visto ni de lejos en Las benévolas.

Comentando con un compañero de trabajo, me dijo que le había fascinado, y eso que la había leído en francés. Entendámonos: no coincidimos demasiado en gustos estéticos, pero ni aún así me lo explico. La desazón de ser testigos del estómago de la bestia, contemplar desde dentro la maquinaria burocrática y alucinada de la "solución final", no mantiene el tipo de una narración plana, aburrida y, a ratos, desquiciante.

He querido pensar que era así para dotar de entidad estilística al erial de vesania de los personajes, pero entonces no me explico las acciones obsesivas de la pareja de policías que acosan al protagonista más allá de toda lógica. Como tampoco cuadran la mitad de sus reacciones, sobre todo, al final de la novela, e incluso me parece poco plausible el alcance exorbitado de su propia obsesión incestuosa. Que, en definitiva, funda todo el edificio argumental.

Como decía, a mí no me ha fascinado en absoluto. Tampoco me ha sobrecogido, a decir verdad, pero he de reconocer que llevo varios días con la cabeza "colonizada" por algunas de sus escenas más llamativas. Y eso quiere decir que el megaladrillo ha logrado dejar su carga de profundidad.

La pregunta es: ¿merece la pena tal despilfarro de páginas, tal empecinamiento en narrar sin ton ni son para ese resultado? ¿No se podría haber conseguido también con un tercio del volumen y, sobre todo, dejando disfrutar un poquito más al lector?

A pesar de todo, ¿por qué vuelven constantemente a la memoria?

jueves, 13 de agosto de 2009

Batiendo el tópico


Descubro en la playa lo más que obvio, pero es que siempre he sido lento de entendederas: cuando se camina al borde de las olas la huella apenas dura un instante. La siguiente viene rápida a borrar cuanto se dijo el día anterior y todo se reduce a la misma materia amorfa, desvanecida en su propia vulgaridad. Lo trivial pierde sentido.

Para que la huella perdure hay que adentrarse donde la arena es más blanda, caminar cuesta esfuerzos y a veces quema la planta de los pies. El tránsito suele ser corto y hay demasiados que ensayan el mismo intento, con lo que la línea de argumentación tiende a confundirse en un barullo de evidencias. Muchos hablan en exceso y al unísono. Además, con la pleamar todas las voces son de nuevo igualadas. El momento, la nueva generación, la muerte de su autor apenas respetan la idea que pensábamos original. No es suficiente.

Quien pretende perdurar ha de ir al monte y labrar en piedra viva un sendero que resista las lluvias venideras. Así quizás se asiente en la memoria de infinitos que vendrán a turbar su aislamiento, a rehacer los meandros de subida, los puentes ingeniosos.

Pero ahora, decidme: ¿quién tiene las herramientas apropiadas? En un tiempo creí que eran apenas asunto de voluntad. De hecho, yo también lo he ensayado. A la vista de esos logros tan raquíticos debo pensar que no sólo quien lo intenta desbroza en el sentido correcto. En el que otros imitarán. Hace falta decisión y algo más: lo innombrable, el talento.

Lo cierto es que nadie va a aplaudir cuando se vuele una roca venerada o se talen los árboles de nuestros abuelos. "Nihil expectate", desde luego. No nos respetarán, pero tras hacer las cosas apropiadas.

viernes, 17 de julio de 2009

Sobre el deseo



¿Qué hace que alguien nos guste? ¿Qué decisiones inconscientes, qué percepciones se encadenan en el interior del instinto para que su presencia nos cause placer, necesidad o algo que se le parece? ¿Hay afinidades, se trata en cambio de contraste y equilibrio?

Nunca he tenido claro el proceso por el que en los primeros segundos de una relación el cerebro ya ha decidido que sí, esta presencia va a conseguir activarlo de un modo que otras no lo lograrán por más que intenten imponerse de modo racional, a expensas de la intuición.

De otro modo, ¿por qué dones de nuestro espíritu, por qué morbosa emisión de marcadores químicos conseguimos atraer a otra persona? ¿Hay posibilidades de encauzar nuestras maneras y que el otro acepte el tono en que exponemos las primeras obviedades, el gesto con que nos apartamos el pelo de la frente, la sonrisa insegura del comienzo?

Y, en fin, ¿qué tremenda falta de adecuación, qué desajuste de mundos se produce cuando alguien nos gusta, y nos gusta tanto que puede llegar a ser un sentimiento insolente y destructivo, mientras nosotros no logramos atravesar siquiera la primera capa de su interés?

