lunes, 31 de mayo de 2010



Leyendo una entrada de un blog ultramarino lo he recordado: hay un personaje de mi primera novela publicada ("No es suficiente", Ópera Prima, Madrid, 2000) que se dedica a observar minuciosamente las nubes. El detalle es autobiográfico, como tantos de aquélla. Yo mismo lo hacía en formación mientras me tenían retenido dentro del C.I.R. de Palma de Mallorca, hace ahora 26 años. Desde entonces no he vuelto por ahí, pero seguro que el paraje está irreconocible. No así el cielo. Espero. 

Entonces no había otra opción para escapar del tedio y la presión psicológica. No sé cuál era más insufrible. Luego descubrí que la tensión, o el miedo, podían lograr una zapa más devastadora.

Me molestaba el sinsentido de las guardias, esas horas timadas al sueño o al sentido común, ese ridículo estar sin hacer, sin ser permitido, sin ser.

En cierto modo, el trabajo en que dormito tiene que ver con esa sujeción tan lejana. Me han hecho creer que es por un motivo. O que debería gustarme mucho. O que es parte consustancial de mi existencia.

No entiendo nada de eso. En todo caso, salgo a la calle, levanto la cabeza y me dispongo a escrutar. Hay tanta calma en lo que no es alcanzable...

martes, 25 de mayo de 2010

Y además Stephano Landi, para los que no lo conozcan

Que redunda en lo dicho anteriormente. Ahora canta Marco Beasley, también con L'Arpeggiata de Christina Pluhar.

Pur ti miro, pur ti godo



Donde se demuestra una vez más que lo antiguo es fuente de disfrute y capaz de activar la imaginación creadora si se contempla con ojos nuevos y nueva sensibilidad. Y, cuanto más antiguo, mejor.

El barroquísimo Monteverdi, tan coñazo en alguno de sus libri madrigalescos, aquí crea afición. Sales de esta experiencia como de algunas tardes grandes en Las Ventas: toreando por la calle de Alcalá.

Y otra vez el señor Jaroussky, esta vez con Nuria Rial y tan exquisito como sobrado de facultades. Si es que nos están viciando...

domingo, 16 de mayo de 2010

Vanitatis



Para ser sincero, creo que hay una motivación imprescindible a la hora de ponerse a escribir. Y no es la misma en todos los casos.

Algunos, los más, lo hacen llevados por la vanidad. Yo, afortunadamente, he conseguido domeñarla hace ya bastantes años. Resultaba enojosa, estéril y muy pesada de llevar a hombros. Y, sobre todo, entorpecía el estilo. No hay más que ver a tantos que crearon cosas interesantes en épocas de dichosa indiferencia y luego fueron incapaces de elevarse un milímetro cuando ya se conocían. Penosa sensación.

En mi caso, no hay duda. Necesito sentirme mal

No me refiero a estar devastado por la frustración ni a haber experimentado una desgracia tremebunda. Ambas situaciones reducen la voluntad de crear a un amasijo borde, inerte. Más bien, hablo de esa sensación de que "algo pica en la punta de los dedos", esa leve insatisfacción porque el mundo está ya organizado a tu alrededor, te la trae floja si de mejor o peor modo, incluso pasas de entender por qué cambia siguiendo pautas que, por otra parte, ya habías previsto...

En fin, que no te gusta lo que ves y deseas recrearlo en tu interior. Hacerlo de otro modo. No necesariamente para mejorar lo que sabes inmutable, pero sí de modo que permita tu presencia y un par de gramos de sentido. O de sinsentido iluminador.

Sin embargo, hay algo más que no puedo identificar y es tan necesario como lo anterior. Porque lo descrito es el mundo de diario. Lo que soportamos de mejor o peor grado. Y no necesito aclarar que no todos los días estamos para pasarlos delante de esta pantalla de ordenador devanándonos la sesera.

Ese otro motivo que me obliga a sentarme en lugar de vivir lo que ya conozco puede que sea el simple aburrimiento, o acaso la intervención de las musas.

O quizá lo que no quiero confesarme.

martes, 4 de mayo de 2010


¿No es divertido ver estos días el vaivén alocado de la bolsa española?

Hoy baja un cinco por ciento debido a un estúpido rumor que ni el cuento de Caperucita. Mañana sorprenderá con escaladas de vértigo por motivos tan peregrinos como el "repunte de las expectativas" o la "vuelta de la confianza". ¿Confianza en qué, si no es más que un casino infame donde sólo se puede ganar apoyándose en la desgracia de otros muchos?

De todos modos, quién tuviera unos millones de euros para apostarlos mañana mismo al -inevitable- caballo ganador...

viernes, 9 de abril de 2010

Y ésta, la de 2010...

En España, claro. En Argentina lleva ya dos años revolviendo las aguas. Y como la chica es guapa, parece lista, muy poco humilde y han hablado tan bien de la novela, qué menos que concederle una oportunidad.

Aquí la publica Alpha Decay. En la contraportada, decía, lleva comentarios elogiosos de lo más granado de la modernidad cool patria. Con saber que hasta Vicente Luis Mora, atento siempre a todo tipo de fruslería espeluznantemente renovadora -con tal que aburra a las marsopas y provenga del otro lado del Atlántico- la ha saludado como lo mejor... Vaya, que ardía en deseos de echarle el ojo.

Y lo he echado. En la versión argentina (Editorial Entropía) y en la de aquí, por si acaso las adaptaciones. Son idénticas, claro, pero las ediciones suramericanas me traen muy buenos recuerdos y así justifico el dispendio absurdo.


Por lo pronto, sorprende que alguien, sea chica mona o bigardo cavernario, se permita el lujo de escribir con la falta de sentido del mensaje que exhibe Pola Caracciolo (así parece que se apellida la moza). Me refiero a que todo acto de comunicación lleva implícito el receptor, pensaba yo. A Pola se la suda.

Con tal de demostrar a cada momento que sabe más que nadie y que es capaz de esconder cualquier pavada tras un flujo de expresiones abstrusas, ella es feliz.

Los lectores no tanto, como podéis imaginar. La cosa, que podría ser un pestiño del doce, a veces tiene su gracia. Lo que sucede es que no comparto mucho su sentido del humor y en bastantes ocasiones tampoco el noventa por ciento de las alusiones y referencias a la realidad argentina que repletan el libro. Un pequeño problema que a nadie le ha impedido disfrutar, por ejemplo, de textos sumerios de hace tres mil y pico años pero sí, al parecer, de las exquisiteces de la Oloixarac. Tonto de mí.




Que está que cruje, nadie lo va a negar, pero hay ciertas turgencias que no lo son tanto trasladadas al papel. Ni a la prosa de su blog (http://www.melpomenemag.blogspot.com/) que tampoco me parece la bomba, precisamente. Y es que eso de escribir textos sólo aptos para los que están al loro de yo qué sé qué modas, tendencias o chorraditas tan perecederas como el periódico de hace una semana... De verdad que resulta una pérdida de tiempo.



(Continuará...)


jueves, 25 de marzo de 2010

Así que ésta es la revelación del 2009...


También me he empeñado en leerla y, como suele suceder en casi todas las novelas, tiene cosas buenas y malas. La gracia está en el cómputo y disposición de unas y otras. Y en el poso que queda a la postre.

Veamos: Fin comienza con la impresión, mantenida a lo largo de muchas y bastante tediosas páginas, de que estamos ante una novela de tipo generacional. Una serie de personajes, antiguos miembros de pandilla adolescente, se juntan en un refugio en mitad de un paraje deshabitado y dirimen a medias asuntos que no tienen más interés que los de cualquier programa de cotilleo. Falta tensión dramática sostenida. Los brotes de revelación se diluyen en conversaciones anodinas y no logran captar el interés.

Los diálogos son algo forzados, tardan bastante en resultar naturales, aunque no les falta agilidad; el narrador parece tomar la posición de un simple acotador teatral. De hecho, al comienzo de cada "escena" hay una suerte de dramatis personae que va encogiéndose progresivamente.

Cuesta diferenciar un personaje de otro: el parlamento de uno podría ser aplicado a cualquiera y no se notaría el cambio. No hay individualización de las voces. Si no fuera por las escasísimas acotaciones, sería imposible enterarse de los entresijos de sus mediocres existencias. 

De pronto, sucede algo que no debo contar, por aquello de que chafaría el misterio, y la historia toma un rumbo al principio desconcertante, aunque cada vez se adivina con más nitidez. Ahora estamos ante una novela de desastre planetario, una fantasía de ciencia ficción (concretamente, relacionada con la inglesa de mitad de siglo XX). Los personajes van desapareciendo. Ellos atribuyen este hecho oscuramente al único amigo de la pandilla que no ha aparecido por el refugio. Muy al final se descubre que no es así. Aunque tampoco se sabe por qué ha desaparecido todo el mundo de golpe y, sin embargo, ellos van dejando la escena muy apropiadamente, de uno en uno.

Que conste que estas páginas, quizás las menos justificadas argumentalmente, son las mejores del volumen. Si bien no levantan el juicio más bien negativo que merece Fin, reconozco que son las únicas que me han interesado.

No las descripciones pasiajísticas, que se empeñan en demorar sin pizca de motivación o interés para el lector una acción acelerada y atractiva. Sin embargo, escenas como las sucedidas en un chalet de la urbanización cercana, en Villallana (creo que así se llama el pueblo fantasma) o en una gasolinera canina están mucho mejor escritas y dan una idea de lo que David Monteagudo puede ofrecer en un futuro. Si afina bastante su pluma, claro.

El final es bueno, pero insuficiente: no puedes "documentar" el mínimo detalle realista de unos lugares, sucesos y personajes para, de pronto, ocultar lo más importante. Hay una falta de coherencia entre los dos miembros del texto, por decirlo en términos lingüísticos, que hacen que la estructura chirríe y se pierda en parte el principio de verosimilitud. Virtud del narrador es hacer que la segunda mitad del libro sea la mejor, todo hay que decirlo.  

En cuanto al uso del narrador, campo de batalla de casi toda la ficción última en español: ¿qué demonios es, aparte de un ventajista? Unas veces toma un punto de vista desapasionado (narrador-cámara, o casi), otras conoce todo lo que sucede e incluso anticipa acontecimientos, otras toma partido por algún personaje... Creo que es tener mucho morro utilizar según interese los registros del teatro, del cine o de la novela realista con narrador a modo de dios omnisciente.
Para ser la revelación del año, según han querido hacernos creer, poco o casi nada. Una primera novela reseñable más por el hecho de serlo (primera, digo) que por otros motivos. Y David Monteagudo está todavía un poquito verde. No es mal escritor, pero debe mejorar en tantos aspectos al menos como virtudes ha mostrado en este primer intento. Se le adivinan buenas maneras, pero hay que esperar, dada su edad, que sea de aprendizaje rápido y progrese a buen paso. De otro modo, estos brotes verdes se agostarán muy pronto.


Lo que me lleva a admiración es lo machacado que anda el gusto de críticos, ciertos lectores y gentes diversas cuando jalean la novedad como si fuera cosa del otro jueves. ¿No hay nada mejor o no saben verlo entre las toneladas de escritores noveles que abarrotan las librerías?

Me temo que Monteagudo no nos va a librar de tantos males. Por lo menos, de momento. Habrá que esperar.

martes, 23 de marzo de 2010

Un regalo algo tontorrón, pero delicado y muy decadente



S'il est vrai, Chloris, que tu m'aimes
(mais j'entend que tu m'aimes bien)
je ne crois pas que les rois mêmes
aient un bonheur pareil au mien.


Que la mort serait importune
de venir changer ma fortune
pour la felicité des cieux.


Tout ce qu'on dit de l'ambroisie
ne touche point ma fantaisie
au prix des grâces de tes yeux.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Ingenuidad



Me daba penita que una novela variada y estimulante como Parece septiembre pasara desapercibida y que tan pocas personas la hubieran leído debido a lo precario, por no decir cutre, de su distribución. Así que la presenté al premio Villa de Madrid (Premio Gómez de la Serna de narrativa) para obras publicadas en Madrid en el 2008.

Esto fue el año pasado, cuando aún veía alguna posibilidad de redención o era un poco menos escéptico sobre estas cosas. De todas formas, lo mío con los premios literarios va para antología de la estupidez.

Pues bien: se falló el premio, no fui el ganador, como era de prever, y hoy me he pasado por la dependencia municipal para recuperar los cinco ejemplares de la novela que había depositado. Y los he recuperado de un sótano fresquísimo y muy organizado que olía demasiado a cañerías.

En perfecto estado. Tan así que, habiendo salido intactos de la editorial, han vuelto a mis manos con señas evidentísimas de no haber sido siquiera hojeados. La edición en rústica tiene la ventaja de que chiva inmediatamente cualquier indiscreción.

"Lo que hay que hacer en adelante", me he dicho tras gran cavilación,"es seguir la estela de los autores buenos que en esta república de las letras son y mandan: public relations, cuadrillita de amiguetes y escalafón hasta alcanzar el Parnaso".

O escribir algún día tan bien como ellos, claro. Pero antes prefiero dedicarme a la cría de caracoles.

lunes, 8 de marzo de 2010

¡Cuidado con la Grosse!

Aquí la tenéis, compuesta en 1826, descartada de su cuarteto de cuerda opus 130 porque los burgueses de la época no podían soportarla. Y es tan tremenda que, como en aquel disco de Bowie, debería llevar la leyenda: "Escúchese al mayor volumen posible".
Ese sonido crudo y brutal pero armonioso, siempre a punto de la disonancia, siempre dentro de la norma que va buscando quebrar...

El video, además, me parece bastante afortunado. Lástima que no esté completa porque es un monumento. Impasible salir de su escucha como si no hubiese pasado nada. Algo tiene que cambiar dentro de uno. Tanta energía, tal delicadeza en las partes tranquilas, tal experimentación -que se me antoja totalmente futurista- partiendo de la mayor fidelidad a su estilo personal...

Y el Leipzig String Quartet me gusta especialmente. A la altura del Juilliard, por lo menos.

Schnittke

Pero también he estado escuchando estas cositas de Schnittke, bastante más convencionales...






Hasta el punto de que se le ha considerado el último continuador de la tradición sinfónica del siglo XIX. Y es cierto que sus referencias a la tradición son constantes. A la Grosse Fuge, cuarteto de cuerda op. 133 de Beethoven y a medio romanticismo, entre otros. Aunque no siempre se las tome tan en serio como podría creerse .

Por algo me siento cercano a este señor. Puede que mi manera de escribir también sea un resto de ciertos pleistocenos verbales. Pero ya me diréis si la intensidad, la pasión y el logro estético, por no decir espiritual, que queda muy cursi, no merecen la excursión a los parques de antes.

O si ya estoy muy p'allá.

domingo, 7 de marzo de 2010

Posturitas




Sólo yo sé lo que me habré aburrido. Pero, sea por tozudez, sea por rectitud o por afán de perfeccionismo, decidí que lo iba a leer entero. Así que dejé el volumen al lado de la cama y cada noche le daba un meneo.

 
Pues bien: ya he terminado la tarea y me permito el lujo de opinar con conocimiento de causa sobre el último intento narrativo de Manuel Vilas.

En primer lugar, hablemos de su prosa: si soy amable, la calificaré de plana. Tampoco es cierto: considerarla plana indicaría falta de interés por atrapar al lector y ya hay otros que pescan desde hace tiempo en esos océanos de tedio. No sé cuál habrá aprendido del otro, pero deberían hacerse la ola cuando coincidieran en uno de esos saraos locales. Son siameses. Aunque con una clara diferencia de horizonte estético y nivel formal, todo hay que reconocerlo. 