Algo de eso se preguntaba ayer un tal Carlos Mored, personaje que estos días tengo entre manos. Al menos, eso me ha dicho sin que nadie se entere, y a mí me viene al pelo.

martes, 7 de julio de 2009

Visión humana de los montes




Los lugares del mito aparecen del modo más insospechado. Estás pensando en la bárbara, la hostil entraña de los montes y topas con una foto que te vuelca encima. Quizás sólo querías llorar un rato a solas, tan a gusto, pero el espectáculo corta el resuello. Tan grandioso que impide recordar.

O quizás la grandeza existe ante todo en el interior de quien observa. Hay que tener amplitud para apreciar lo enorme, sin duda. No entiende sólo quien desea.

Ayer encontré una marejada de imágenes que, sin ir buscando a Oli, me trajeron su presencia -y la mía, por supuesto- en lo más alto y feliz del invierno, en los montes de Zuera. No he vuelto por ahí desde el incendio del año pasado. Y querría no estar solo cuando me golpease el viento de la sierra, cuando decida en mi interior qué daño me ha causado.

¿Pero cómo podría trotar ella otra vez junto a mí, la lengua afuera, su mirada fija en mis gestos? La recuerdo expectante para saber por qué camino repetiremos hoy los pasos de otros días. Deseando seguir no sé si el ritmo de las piedras conocidas o la marcha encrespada de ese viento que a veces nos llevaba hasta la cima. Su perfume de hierbas libres. Su presencia.

Duele tanto que no hay horizonte que me alcance.
Oli, mi perrita buena.



viernes, 3 de julio de 2009

domingo, 21 de junio de 2009

Non serviam


Dicen los que saben que el cardenal Antonio Mª Rouco Varela ha consagrado España al Sagrado Corazón de Jesús, cosa que nadie hacía desde el año 1919, nada menos, pero que la situación actual lo exige. Y lo hace y ya está. Con dos bendiciones.

Como no entiendo de casquería, no cuento entre mis conocidos con ningún Jesús ni tampoco creo que su -presunto- corazón tenga que ver con los chismes del Tomate, pongamos por caso, la cosa me coge más bien desprevenido. Debo de ser bastante superficial.

Yo me pregunto, no obstante, cómo se puede consagrar a nadie algo que no es tuyo. Es como si dedico el Mercedes de mi vecino a la memoria de mi padre, o a la jovencita guapísima que pasa todas las mañanas por mi calle -7:25, para ser exactos- le dedico la parte que más me convenga. Y ustedes me entenderán sin llegar a pormenores, que a veces me pongo burro.

Aunque, si bien se piensa, todos los españoles pagamos con nuestros impuestos una buena pastizara a su iglesia, llámese en concepto de mordida, llámesela subvenciones. Da igual que seamos de su culto o no. Pagamos todos a tocateja. Y de ahí le vendrá el entender que el solar completo es de su propiedad, luego hace con él lo que le viene en gana. La cosa tiene un punto de lógica.

Hubo un tiempo en que lo era. Suyo, digo, este país. O casi, pero las cosas deberían haber cambiado un poquito. En fin, que si no se da dinero público a la Cienciología ni a los Musulmanes Episcopalianos del Niño Verde, por qué hostias -nunca mejor dicho- se sigue sufragando la muy católica carcundia episcopal. A ver, que alguien consiga explicarlo, que espero bien sentadito.

lunes, 8 de junio de 2009

A veces, lo más idiota tiene otros usos...






... lo que no quiere decir que se justifique por esa unión de utilidad y deficiencia. En fin, que he leído el Pierrot Lunaire original. No el de Otto Erich Hartleben en alemán que años más tarde musicó Schönberg y que, a decir del L. A. de Cuenca, prologuista de la edición, está bastante edulcorado, sino el del francés Albert Giraud (Ediciones La Palma, 2008). Digo lo de idiota sin el menor afán de insultar -más bien defino, en todo caso-, pero decidme si la nota liminar no merece algún calificativo que mortifique:


"Mi amigo Alberto Ruiz-Gallardón es un entusiasta de la famosa obra atonal Pierrot lunaire (1912) del compositor austríaco Arnold Schönberg (1874-1951). Recuerdo haber asistido en la Puerta del Sol, cuando él era Presidente de la Comunidad de Madrid, a una performance de esa obra que se quedó a vivir en mi memoria, como si fuese la magdalena de Marcel Proust. En aquella ocasión, Alberto me animó a traducir el libreto de Pierrot lunaire al castellano, para que pudiese cantarse en la lengua de Cervantes la maravillosa pieza de Schönberg..."