Este libro es algo menos malo. Manuel Vilas intenta anular o, dado su gusto por los coches, atropellar al lector con el uso reiterado de tres o cuatro nulidades narrativas. A saber: la enumeración, la yuxtaposición como única posibilidad de expresión de una cierta sentimentalidad, el abarrote de datos inútiles a que debe de ser adicto, pues ni en los pocos momentos que logra remontar el vuelo literario es capaz de ahorrárnoslos, y cierta estética entre irónica y ácida de la que hablaré más adelante. 

De ese modo, a fuerza de desesperar, acaba ganando por puro aburrimiento lo que él mismo plantea como un combate contra el sentido estético y literario del más curtido. Vilas erosiona el cerebro y, en una suerte de síndrome de Estocolmo literario, casi logra que pensemos que eso es escritura capaz. La única moderna, la que debe leerse ahora. Pero no lo es. 

En cuanto al narrador... El yo narrativo de Vilas es de esos que, de entrada, cae bastante gordo. Las posturas a que me refiero en el título aluden a sus mohínes facilones, a esa apariencia crítica pero, en verdad, complaciente con que construye su único personaje que merece la pena: él mismo, transmutado en narrador. (No tengo nada contra Manuel Vilas en la vida real, con quien coincidí en la universidad, aunque sin tratarnos, y de quien tengo referencias como buen compañero de trabajo y persona de enorme sensibilidad social). 



Tampoco me parece mal la primera persona literaria, sea evidente o se disfrace. Pero es un truco que, como todos, hay que saber usar para que no se descorra el telón antes de tiempo y nos deje con la tramoya a la vista.

Alguien a quien quise diría de gente así que "es un malasombra". Pues eso, un desaborío y un malasombra me parece la voz que conduce, o más bien ahoga, al lector en su pesadísimo viaje por personajes más o menos trillados o interesantes, da igual, pero nunca creíbles. 

En realidad, no son personajes sino sombras sobre las que el narrador proyecta su visión de la realidad. Hay quien la ha considerado renovadora. A mí me parece aburrida, estéril, cargante. Ya me desagradó profundamente en "Z". Pensaba que habría evolucionado un poco pero años después sigue en la misma línea. Y da un paso más: más agilidad, más variedad de referencia, más abrumadora carga de hechos inanes. O sea: nada pero mejor presentado.


Otros ya han analizado este libro y celebran no sé qué modernidades a bombo y platillo, pero yo no deseo entrar en los contenidos político, moral o sociológico de las memeces que expone Vilas, por mucho -pretendido- humor con que los arrope. El libro no ha superado la primera barrera de mi apreciación como simple lector y de ahí poco se puede sacar. Si no pretende o no es capaz de elevarse por encima de esa mediocridad estéril -y esterilizante de un modo malsano-, no puede ofrecer nada.

No es que no me haya gustado el libro; es que, como unos cuantos que llevo sufridos en los últimos años, "Aire nuestro" es ejemplo del peor modo en que se está escribiendo en este país y de lo que no debería ser nunca considerado modelo para nadie con una pizca de sensatez literaria. Seguro que ya están imitándolo. Como si lo viera.

sábado, 6 de marzo de 2010

Una muestra de lo que he leído esta mañana en el New Yorker

Y, como buen esnob, me he apresurado a comprar.






Lo peor de todo es que me gusta, tú.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Aviso para imprescindibles




La vuelta al pasado de Daigo (protagonista de Despedidas, una excelente película de Yojiro Takita) se condensa en el encuentro fortuito de una piedra que su padre le dejó como único recuerdo antes de abandonarlo. Una simple piedra de río que, de acuerdo con su textura y color, indicaba el estado de ánimo del donante.

Algo me ha llevado a pensar en quienes fueron personas tan importantes en mi vida y, de repente, desaparecieron sin más. De muchos me quedan piedrecitas de río dispuestas como en el cuento, a modo de reguero de imágenes que sirven para rememorar. Con los años la textura se va uniformando. En general, han perdido su rugosidad, los bordes irritantes, la estridencia de algún tinte forzado.

Agrada encontrarlas en los fondos de los cajones y sentir esa dulzura acre, casi violenta, de recuerdos que no deseaba pero tampoco me hieren como entonces.

Recuerdo todos los días a mi padre. Todos. Entre otras cosas, por la bellísima pedregada de palabras que me ha dejado en herencia. Podría reprocharle un par de cosas que todavía me alcanzan pero, para qué. Tengo su manera de hablar. Cuando cito algún giro que le pertenecía es como si entablásemos una de esas conversaciones adobadas de sentido común que acababan como el rosario de la aurora. Qué poco coincidíamos Julio y yo. Qué pocas cosas compartíamos, pensaba yo entonces. Sin embargo, siempre las poníamos libremente sobre el tapete.

Ahora me gusta ver los guijarros que salen por mi boca y pensar que tenía razón el más antiguo (*). Por eso no fió su posteridad al imposible de la vida eterna ni a las obras admirables, que también perecen, sino al recuerdo oral de su gesta.

Julio, sin siquiera imaginarlo, dejó memoria de su existencia en ésta que repite sus palabras. Algún día también sus mejores gestos acabarán por parecerse.




(*) Gilgamesh, por supuesto. Quién, si no.

viernes, 19 de febrero de 2010

Magdalena Kozená.

 Ella, espléndida sobre el escenario, dorada, rubia, altiva. La orquesta, en el mejor momento de la noche. Una chica joven que parecía violinista del montón apareció de repente con un pífano, se colocó junto a Magdalena y comenzó a descendernos una catarata estremecedora que no parecía terminar.

Todo se nos venía encima sin poder evitarlo. Recordé a los que no estaban en ese momento, los que deberían sentirse apabullados como yo y comentarme en voz muy bajita lo buena que era esa mujer, lo bien que sonaba todo, en qué ocasión nos habíamos reunido otra vez simplemente para disfrutar de la dicha de estar juntos.

Si hay momentos en que el tiempo se detiene, se debe detener y a la vez seguir fluyendo en su progresión lógica, en su marcha irrefrenable, ése fue uno.







En fin, el disco sólo es un reflejo desvaído.

jueves, 11 de febrero de 2010

domingo, 31 de enero de 2010

Curioso


 
Hace algunos días andaba yo por Zaragoza y entré en lo de Pepito con intención de curiosear las toneladas de novedades. Y para recoger encargos y echar una charla, claro. Casualmente, un rato más tarde presentaban un libro de Perec que no conocía. Me invitaron y me quedé, sospechando el pestiño.


Pero no: por una vez en la vida, el acto resultó interesante. Estaban el editor, el traductor y otras -pocas- gentes más o menos allegadas o interesadas. No quienes me temía que monopolizaran el acto. Pero ya se sabe: si algo no entra dentro de su -obtuso- corral no les interesa. Mejor así.

La editorial, segoviana, se llama La Uña Rota y ha hecho la versión española Pablo Moíño Sánchez, de quien tampoco sabía nada. Un chico agradable, verdaderamente culto, bastante joven todavía y con buena pluma, según he constatado leyendo alguna cosa suya en internet. La foto no es reciente pero se parece. Es el primero por la derecha. Por cierto: al fondo parece estar nuestro Luisgé (sic) Martín, un poco extendido. Buen artículo el suyo en El País sobre editores y derechos de autor hace unos días.




Hablando de parecidos, una chica que lo acompañaba resultó ser la viva encarnación de Issa, hija de Sandur... Bueno, para no dar más explicaciones, basta saber que es la sosias casi perfecta de un personaje de la novela que tengo medio atascada desde hace tiempo.

Ya la había visto hace unos años en otra librería en la figura de una chica francesa que pasaba sus dedos con destructora lentitud por la portada de un libro, luego rozaba levemente el brazo de su acompañante y, me fijé con pasmo, tenía los labios casi, casi morados. Parecía flotar sobre las cosas, estar ajena a todo y, sin embargo, nada le sorprendía.

Pero María, porque así me dijo que se llama la bella, tiene más carnalidad. Representa mejor esa cierta impasibilidad no sé si desdeñosa o cauta, si atenta o desprendida de motivaciones que en una memorable escena encandila a todos los que la escuchan casi sin hablar. Con sus pausas y su alienante suavidad. Ahora bien: lo poco que dice es demoledor. Ya veremos cómo resuelvo el embolado. 

Desde ahora, por supuesto, tengo una deuda con la familia Moíño. Por el préstamo imaginario y por la agradable mañana que me hicieron pasar.

viernes, 15 de enero de 2010

Ramírez Arellano, 37



Está cerca de la M30. Muchos días me quedo contemplando su figura elegante, algo embutida entre jardines y bloques de edificios bastante más altos. A pesar de todo, impone. La distancia ayuda a percibirlo.

Al principio me encantó su soltura de líneas rectas, la funcionalidad sin demasiado misterio de esa fachada de cristal enjaulada por vallas horizontales. Me atraían las terminaciones irregulares en los laterales, como si fueran barandillas descompuestas por una aparente imprecisión -muy buscada, desde luego: la arquitectura no deja flecos, no hay tal azar.

Ahora lo contemplo de otro modo. No me desagrada todavía pero se me ha metido en la mollera que ese detalle es mero manierismo e incluso un algo afectado, otra forma de contentar al poderoso que se decide a construir un edificio moderno ma non troppo.

"No nos vayamos a deslizar por la pendiente experimental.Tiene que ser funcional. Y bonito, ¿eh? Sobre todo, vistoso, a la par que elegante".

Otro día hablaremos del concepto de bonito. Y de la elegancia, por qué no.




martes, 22 de diciembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (VIII)



"Nunca sabremos qué pasó con la genética francesa en la segunda mitad del siglo XVII visto que, sin previo aviso, comenzaron a brotar músicos de talento por todo el reino y, especialmente, en los alrededores de París. Sin duda, la corte tuvo mucho que ver en la consolidación de este fenómeno a través de sus múltiples mecenazgos paralelos (...) Cada miembro de la nobleza y de la familia real, y Dios sabe que eran muchos, -hombres y mujeres- habían recibido desde niños clases de clavecín, muchos tocaban la viola de gamba, todos bailaban con más o menos salero y, coronando este pequeño universo, velaba el criterio de Luis XIV".

Este fragmento idílico y sugerente del programa de un concierto de música barroca al que asistí hace unos días -obra de Joseba Berrocal- me da pie para comentar algo sobre mi antigua "teoría del humus". O "del estiércol", que viene a obrar lo mismo.

Yo creo que la genética tiene poco que ver con el florecimiento de tantos buenos artistas en un período determinado; más bien, confiaría en el mecenazgo intensivo de la corte del Rey Sol. Si algo se cultiva con ahínco no dudemos de que acabará brotando por doquier. Pero hay que ser generosos con el riego, abundantes de abono, selectos en las podas e injertos. Imparciales, en fin, en la apreciación de sus frutos una vez expuestos a la luz pública. Y esto es justamente lo que no sucede en este país.

Porque el actual panorama de premios corruptos por sistema, un mercado editorial obtuso y monetarista que los jalea y alimenta, una política de publicaciones absurdas -y totalmente inviables, por exageradas en número y mezquinas en tamaño de tirada-, esas modas intelectuales de quita y pon, esas tendencias im-pres-cin-di-bles con olor a naftalina, ya caducas antes de aparecer en las mesas de novedades y olvidadas sin que las retiren, esta indigencia intelectual que nos envuelve -bien aplaudida desde cualquier instancia del poder, pues de puro anodina es cómoda y manejable- toda la podredumbre habitual no deja muchas dudas sobre lo que esta sociedad desea y espera de la creación. Mierda con purpurina y envuelta en celofán. Comestible y vistosa pero mierda, al fin y al cabo.


Estoy convencido de que cada país tiene los personajes-basura que se merece. Políticos del estilo de Bush o Berlusconi, Blair, Thatcher o Aznar no son casualidad. En un momento determinado los elegimos -aun aquellos que jamás les votaríamos- y responsabilidad nuestra fue en cierta medida lo que esa panda de gañanes llegaron a hacer -y los trato de gañanes, término apenas descriptivo, por no ponerme serio y decir cosas que injurien.


Lo mismo sucede en el arte. Para no perderme en ejemplos -baste recordar la España de los años 40-50 y las musiquillas que se oían por entonces, a ver si tienen relación o no la simpática vaca lechera con la autarquía y las condenas a muerte- me referiré a lo que se hace, publica, premia, lee y comenta actualmente.

Porque es algo manido hablar en tono lastimero de los males de la patria y, en el fondo, estar pensando que no es para tanto y ahí tenemos a Fulano y Mengano, tampoco escriben tan mal, algo saldrá un día de estos que nos redima de tanta bazofia. "Qué asco más rico", como decía alguien.

Pues sí es para tanto y para mucho más. Me preocupa que no haya nada que llevarse a los ojos sin fumigarlo con un "hombre, no está tan mal" o un "si lo comparamos con otros Zutanos..." Eso no es tener una novela decente entre las manos. Eso no es leer.

Pocos hay que escriban bien, con garra y sin errores que harían sonrojar a un bachiller -de los de antes-. Pero los que sí tienen dominio de la técnica en muchas ocasiones me echan para atrás con los temas de su elección. Siempre las mismas cuatro tontunas que se supone que venden o están en boga. O la manera indigna de enfrentarse con lo que nos pongan para escribir este año, como resignados a no crear nunca nada de interés. El tono ínfimo, el repertorio y la consigna han conquistado la literatura del momento. ME-A-BU-RRO. 

Volviendo a Luis XIV, siempre he pensado que una nación preocupada por su vida intelectual debía mantener una política de buen abono, de humus razonable. De modo que surgiera sistemáticamente un caudal de medianías bien preparadas y capaces que permitieran el florecimiento ocasional de algún que otro fenómeno inesperado. Pero hablo de compost nutritivo, no de la inviable fosa de purines en que está convertida la vida literaria de este país. Eso es una puta mierda. Ya lo he dicho.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (VII)




Comienzo la séptima entrada de mis anotaciones sobre el estado y futuro inmediato de la creación con la definición que hace el compositor Helmut Lachenmann de su proceso creativo: 
Lachenmann ha descrito sus composiciones como música concreta instrumental (a partir de la Música Concreta, de Pierre Schaeffer), lo cual implica un lenguaje musical que abarca la totalidad del mundo sonoro hecho accesible mediante técnicas interpretativas no convencionales.

Según el compositor, es música "en la que los eventos sonoros son elegidos y organizados de modo que la forma en que son generados sea tan importante, al menos, como las propias cualidades acústicas resultantes. En consecuencia, dichas cualidades, como el timbre, el volumen, etc., no producen sonidos for their own sake, sino que describen o denotan la situación concreta: escuchando, tú oyes la condiciones bajo las cuales se realiza una acción sonora o de ruido, escuchas qué materiales y energías son puestos en juego y qué resistencia encuentran".

Su música deriva, por lo tanto, en primera instancia de los sonidos más básicos, los cuales, mediante procesos de amplificación, sirven las bases para obras extensas. Sus interpretaciones requieren el concurso de un enorme número de ejecutantes, debido a la plétora de técnicas que Lachenmann ha ideado para los instrumentos de viento, metal y cuerda

Pues esto que he encontrado hace un rato, curioseando en su biografía wiki, ratifica los comentarios del número I de esta serie sobre el "estado del cotarro" (entrada del 4 de noviembre pasado, lo que indica que llevo mes y medio avasallando sin piedad a mis lectores).