El peloteo que le dedica es vergonzoso: "Cuando este libro vea la luz (...) enviaré, cómo no, un ejemplar a Alberto Ruiz-Gallardón..."

No prosigo por no amargar el rato a nadie con un mínimo sentido del decoro. Y, sin embargo, la traducción no está nada mal, como en "Supplique":

"Pierrot! Le ressort du rire,
Entre mes dents je l'ai cassé:
Le clair décor s'est effacé
Dans un mirage à la Shakespeare.

Au mât de mon triste navire
Un pavillon noir est hissé:
O Pierrot! Le ressort du rire,
Entre mes dents je l'ai cassé.

Quand me rendras-tu, porte-lyre,
Guérisseur de l'esprit blessé,
Neige adorable du passé,
Face de Lune, blanc messire,
O Pierrot, le ressort du rire?".


"¡Oh, Pierrot, la risa de oro
se me ha perdido entre los dientes!
Se ha borrado la claridad
en un espejismo a lo Shakespeare.

Un pabellón negro se yergue
en el mástil de mi navío.
¡Oh, Pierrot, la risa de oro
se me ha perdido entre los dientes.

¡Devuélmela tú, poeta,
médico del alma angustiada,
nieve adorable del pasado,
faz de Luna, blanco señor,
oh, Pierrot, mi risa de oro".

Con lo que quiero decir que a veces el mal poeta traduce bien o que el lacayo impresentable resulta deleitoso, tanto como útil, a los que no nos gustaría tenerlo ni de compañero de banco público.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Déjame entrar



Estos últimos años he tenido que explicar a personas poco interesadas por casi nada qué es el romanticismo. Tarea inútil, lo sé. Sin embargo, a veces tenía un oyente despierto. Creo que, en realidad, fui yo quien se lo pasó en grande leyendo esas joyas del pasado y, por supuesto, aprendí bastante más que mis alumnos. Uno de los aspectos que siempre reseñaba es la fijación romántica por las figuras al margen de la sociedad, regidas por su propia moral. El pirata, el bandolero, el amante frustrado, el investigador enloquecido, el rebelde, el suicida, el vampiro...

De todos modos, creía que el género de vampiros en el cine estaba poco menos que agotado tras el decepcionante "Drácula" de Ford Coppola. Los excesos de "Abierto hasta el amanecer", por ejemplo, no me interesaron demasiado. Para qué hablar de la última moñada americana de "Crepúsculo".

Hasta que me vino el rumor de que se había estrenado "Déjame entrar", del sueco T. Alfredson, una historia de vampiros protagonizada por dos niños de 12 años. Fui a verla el fin de semana pasado. Todavía estoy bajo su influjo.

"Déjame entrar" es la historia de amor más bella y tremenda que he visto en muchos años. Sí que hay vampiros, pero no es para nada una película de vampiros. Es más bien una meditación casi lírica sobre la diferencia y la aceptación, la inocencia y el horror, el primer amor y la necesidad de ser acogido por quien sea. Aunque se trate de un niño profundamente infeliz o una alimaña que a veces parece casi humana.

La película destila momentos tan bellos que duelen. Y, sin embargo, es cruel, casi brutal. Y dura unas dos horas, y tiene una banda sonora sensible y poderosa, y es torpe, y tiene golpes de humor, y esconde tanto como muestra...

Por favor, no os la perdáis, hipotéticos lectores. No la dejéis escapar.


P.D.: La adaptación del -mediocre- libro al guión de la película es soberbia. Al prescindir de unos cuantos hilos argumentales la historia se condensa y a la vez gana en complejidad. Se llena de sugerencias que en el libro son explicitadas de modo más bien torpe o redundante. En fin, una de esas ocasiones poco frecuentes en que lo visual supera con creces lo literario.

lunes, 4 de mayo de 2009

Cosas de la mafia




"El 31 de marzo Espido Freire conquistó el premio Llanes de viajes, dotado con 30.000 euros, gracias a un jurado del que formaba parte el novelista Fernando Marías. El 25 de marzo de 2008, Fernando Marías obtuvo el premio Gran Angular, dotado con 100.000 euros, con Freire en el jurado; el 26 de junio de 2007, Espido ganó el premio Ateneo de Sevilla, dotado con 42.000 euros, concedido por un jurado en el que figuraba… Fernando Marías. También han sido miembros de un mismo jurado (Ciudad de Barbastro de Novela Corta) y se han sucedido en otros (el premio de Periodismo sobre el Zapato Femenino Luis G. Berlanga, dotado con 3.000 euros, que ganó ella en 2009 y en 2008 él).Pero no todo es premio: Marías es editor de obras colectivas sobre el maltrato femenino (Península), cuentos de Poe (451 Ediciones) o el acoso escolar (SM), en los que ha participado Freire, mientras ella le ha correspondido invitándole al ciclo “Escritores cara a cara” organizado por la Junta de Castilla y la Mancha. Y es lo que digo siempre: ¡Qué bonita es la amistad!"