No voy a entrar en disquisiciones generales sino en su uso práctico y personal. Y me da que estos criterios, de aplicación casi habitual en las artes plásticas y en la música desde hace décadas, no son de gran utilidad para la literatura, salvo que se adapten enormemente.

Reconozco que no acabo de calibrar los efectos últimos en que modifica esta decisión creativa el estatus de la obra de arte. Se trata, grosso modo, de que un objeto no depende para ser arte de sus "valores estéticos objetivos" (que de objetivos no tienen nada) ni de sus referencias a sí mismo o al resto de objetos artísticos que lo preceden, rodean y suceden, sino de un conjunto de circunstancias que incluyen quién, cómo y dónde crea esta obra (a la vez que dónde se expone o representa, quién la contempla y cómo, etc...) 

Interesantísimo, en efecto. Pero de dudosa adaptación a lo que nos atañe en este blog: la escritura. Sin embargo, hace unos días releía una entrevista de El Mundo a Vicente Luis Mora en que, con ese tonillo de suficiencia que tanto me irrita, venía a repetir lo de que la realidad actual es fragmentaria (y sin jerarquía visible, añado yo) de modo que la literatura que dé cuenta de ella también deberá ser no lineal y multiforme.

Veo dos detalles que me chocan: los hechos de la realidad podrán presentarse aparentemente como faltos de jerarquía y, por ende, de igual valor o relevancia unos que otros. Sin embargo, no creo que hagan falta muchos argumentos para demostrar que lo que dice el ministro tal, el dueño de nuestra empresa o el juez de turno no cuentan lo mismo que lo que decimos los sin rango ni voz pública. Ahora, incluso menos que nunca. A no ser que defendamos que nada de lo que dice nadie cuenta un pimiento. Ahí ya me callo, pero las implicaciones últimas de esta posibilidad son tremendas.

Segundo: ¿ahora resulta que la literatura debe adaptarse a las condiciones del mundo real para describirlo comme il faut? ¿No era estética del siglo XIX y más pasada que el sombrero hongo? ¿O es que sólo la forma debe adaptarse a la apariencia de la realidad circundante y lo que cuente una obra se convertirá automáticamente en novedoso y apropiado al mundo actual por una suerte de ósmosis estética?

En realidad, estoy haciendo de abogado del diablo para sacar algo en claro. Vamos, que no rechazo las actitudes que pretenden integrar diferentes perspectivas, voces, momentos en una misma acción. Pero me da en la nariz que, a la larga, todo viene a quedar en un cierto aggiornamento más bien superficial de las actitudes creativas. Porque si no hay un eje unificador, sea el concepto de autoría, sea la voz narradora (o voces narradoras), sea algún personaje o un cierto tono desengañado, febril o como se quiera, no sé a dónde va a parar ese galimatías de fragmentos dispersos. Qué de nuevo viene a contarnos, en definitiva.



Hace falta un orden, por difuso que parezca, para que el ser humano se haga cargo de lo real. Necesitamos estratificar, organizar. Necesitamos narrar, en definitiva, los innúmeros datos de la experiencia para que alcancen sentido y podamos integrarlos. Ahí radica la importancia del literato: sabe contar lo que otros sólo viven.


La manera de exponer esos datos ha sufrido incontables modificaciones en la última centuria. Ya hablábamos del narrador en H. James, del stream of consciousness en los modernists anglosajones, de John Dos Passos y sus caleidoscopios sociales (en tono hispano menor, Cela), de K. Vonnegut y tantos pasticheros postmodernos, del nouveau roman... Y suma y sigue, porque me dejo unos cuantos. 

Creo que deberíamos aprovechar los hallazgos sobre tantos aspectos en que se puede modificar el trazado y la apariencia del mismo hecho, que es la narración, para conseguir algo valioso. No queda otro remedio si no queremos enfrentarnos al manido folio en blanco con la única perspectiva de hacer variaciones ínfimas sobre lo que ya se varió en su momento. Y no me parece interesante salvo para los habituales de pane lucrando. Que no son pocos, pero nunca han contado lo más mínimo en este negocio absurdo de la literatura.


Ésta es ahora mismo la posición de partida del que aspira a escribir algo interesante, al margen de su talento y valores estéticos (que sí cuentan, por mucho que algunos se empeñen en ningunearlos).
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Como propina, estos enlaces a un famoso cuarteto de cuerda del mismo Lachenmann (Grido, 2001) a ver si nos alcanza la luz respecto a su proceso de generación de sonidos y tal:

http://www.youtube.com/watch?v=5eQiTqVQdHk


http://www.youtube.com/watch?v=QwtBySRj26Y


http://www.youtube.com/watch?v=WzPs6fAAjS8

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (VI)





 Continuando el pestiño anterior, hay aspectos que no pretendo proponer como universales por la sencilla razón de que provienen de mi obrador particular o son creencias arraigadas más por principios que por convencimiento crítico riguroso. Y me temo que forman, como otros, parte indisoluble del quehacer literario. 

Así que desciendo del púlpito para comentar algo ya mencionado, al menos, en el ámbito de la poesía: puede hablarse de todo usando el verso para expresarse, pero no de cualquier modo. Y esta es batalla que llevo librada con todos los que piensan que el uso de mala prosa y ágil espaciador garantizan (¡alehop!) la existencia de poesía. 

En prosa soy menos exigente. Pero los límites deben señalarse de algún modo. Hay que decir: hasta aquí llegó la riada y más allá es otro territorio no estrictamente literario. 

No me parece mal la exhibición de sentimientos personales, aunque tienen que estar expresados de modo que trasciendan la masturbación intelectual y así tener algo que contar a los demás. De otra forma, no hay quien los lea. Piénsese en los diarios de nuestra adolescencia o las odas fervorosas del primer enamoramiento, o el agravio prosificado que aquella gran decepción. Todo, si bien se considera, basura ilegible, por mucho que nos pudiera consolar. Y sólo ahí reside su interés.

Se me puede argüir que de esos temas está llena la buena literatura. Cierto, pero no así.  Hace falta un proceso de depuración, selección y estilización para que los más diversos materiales entren en el mundo de lo artístico. Algunas teorías pretenden poner esta máxima en cuarentena, pero ni el peor de los dirty realists o el más rastrero seguidor de un Bukowski enajenado muestran ese nivel bajo cero de la literatura a que me estoy refiriendo. Al contrario: los originales no son de mi predilección pero siempre resultan interesantes. Y muchas páginas de prosa detestable suben el listón unas décimas, como mínimo

Tampoco puede suponerse que con el deseo de hacer literatura se alcanza ese nivel, por muchas consideraciones y materiales teóricamente literarios que utilice para componer sus engendros. Me viene a la memoria ese vate setentón, harto de ganar premios literarios en toda España. Resulta entre cómico y triste verlo cuestionando por qué no le avisaron de que existía otro premiúnculo más al que podría haberse presentado. No entiende el pobre sino de halagar la fibra sentimental de jurados provincianos y supone que el resto del mundo literario debe ser del mismo modo. Aunque el éxito le avala, no se crean. Va por el millar largo.

Pero dejemos el circo para volver al reducto de lo posible: qué y cómo hacer en este comienzo de milenio. 

Tengo para mi uso particular un margen amplio de posibilidades temáticas. Sobre todo, porque no me apetece limitar mis de por sí escasos registros ni dar explicaciones sobre qué, cómo y por dónde. Bastante tengo con vencer la inestimable pereza de pensar en abstracto, idear argumentos sin verterlos en nada concreto. O la tendencia a repetir fórmulas ya ensayadas, cosa tediosa que no tolero, y así me veo en los más ilustres embolados cada vez que comienzo una novela.

El territorio en que más se disfruta, sin duda, es el de la ociosidad pero las ensoñaciones no resultan en absoluto como uno las imagina. El verbo tiene su arquitectura y seguir los meandros del pensamiento no consiste en doblarse gentilmente sobre sus relieves, sino forzarlos para que den lo que no estaba en ellos en modo alguno. Hay que templar las ideas y darles tres o cuatro docenas de martillazos (entiéndase revisiones) para que se dejen apreciar en una página.