(Una entrada del foro http://www.premiosliterarios.com/, sitio bastante serio que recomiendo a todo aquel que quiera estar al tanto de la movida concursera en este país).

Yo quiero añadir que poco después Espido Freire y Fernando Marías, junto con el impresentable ex-director de la Biblioteca Nacional, Luis Alberto de Cuenca, participaron en una tertulia en Alcalá de Henares. Prefiero no describir el atuendo de la Freire ni el de Cuenca, por no parecer prolijo, pero ambos tenían usía.

Por lo demás, el acto resultó entretenido. Sobre todo por Lorenzo Silva, que también estaba ahí y resultó ser el único con el ego medio normal; es decir, que tenía cosas casi interesantes que contar. Los demás ponían la imagen y un desmesurado amor por la misma y sus circunstancias. Había un ambiente de compadreo, que en ningún momento se esforzaron en ocultar, habitual en este tipo de cuadrillas.

Lo malo es que estos mangantes deciden sobre el destino de muchos premios (y mucho dinero y publicaciones que llevan aparejados). No vamos a pretender ya que en un concurso de cierta cuantía se premie la calidad literaria, salvo que por defecto vaya asociada a algún nombre de postín. Lo que sí me gustaría es que disimulasen un poquito más. La cosa pasa de ser un hatajo de sinvergüenzas a que encima se cachondeen de todo el mundo, instituciones y ministerios incluídos.

Por cierto: si en asuntos de sanidad a nadie se le ocurre que el ministerio deje hacer lo que le parezca al primer gañán que decide elaborar salchichones, por decir algo, ¿por qué no interviene Cultura para conducir al término de lo razonable tanto premio subvencionado con el erario público?

jueves, 30 de abril de 2009

Patricio Pron. "El comienzo de la primavera", XXIV Premio Jaén de novela.



Igual la mejor forma de comentar un material ambiguo puede ser transcribir las notas que voy dejando garabateadas en sus páginas. No todas, claro (son legión), aunque quizás las más reveladoras. De este modo, me ahorro expresar mis opiniones sobre (parte de) la narrativa hispanoamericana del momento y la mente capta de bastantes aborígenes literantes que se quedan papando moscas en cuanto las firma la indiada. Ahí van:

"Cierto descuido general en la redacción, con incorrecciones llamativas; resulta pesado y, a ratos, irritante ".

"Hábil de recursos expresivos a los que a veces se ve la tramoya. Tiene el coraje de narrar con convicción contenidos abstractos o meramente especulativos que muy poco pueden interesar al lector medio. A mí, por lo menos, me dejan frío".

"Cada tanto se deja llevar por la verborrea".

"Le sobran tantos alardes de retórica y cierta tendencia a no aclarar de quién se habla en cada momento sin más ni más: no se justifica por motivos estructurales, puesto que otros aspectos los deja el narrador meridianamente claros. Supongo que pretende dar suspenso".

"Me da el pálpito de que esta novela es de las que aparentan ser mejores de lo que son y estar más correctamente escritas. Apabullan al lector (o jurado) con poca altura o experiencia intelectual. Y no afirmo que no valga. Sólo que tiene bastante fachada y poquita sustancia".

"Este exceso de documentación puntillosa hace que los personajes pierdan verosimilitud, sean históricos o no. Parecen marionetas zarandeadas de un sitio a otro por el capricho del narrador. ¿Por qué no se quedan quietos un momento? Si al menos hicieran algo interesante..."

"¿Y ese narrador que sabe todo de todos pero cuando le apetece no toma partido para perpetuar el mínimo misterio de la obra? Falso, falso, falso".

Siguen más, pero las omito para no caer en el ensañamiento. Por otro lado, podrían dar la impresión de que todo es negativo en la novela de marras. Y tiene algunas cosas buenas.

Dicho de otro modo: no niego que de fuera nos pueden dar una y mil y todas las lecciones narrativas. Estoy dispuesto a aprenderlas, como ya he procurado hacer en tiempos con autores de talla inmensa. Ahora bien: no voy a aceptar ni palabra de quien sólo resulta un chavalín aplicado redactando cositas insulsas. Y las muestra con ese embolique algo redicho y esos localismos que a nosotros raramente se nos permiten (verbigracia: "embolique" por "embuste").

En fin, que sería la mejor novela presentada al premio Jaén, no vamos a dudar de la honradez del jurado ni anotar su escoramiento suramericanista. Tampoco me parece mala, por supuesto, pero hay que ver cómo está el cotarro para que lo mejor sea lo único que se salva de la quema. Por los pelos.

martes, 21 de abril de 2009

Coloquios de figuras







Ayer en Alcalá de Henares hubo coloquio, charla, merienda de negros o lo que sea entre estos tres individuos con motivo del Día del Libro. Se trataba de una supuesta "fiesta de la palabra" y asistió bastante público con ganas de divertirse y ver de cerca a las figuras mediáticas.

A David Trueba le acababan de conceder el Premio de la Crítica por su última cosa publicada y de las otras dos starlettes de la literatura, aunque el nivel de seriedad de uno y otra no tienen comparación, qué vamos a contar que no se sepa ya.

Pues bien: no se habló prácticamente nada de literatura, poco -y mal- de cine y mucho de recuerdos masturbatorios y otras pijadas de adolescencia.

Los dos chicos -Villena dixit- estuvieron a ratos entretenidos, casi nunca ingeniosos, si exceptuamos la ironía low profile de Trueba o las parrafadas culturosísimas del vate, que aburrían hasta a su foulard rojo. Y nada interesantes, ocurrentes o sabrosos de anecdotario, que es lo mínimo que se puede pedir a contertulios tan afamados, a falta de cosas de más enjundia.

Especialmente sosa me pareció Carmen Posadas, que llevó su pijerío hasta la más absoluta indigencia intelectual. No logro recordarle una frase digna de ser transcrita. Ni una triste anécdota que animara el decaído cotarro intelestual. Y supongo que cobró como los otros, sólo por sentar su augusta presencia delante del resto de mortales para que la observaran a placer.

En fin, que hacía mucho tiempo que no me aburría tan a conciencia.

¡Jo, qué ganas tengo de ser famosete
para decir mis paridas y que todo el mundo aplauda como si hubiera revelado el secreto de la existencia! No obstante, espero contarlas con un poquito más de gracia. Noblesse oblige.


jueves, 16 de abril de 2009

Proclamas (I)





No, no, no, pacientes lectores. No hay excusas para tanta mediocridad. Me temo que desde los años setenta el campo en que más ha brillado la creación artística de este país ha sido la cocina. Algo por detrás quedan la arquitectura y otros diseños. Desde luego, nada que tenga que ver con las letras, que dormitan un sueño de contemplaciones vacías o se revuelcan en sobras del exterior muy poco y muy mal digeridas.

En las décadas de reducción de cabezas que llevamos sufriendo no recuerdo nada que me haya hecho vibrar de placer, o de dolor, que me haya saltado las lágrimas o me deshiciera a carcajadas. Nada que tuviera la cualidad de arrastrarme por el lodo de los sentimientos o me elevara a las cimas de la sutileza. Nada, en realidad, que consiguiera interesarme un poco. Sólo un poquito, por favor, que estoy hambriento. Nada.

En fin, no tengo ganas de enfangarme en discusiones necias sobre si fulano tiene dos gramos más de talento que mengano, sobre si zutano alberga más dotes para la mercadotecnia agazapada en sus paginitas, sobre si perengano encandila mejor a los jurados de premios literarios, sobre si... Me aburro mortalmente.

Pero quiero lanzar una pregunta, a ver si a alguien se le ocurre responder: ¿por qué nadie se pone manos a la obra para hacer algo que de verdad pueda interesarnos?

Quiero decir: algo serio, honrado, decidido a no esconder el bulto y largar faenas aparentes de brillos falsos sólo para el tendido. Posiblemente salgan muchas cosas mediocres o malas de solemnidad. Me es indiferente. Hasta parecerían mejor que lo que se está vendiendo por ahí, y me refiero a esas cositas envasadas en pulcro celofán que no son, no sienten, no estimulan, no creen en más que su ansiosa vocación por desaparecer cuanto antes y ser reemplazadas por otras igual de vacías.