De ahí también que sea tan lento mi proceso de creación. Como poco, hay que echar tres años por novela. Y siempre, siempre, estoy pensando en la siguiente (o en la siguiente de la siguiente) cuando alcanzo ese punto de madurez con la primera que me indica que todo está en orden. Sólo es cosa de redactar.

Como si fuera tan sencillo. Comparativamente, lo es. No deseo a nadie los rompecabezas de cuatro dimensiones en que se convierten obras que en un principio parecían sencillas. Ahí está la diversión. En lo más arduo.

Pero hablaba de un amplio rango de posibilidades. Desarrollaré este aspecto en otro capítulo del presente tormo.  

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Olga Neuwirth en su salsa




¿Por qué no escuchar esto además de lo mismo de siempre jamás? Tampoco es tan novedoso, oigan. Si se compara con algunas cosas de Scelsi...

http://www.youtube.com/watch?v=egv_mCi8uMI

domingo, 29 de noviembre de 2009

Bendita seguridad



Esta astucia cotidiana de evitar preocuparse por las cosas serias, de dilatar las propuestas definitivas y estar referido constantemente al plazo breve, a veces hace quiebra y deja de funcionar.

No sé qué placer recibimos con la venda apretada sobre los ojos y dando traspiés en las muy seguras tinieblas. Aunque, bien considerado, se trata de llevar anteojeras. Mejor entretenernos con el recto proceder, no sea que tomemos la senda equivocada, la que lleva directamente al precipicio.

Quien se mueve no sale en la foto, declaraba ufano el inquisidor de hace años. Seguimos asentados en el mismo modelo. Y con placer.

Al comenzar esta parrafada no sabía con claridad a qué me estaba refiriendo. Sólo tenía la urgencia de dejarla anotada. Antes lo hacía en papelotes diversos que acababan por perderse en carpetas bajo el epígrafe de "varios". Ahora tengo el blog para depositarlos. En todos los sentidos.

Por un lado, la intensa necedad del partido de esta tarde (o noche, no lo sé bien). No me refiero al jueguecito de pelota, cosa más bien infantil, sino a la trascendencia impostada que unos y otros quieren darle y, ante todo, a su presencia insoslayable en los medios de (in)comunicación. El cretinismo se pone en evidencia en ocasiones como ésta.

¿Y qué, me diréis? Si no te gusta, no enciendas la tele ni la radio y ya está. De acuerdo. Eso pienso hacer. Pero, como observador de la realidad, no puedo menos que sentirme decepcionado con la mayoría de mis congéneres. Luego, que cada día soy más misántropo. ¡Si es que van provocando!

Por otro, la calamitosa situación de la literatura en España. No hablo de otros países con la misma lengua (sé que, para mi sorpresa, tengo lectores por toda Hispanoamérica) porque no estoy al día de sus miserias concretas, aunque me imagino algo parecido. No sé si en Méjico o Argentina atan otros perros con longaniza (ojalá así sea). En la antigua metrópoli las cosas difícilmente podrían ir peor. 

Y qué bien posan los bellacos tras haberse auto-otorgado uno de sus premios (la mayoría de ellos, convocados por entidades públicas y pagados con dinero de todos) tras dolorosos, arduos conciliábulos en que el delegado de la empresa editorial encargada de publicar al ganador "propone" al candidato. O en que una pandilla de amiguitos entrelazados de múltiples intereses y favores previos decide a quién toca esta vez. Por lo general, sale elegido el que se necesitaba. En el caso de la editorial, doble beneficio: edición y promoción gratis de un autor de la casa. Y, además, un nombre que suena para prestigiar el premio. Y un amigo agradecido que nos otorgará honores similares en cuanto participe de jurado en otro premio goloso. ¡Que viva la Pepa!

No me estoy refiriendo a uno, ni a dos, ni a tres, que diría el charlista, sino a la inmensa mayoría de los premios de este país con cierta importancia, léase cuantía económica. Y a la política rastrera de las editoriales, desde la A hasta la Z, con casi todo el alfabeto implicado. Basta con ver las mesas de novedades y los fabulosos libros recién premiados por los pilares de nuestra egregia cultura.

Y en poesía es aún más sangrante.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (y V, espero)




¿Y qué hay de las actitudes concretas? Es decir, de la práctica de la escritura. Porque podemos argüir un muestrario de constataciones críticas que nos apoyen, ratificando a todas horas que somos la hostia con sombrero y dar a luz pública textos infumables. Cosa que sucede con frecuencia, por otra parte. 

Me llaman la atención (y mueven a piedad) los empolloncetes de las últimas teorías que, a la postre, no saben colocar dos palabras juntas sin que el respetable se despiporre o bostece como león del Masai Mara. Al sur campa por sus leyes alguno de ellos. ¡Y qué soberbia gasta!


Lo he dicho con respecto a Cervantes: el escritor no necesita saber un ápice de teoría literaria. Sin embargo, ¡guay de quien no la tenga interiorizada y la aplique a rajatabla, bien sea por instinto, bien por cojones! Propongo como ejemplo el manido asunto del narrador.

Y es que después de Henry James ya no se puede saltar a la torera la convención del narrador y el punto de vista. Si el lector recibe informaciones de a saber qué dios omnisciente mutado en escribidor que en todo mete la zarpa, tiene derecho a pensar que de qué. Y a entender justo lo contrario de lo que se le obliga a asumir de manera tan zafia. Como sucede con el nada fiable Cide Hamete Benengeli en el Quijote. Pero ésas son palabras mayores.

La mínima coherencia, decoro e incluso cortesía artística deberían prohibir el uso de la narración como si viviéramos en la época de Galdós. Y, sin embargo, cada vez es más frecuente la regresión a esas actitudes viciadas, aunque no por conciencia, convencimiento o legítima voluntad de transgredir, sino por mera comodidad. O por ignorancia, que todavía es peor.

Si la postmodernidad implica descripciones fatigosísimas, escritas en la escritura más plana que se pueda imaginar y que luego no tienen incidencia relevante en el decurso de la narración, perdónenme ustedes, pero no pienso tragarme una más. He agotado el cupo. Prefiero creer en aquella máxima que dice: "cuando al principio de un cuento aparece un clavo en una viga del techo, al final el protagonista se colgará de ese mismo clavo". Economía, coherencia, eficacia.

Si escribir a la moderna ("escribir moderno", llega a decir algún analfabeto) consiste en la fórmula: sujeto + verbo + objeto directo, repitiendo la cantinela tantas veces como se quiera, yuxtaponiendo retahílas de frases hasta que aparece el tabulador y ¡zas!, corta el párrafo, ya tenemos de sobra en mi terruño. Y me sigue pareciendo la misma mierda de antes, producto de mentes estériles que no tienen ni idea de escribir. Y mira que se esfuerzan, los pobres, pero no hay tu tía.

Si los personajes son estereotipos, si hablan como le da la gana al escritor sin tener en cuenta para nada su educación, época o nivel social, si no tienen fondo, facetas diversas ni conflictos interiores, cualesquiera que éstos sean, lo lamento, pero no se trata de narrativa sino de guiñol. A estas alturas, me temo que las posibilidades del tal están más que exploradas, ya sea en el teatro del absurdo o en el OULIPO, en el sainete o en la ciencia-ficción.  

Y si se trata de incidir en los géneros me temo que nos topamos con la misma materia trilladísima. De ese modo, falta de nervio y capacidad de sorpresa, es harto difícil que la trama detectivesca, la intimista, la histórica o la fantástica den algo más de sí. Como mucho, melancólicas actualizaciones de emergencia para, digamos, inscribir un roman fleuve crepuscular en el ambiente de los repartidores de flyers de la Gran Vía. ¿A alguien le seduce la idea? Pues a ellos, que hay manada. 