No veo de qué otro modo va a crearse nada válido. O es que ya no nos atrevemos a equivocarnos en la estrategia y dejar de cobrar las cuatro perras de costumbre, o a perder prebendas y cuotas de poder en el cotarro miserable que nos acoge. ¿Tanto rinde, de verdad, ser líder del corral, si todos nos comemos los codos de hambre?


P.S.: Vaya; parece que hoy sí he lanzado la soflama. Y quedan más, no os creáis.

martes, 14 de abril de 2009

¿Estás tonto?





El caso de Juan Manuel de Prada me parece bastante representativo de cómo van las cosas por la caverna. Creo que mi tirria al personaje va acrecentándose con cada nueva aparición en pantalla.

Aunque es cierto, también he de decirlo, que de vez en cuando me ha divertido, en las últimas ocasiones ya me fatiga lo reaccionario, cutre, meapilas, redicho, fatuo y absurdo que puede llegar a mostrarse. Sin embargo, hay un defecto que hasta ahora no le había achacado: la estupidez.


En su caso, está asociada a esa soberbia intelectual con anteojeras que es como su marca de fábrica. La que le lleva a hacer asociaciones descabaladas, absurdas, sin tener en cuenta nociones elementales de política ni de historia, ni el sentido común -la moral, que diría él- más evidente. Para este individuo todo vale con tal de desacreditar al que no opina de su arcaica manera o simplemente le parece non sancto.

No de su estilo de santidad, ése que apesta a sacristía y a mojigatería ramplona, el que comulga todos los días con ruedas de molino y se santigua al sacársela. Si por él fuera, volveríamos al Index Librorum Prohibitorum, a los autos de fe y al potro para forzar conversiones. Cualquier cosa vale, pues está poseído por la verdad.


¿Pues no dice el otro día que no sé qué chorradas del gobierno socialista son exactamente lo mismo que la "solución final" nazi? Anda, no me jodas, que hace falta tener mucho morro, grandísima ignorancia y ser un poco más que subnormal para sostener esas patochadas. Se miren por donde se miren, porque no es una cuestión de opinar, sino de simple y llanamente decir mentiras como carros.

No puedo evitarlo: los alardes de imbecilidad me fascinan. Aunque también me emboba ver fluir las aguas y observar a las mariposas que se acercan a la llama. Y siguen siendo cosas bastante tontorronas, por mucho que relajen el espíritu.

A pesar de todo, duele ver cómo una persona inteligente y culta puede volverse tan profundamente imbécil por efecto de la ideología. O la doctrina, que es lo que le va a este tipo. Así nos luce el pelo intelectual en este país, queridos.

lunes, 13 de abril de 2009

Cementerio




Ahora que el mundo despierta -estamos sin duda alguna en el més más cruel- tengo la intención de volver a un cementerio que hace tiempo no visito. Y no me refiero al recinto físico donde reposan los despojos de quienes fueron algo y ya apenas se recuerdan.

El cementerio de la mente es más abrupto, crepita de hierbas nacidas en los caminos y junto a las tumbas antiguas, se estremece con el viento de la altura. Allí tiene mi cerebro un queridísimo pajar, una especie de nicho familiar bien espacioso donde sólo es menester abrir un agujero para seguir alojando cadáveres. Después se cierra toscamente, se graba otro nombre en las lápidas que le dan apariencia honorable y hasta dentro de unos años. Puede que el próximo ocupante sea yo mismo. O alguno de mis yoes, qué más da.


Estos días querría visitar el panteón donde se encuentra aquella imagen portentosa, la de los campos de vides que suben las lomas, dispuestas en orden guerrero, como el bronce de los ejércitos refulgiendo al sol en oleadas mientras Marte, indeciso, tremendo, vaga dudoso entre ambos frentes. ¿Dónde reposan esos versos?

También me exigen respeto un par de párrafos muy bien labrados en que el señor se despide de su criado, pidiéndole que no aliente vanidades pasadas ni esperanzas imposibles. Y muere en ese momento porque lo ha elegido así. Transformado en sí mismo.

Por último, en algún nicho debe de estar cierta frase repetida y una sensación triste de vacío en el personaje que se ocupaba de leer cartas muertas y tenía una tapia por horizonte desde su ventana.

El paisaje de la foto soporta una estética nevada. Debería servir de metáfora. Quizá de la situación de la novela en estos tiempos, quizá del barbecho en que se encuentran las potencias creativas. Tengo el pico y el capazo ya prevenidos. ¿Alguien me acompaña?

domingo, 5 de abril de 2009

Se acabó la fiesta, queridos



Tengo grandes esperanzas puestas en esta crisis, eso es bien cierto. También sospecho que pronto me sentiré defraudado y mis altísimas expectativas se irán todas a tomar viento.