(Yo pensaba que se me había acabado el ferrete, pero está visto que no)

domingo, 22 de noviembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (IV)




Una y otra vez volvemos al viejo asunto de qué escribir, sobre qué, con qué criterios e intereses. Cuál es, en fin, el propósito que nos define aun antes de enfrentarnos a la tarea. 

Si vamos a ser honrados, éste es un primer paso que pocos escritores se plantean. A los resultados me remito. Los que lo hacen, aunque no coincidan conmigo en cuanto a planteamientos o rendimiento, siempre merecen respeto y atención. Siempre. De ahí el que a veces me muestre beligerante o incluso impertinente con lo que se publica. Porque estar interesado en algo no quiere decir que guste o sea afín a mis presupuestos estéticos o morales. No hay libro tan malo del que no se puedan extraer provechosas enseñanzas, como dice el clásico. 



Y, hablando de clásicos, una de mis antiguas y menos populares críticas a los escritores actuales es su falta de conocimiento sobre el pasado. El pasado, la tradición, lo clásico... Llámenlo equis.

Vaya: no alcanzo a ver cómo puede construirse el Guggenheim sin haber aprendido los rudimentos de la edificación de palafitos, pongamos como equivalente. ¿Y qué se puede pensar de quien pretende escribir narración actual denostando con arrogancia y publicidad lo escrito antes de 1945, por ejemplo, máxime si proviene de autores españoles?  Acojonante. Pero los hay a patadas. Y publican en editoriales cada vez más importantes (desde el punto de vista comercial, claro).


Me estoy desviando del propósito de esta entrada (que quería la última de la serie, pero parece que no va a ser): qué y cómo escribir a principios del siglo XXI. 


¿Temas? Hemos quedado en que cualquier argumento, situación, asunto o detalle son estrictamente válidos para el arte; más aún, para la novela, que siempre ha sido saco generoso en que echar cualquier material, por indigno que se considerase. De ahí el que gran cantidad de experimentos novísimos en otras ramas del arte hayan sido ensayados hace décadas en narrativa (o siglos: pensemos en Tristam Shandy, de L. Sterne, en pleno siglo XVIII).


¿Modos? Si algo caracteriza al arte contemporáneo (o a la posmodernidad, si se quiere la etiqueta) es la dispersión de tendencias jerárquicamente iguales. Al menos, en teoría.

Lo de la igualdad de una u otra corriente literaria me parece de cajón, al menos hasta el momento en que empiezan a parir sus criaturas. De las teorías más estrictas no han salido necesariamente los mejores textos y tampoco la floración de épocas brillantísimas tiene por qué ir acompañada de otro tipo de bonanza; menos aún, de fidelidad a ortodoxias varias. Tantos manifiestos y declaraciones me recuerdan a los partidos políticos: leídos sus principios fundamentadores, todos parecen la repera. Otra cosa es verlos actuar.


Me acuerdo ahora de Cervantes, que tenía requetebién aprendida la lección del humanismo renacentista y la teoría aristotélica sobre el arte y produjo lo mejor de su producción en cuanto empezó a olvidar la doctrina y dejó que sus personajes discurrieran libremente, adaptando las normas a la vida. Ahí surgió el gran genio.  


Éste es el modo, según lo entiendo yo: no seguir normas anquilosantes, aunque, eso sí, habiéndolas aprendido, masticado y deglutido para que no nos puedan hacer daño. Hay que tratar con el máximo respeto lo heredado, pero dándole somantas de palos en cuanto se pone bravo y nos quiere anular.

No se puede hacer vida normal entre fantasmas que dictan cómo actuar en cada momento. Del mismo modo que obrar al arbitrio de cada uno sin trabas ni carriles lleva a la inanidad o el descarrilamiento. O a descubrir el Mediterráneo cada vez que ensayamos algo novedoso. Como si hubiera tanto por descubrir...

 
¿Queremos ejemplos? Uno de la música, y estoy seguro de que Panamá, lector atento, estará conmigo: una versión, un cover de cualquier clásico, ¿es mejor cuando reproduce miméticamente lo mil veces oído o cuando la personalidad del versioneador transfigura  materiales ajenos y se apropia de ellos? Yo estoy siempre (o casi) por la segunda opción. No por ello hay que recelar de todo standard cantado al viejo estilo ni creer que la creatividad surgirá ex nihilo. Pero conviene prevenir la estaca (metafóricamente hablando).


Otro de la literatura, en negativo: la portentosa abundancia de mierdas encuadernadas que produjo el realismo social o las innúmeras historietas piadosas y morales con ínfulas literarias que florecieron durante el nacional-catolicismo. Se me abren las carnes con sólo recordarlo.

(Me temo que esto no ha acabado, ya me perdonaréis el tostón...)

lunes, 16 de noviembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (III)




A ver si nos aclaramos:

La estrategia de la posmodernidad no me parece mal en absoluto. De hecho, la considero oxigenante y necesaria. Cada cierta cantidad de tiempo, difícil de determinar pero que cuando llega se impone por su propia fuerza, es preciso arramblar con todo y hacer tabula rasa de la tradición, matar al padre para redimir al abuelo, rescatar lo necesario y purgarse de accesorios y tal y cual.

Aceptado. Yo mismo he pecado de tales excesos y no sólo no me arrepiento sino que todavía sigo empeñado en los más de ellos, mal que me pese. Otra cosa es que me hagan el menor caso.


Lo que no acepto de tan buen grado es esa grosería artística, ese exceso de evidencia, ese exhibicionismo que calificaría de impúdico o insultante, depende de cómo se considere.

Porque ¿quién no ha introducido elementos de la cultura popular, al menos si ha vivido y creado en este planeta en los últimos veinte o treinta años? ¿A quién no le ha parecido que debía aniquilar el criterio ramplón del realismo, pero también los excesos culturalistas y experienciales? ¿Quién no se ha sentido decepcionado por la vuelta mimética a lo peor del XIX, al contar (atolondradamente) por el mero contar, al efectismo facilón de tantos que ahora mismo perpetran cuentecillos al por mayor?¿Quién no habla en sus narraciones de política o de cuestiones sociales? ¿Y a quién, finalmente, no se le antoja este momento como el peor de los últimos cincuenta, cien o doscientos años (bisiestos)?

(Desafío al lector medio a que me diga qué le ha llenado de verdad, pero de verdad de la buena, sea en prosa o verso, de la producción desde, pongamos, la 1ª Guerra del Golfo. Y anda, que no ha llovido...)

Pero de ahí a que me digan cómo he de entender una obra de arte, qué debo pensar para que su mensaje rupturista llegue a mis cortas entendederas, de qué modo debo absorber las intenciones del autor... Vaya, exceso de evidencia, falta de finura, grosería en términos artísticos. 

En su teoría parece que prima explicitar la intención, colocarla en un primer orden de importancia en la valoración de la obra. También eliminar o constreñir la libertad del lector (o espectador) de construir un sentido propio, no necesariamente en consonancia con el del autor. No el qué, ni siquiera el cómo se cuenta, sino el para qué. Lo que se me antoja una vuelta al rigorismo vanguardista, o al sectarismo revolucionario de lo más granado del siglo XX.

Yo no estoy por la tarea. Si algo tengo claro es que cualquiera (un lector mío, por ejemplo) puede ser tan listo o mucho más que yo. Por lo que no veo procedente tratarlo de imbécil. Demos, por lo menos, la oportunidad de que adivine la tramoya. No tengo intención de mostrarla a las claras salvo, claro está, que me interese hacerlo por motivos inherentes a la obra. Lo demás es de una soberbia chulesca que se me antoja impresentable. O un dirigismo intelectual propio de las dictaduras. Yo soy un profesional y sólo instruyo cuando me pagan por ello.