Siempre a la caza de símiles apropiados, no he tardado en incorporar a mi imaginario la situación presente como correlato un poco tardío de la caída del bloque comunista. Desde hace tiempo esperaba que un cataclismo de parecidas características sacudiera al capitalismo, aunque sólo fuese por motivos higiénicos.

Dado que cada ocho o diez años tenemos un tembleque de intensidad variable que nos vuelve a los miedos más elementales, éste debería servir al menos para sacar la porquería que todo sistema engendra inevitablemente. ¿No dicen que es tan inusual? Pues vamos todos a picar del banquete.

-No es cierto: yo tengo el recurso a la memoria. Mi adolescencia se adobó en otra crisis, la del petróleo de 1973, y ésa sí que fue cosa seria. Y larga. Y acongojante-.

De todos modos, estoy convencido de que la abulia en que vivimos desde hace décadas en nuestro mundo occidental, y especialmente en este país, necesita de una dosis razonable de hostias para desperezarla.

Crisis quiere decir revulsivo, quiere decir acción, ver las cosas desde otro punto de vista y no aceptar los valores que han quedado desacreditados por su ineficacia como referencias de futuro. Si no se aprovechan las situaciones de bancarrota para adaptar nuestro queridísimo sistema y meter mano a los que nos han abocado a esta sopa boba suicida en que nos venimos rebozando, ¿por qué motivo no se van a repetir dentro de una década?

Pensemos ahora en el mundo literario: ¿vamos a seguir leyendo las cositas descafeinadas y las mierdas preconcebidas para vender por millones? ¿Aceptamos pulpo como animal de compañía y a las figurillas del momento como lo mejor que se puede conseguir? Ahora que, paradójicamente, hay más variedad de publicaciones que nunca, ¿seguimos con Planeta, Alfaguara y sus adláteres o pasamos a otras editoriales que nos ofrezcan algo que tenga que ver con la realidad y los verdaderos intereses de la gente?

Por último: ¿No van a cambiar nunca ni van a poder regularse los cambalaches denigrantes de tantísimos premios literarios? Porque ríanse ustedes del caso Gürtel si echamos un vistazo a los premios organizados por Planeta, Algaida y otros tantos.

Sencillamente, no veo motivos para dejar las cosas como estaban hace unos meses. Ni uno solo.

viernes, 3 de abril de 2009

Algo que se me antoja solvente después del tiempo

... Y no es poca cosa, dado que cada pocos meses procuro no soportarme más de lo estrictamente necesario. Por lo que he deducido que debo de ser malísimo escritor, a la vista de lo rebién que se admiten otros y se admiran, embobados, y se sorben los mocos literarios. En fin, ahí va este jarro frío:


AGUAS

Venid, aguas del día; no hay remedio
al quebrado suspiro de la muerte.
Sabréis lavar el ceño de las horas.

Llegad con paso tenue desde lentas cornisas,
cansadla con dedos de melaza.

La
blanda distracción, el punto horrible
en que embiste la fuerte y todo cesa.

Si algo nace después, que escape
largo al jadeo trastornado,
que no vuele en el círculo de restos,
que no se estanque más.

Vienen las aguas rotas a caer
desde el mismo registro de la espera.

Ya las sopesa el hombre. Se demora,
fracción de su congoja envuelta en ramos,
ahuyenta los temblores y su losa.

Dejad de respirar, aguas dolidas.
Nada os detiene aquí; tantas preguntas
para el légamo pasado y yo sin sombra.



martes, 17 de marzo de 2009

FAC NECESSARIA, NIHIL EXPECTA



Con el apoyo de este lema, no sé si en el mejor latín posible, soporté cuatro años de estupidez entronizada en el poder. Pero poder de verdad, el de escalafón y tentetieso, el de esto se hace así porque soy obtuso y lo celebro, porque puedo y mando.


No resulta fácil reducir el caletre al nivel de los tontos, pero peor es tener que bajar al de los hijoputas resabiados. Doy fe.


Yo, como suele sucederme, estaba en medio. Y había que aguantar. Y aguanté carros y carretas, pero los otros también se llevaron lo suyo, que no soy persona bonancible, de las de poner la otra mejilla. Eso lo dejo a los evangélicos y a su verborrea. Fíese usted de tanto corderito.


Suelo comentar que en ciertas situaciones uno averigua hasta qué punto es canalla y hasta qué punto excelente persona. Me sucedió redactando algún cuento de PARECE SEPTIEMBRE y también en mis dos trabajos anteriores en poblachos de mala muerte. Auténticos descensus ad inferos que preferiría evitar en lo sucesivo.


Por el momento, la tormenta ha pasado y el latinajo me parece irrebatible como programa de vida y de creación. Tiempos llegarán en que vuelva a utilizarlo, como si lo viera. Y seguro que en el ámbito literario funciona igual de bien que en el personal.

HAZ LO QUE DEBAS; NO ESPERES NADA.

Pesadez



Por cierto: ¿todavía hay alguien que no ha reparado en la evidente ironía del título "El mejor autor desconocido"? ¿Se puede ser más bobo? ¿Y más pesadito?


sábado, 14 de marzo de 2009

Poetas serios







No os preocupéis: hoy no voy a pontificar. Pero me parece que ya está bien de aficionados. Si queremos emoción, nivel de escalofrío, autentico zarpazo de sensibilidad, tendremos que leer a los grandes.

Por mi parte, no soporto con demasiada paciencia las melancólicas tontunas que nos quieren hacer creer cosa imprescindible. Son demasiados, reciben demasiados galardones podres y ya ni se esfuerzan por parecer originales.

Por debajo de los 45 sólo conozco una persona que -a veces- me deja boquiabierto: Lorenzo Oliván. Reproduzco una joyita -y no la mejor- de su último libro, "Hilo de nadie":

LEJANÍA DE UN RITMO

No sé nunca quién llama
desde detrás del pulso

Pero levanto
mi ardiente piel expuesta
a todo
sólo sobre su son

Vivo abierto en el aire
sobre la lejanía
de un ritmo que se basta
a sí mismo
a sí mismo

que desemboca en mí
o en el que desemboco

Lato
leve
en su voz


Pero ayer leía a Wallace Stevens -"La roca"- y me encontré con:

UN ANCIANO DORMIDO

Están los dos mundos dormidos, están durmiendo ahora.
Un enmudecimiento los domina en una especie de solemnidad.

El yo y la tierra: tus pensamientos, tus sentimientos,
tus creencias y tus descreencias, toda tu peculiar trama;

la rojez de tus rojizos castaños,
el discurrir del río, el discurrir del amodorrado río R.


Y luego un detalle idiota me recordó al clásico:

¡Ay Floralba! Soñé que te... ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,

cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.

Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,

que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte».

Mas desperté del dulce desconcierto;

y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.

¡Qué le vamos a hacer! La verdad es que me dieron muy poquitas ganas de seguir sufriendo mindundis.

lunes, 9 de marzo de 2009

Personajes




Durante los períodos de latencia siento a los personajes de la novela un poco aturdidos, varados en medio de una acción. Lo mismo les sucedió a Don Quijote y el vizcaíno durante varios capítulos sin que mediara la mínima queja, podría argüirse, pero en mi caso se oponen más. Se sienten más abandonados.

Hay un murmullo inconsciente que los activa "en la parte trasera del cerebro", como suelo indicar de modo bien impreciso. En realidad, no es ahí donde se exaltan, donde esperan con voces mal contenidas. Creo que se trata más bien de una de las periferias de la inteligencia. La que escinde el mundo de lo real y se adentra en la materia pura, la que sólo me importa y en la que soy capaz de existir, aunque de un modo extraño que a veces ni yo reconozco.


De vez en cuando surge una idea inusual, la contradicción apenas intuída que me asedia durante unas horas. Después, el silencio se ha teñido de reproches. Tengo que hacerles caso de nuevo, tengo que dejarles actuar. El viaje no ha acabado, replican. ¿Acaso no te interesa saber lo que hemos hecho mientras dormías?
Sí y no. Estoy interesado, como siempre, pero ahora me da más miedo.

domingo, 8 de marzo de 2009

Amistades

La amistad deja un resto agridulce en la memoria que nos lleva a repetir. Siempre hay una frase truncada a la que desearía ver el rabo. O ese pequeño placer, ese contacto que ratifica el momento y las cuerdas que nos amarran, aunque nunca tan fuertemente como debieran.

Es cosa de temperaturas, cierto, pero no ofende si la sopa llega tibia a los labios. Tampoco si alguna vez nos ha esquilmado el paladar y hace falta tiempo y distancia para volver a saborearla.

Creo que voy a hacer una llamada.

viernes, 6 de marzo de 2009

En la Ribera de Navarra, por supuesto


Letrero en la puerta de una barbería:
"SE AFAITA Y SE REGUVENECE QUE PAECE MENTIRA"