Esta repulsa es un sine qua non de mi acción creativa. Por lo mismo, aquellos neones fantasmales en que indican: PIEDAD o sugieren: PIENSA, RECUERDA, etcétera, la verdad que no me los trago. Aún recuerdo una lejana visita al MACBA, en Barcelona (excelente edificio para contener una colección inane, aunque tengo oído que ha mejorado mucho) de donde salí con la sensación de haber sido estafado descaradamente. 


Y tampoco estoy por prescindir de algo tan inherente al hecho literario (y no sólo) como el aspecto estético. Me importa tres pitos el contenido si no va vestido de gran gala. Ya puede ser el colmo de la profundidad y la virulencia, que no pienso aguantar una triste página si no está competentemente escrita. Por ahí no paso. Prefiero al "torpe pero voluntarioso", como decía aquél, que al desdeñoso de la forma por motivos de tendencia.

En cuanto a lo de que cualquiera puede ser artista, no sólo es una proclama sino realidad palpable. No hay más que ver la reacción de cualquier persona recién conocida cuando le comentan que me dedico a escribir. "Ah, a mí también me gusta mucho", replica invariablemente. Luego el repertorio varía: "yo llevaba un diario de jovencita", "me gusta contar lo que me sucede todos los días y tengo un blog divertidísimo; mira, te doy la dirección", "oye, ¿tú no podrías hojear lo que tengo guardado en un cajón desde hace diez años y decirme qué te parece?". Y suma y sigue. Los quince minutos de fama están casi garantizados, doy fe. 

Así que, por lo general, oculto mi condición ante los desconocidos. Por cierto: aún no me consta que ninguno de ellos haya comprado algún libro mío. Ni por curiosidad de saber qué tal lo hace el tipo ese tan engreído que conoció el otro día. Ese que sugirió que no todo vale, por muy verdadero que se sienta. Y que, si todo valiera, no sería de cualquier modo.

Por lo menos, no todo lo escrito es literatura. La cuestión ahora es: ¿por qué un texto es literatura y no mero chascarrillo? ¿Se diferencia en algo uno de los chistes que te cuentan el el bar junto a la oficina de los que introduje en Parece septiembre? Dejo el asunto para los críticos, que de buena gana me censurarán. El hecho es que no deseo ser un especialista en el autor o el tema que ha escogido para su obra. Igual que no quiero saber de mecánica para conducir mi coche.

De todos modos, en este país de tan floja implantación cultural los nuevos credos suelen asumirse acríticamente, con el furor del converso. Y os aseguro que me da muchísima pereza adaptarme a otra vague, secta o tendencia que, además está más pasada que el charlestón.

martes, 10 de noviembre de 2009

Sin más motivo



Sin más motivo. Me apetecía que quedasen en su misma cascada del verano ya pasado, igual que entonces recelosas de nuestra presencia y a punto de proseguir los juegos aéreos que nos llamaron la atención.

Si no fueran tremendos depredadores parecería demasiada intensidad, habría tanta belleza condensada que no podría ser real. Afortunadamente, la naturaleza es sabia y redime el pasmo con gotitas de maldad.

Ahora no he hecho una caminata por los prados ni estoy tan fatigado. Pero me siguen sujetando la respiración cuando las contemplo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (II)




Siempre he intuido que cualquier propuesta renovadora debe partir de la herencia apabullante de al menos cuatro siglos de portentosa creatividad en narrativa y culebrear entre los prodigios de esa cueva del tesoro.

Rapiñemos las riquezas, usémoslas sin pudor en nuestro provecho, alteremos, rompamos y mezclemos cuanto nos plazca o tantas maravillas acabarán aplastándonos como a los enanitos que indudablemente somos.

También podemos (¿o debemos?) hacer lo mismo con los elementos de la realidad y de la cultura en que estamos inmersos. Desgarremos sus miembros y asemos los más jugosos en la fogata de nuestra creación. (¡Si es que me pongo estupendo!)

No creo que pueda haber nada "puro" en términos de creatividad. Ni en los otros. Puro era el comunismo, los nazis se explayaron en su búsqueda de la pureza, Pol Pot tenía en mente una radical purificación de Camboya cuando campó a sus anchas. Ya conocemos los resultados de tanta elevación a lo absoluto.

Hay que aceptar nuestro mundo como es: bastardo, mezclado, insensible, absurdo. Pero, a la vez, sorprendente, contradictorio, lleno de riquezas de toda índole que nos permiten elevarnos sobre el pretil de la tradición y crear coherentemente. Ahí está la juntura, el punto en que apoyar la palanca para que ceda el momento actual, tan obtuso.

Si nos quedamos en la superficie de las cosas no hay sino maniobras para conseguir un puesto cómodo y sestear con apariencia de estar muy ocupados. Todo es asumible en literatura, pero no de cualquier modo. La utilización de gran cantidad de figuras retóricas no hace buena literatura per se.

Lo mismo digo de la introducción de elementos diversos en una obra narrativa, por ejemplo. Al margen del proceso de selección que supone (y de estilización de los mismos, por supuesto) puede lograr una mayor implicación en la realidad, un cuestionamiento de actitudes, lo que se quiera. Todo es válido y lo ha sido siempre en el saco diverso de la novela. Pero no es válido de cualquier modo. Por más que se empeñe el converso a la nueva fe, hay obras buenas y malas, no obras adecuadas a tales planteamientos y otras que no lo son. La fidelidad a un programa no da garantías de calidad. Afortunadamente.

Jugando a copiar las, en ocasiones, aburridísimas tácticas de los posmodernos de allende los mares podremos lograr cosas resultonas, no digo que no. Alguien incluso se sentirá epatado. La cuestión es qué hacer una vez experimentadas tales "novedades" y con cuáles de esas técnicas nos quedamos. Porque no es cosa de seguir con el jueguecito transgresor toda la vida. ¿O sí?

Pienso que toda obra literaria tiene el cometido de aportar un sentido al mundo. O de tratar de cuestionarlo para que a partir de ahí se pueda reconstruir. Pero, indudablemente, ha de hacerse con los medios propios de la creación. Fabulando. Creando personajes, acciones, vida.


Hay que empezar a construir un tinglado que se aleje de los excesos anteriores, pero no para caer embobados en brazos de otras ortodoxias sino porque el momento exige una interpretación nueva. Es inevitable que así sea. La vuelta al siglo XIX o a hace treinta años, si se realiza de modo acrítico y, sobre todo, sin una fuerte dosis de distancia irónica, no me parece más que dar otra vuelta a la noria. Rutina sobre rutina.



(No se vayan todavía: aún hay más)

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Opiniones concretas sobre el cotarro (I)




La lectura de Greenberg y Danto, dos teóricos de la crítica (del arte) sobradamente conocidos, así como la historia de Nocilla Lab, de A. Fdez. Mallo, me ha llevado a plantear algunas consideraciones sobre la posición actual de la literatura; concretamente, de la novela.

.- Desde el punto de vista de un creador actual, el problema con el arte "puro" (esto es: sólo válido, cognoscible y apreciable por sus propios términos y en virtud de los recursos "internos" propios del arte de las vanguardias, pongamos por caso) es que ha de ser valorado y comprendido hasta cierto punto por personas de toda índole: sus lectores.
Muchas no estarán familiarizadas con ese lenguaje auto-referencial. Y, aunque así fuera, los criterios de validez estética y de excelencia o calidad (el "canon", en definitiva) no pueden crearse ex nihilo, de la noche a la mañana y de modo apresurado.

Sé que cada autor (o incluso cada obra) crean su propio público afín y que hay que obligar a la gente para que aprecie lo que no es habitual. Dudo, sin embargo, que un salto radical tenga la menor posibilidad de triunfar o perdurar a medio plazo como propuesta estética asumible.

Incluso si la propuesta Nocilla fuera novedosa (que no lo es) habría dificultades. Pero después de un siglo de experimentación en todos los sentidos y en todos los géneros literarios no creo que ahora estos señores nos vayan a abrir los ojos ante ninguna realidad desconocida.

La novela lleva siglos funcionando con citerios bastante establecidos (y tradicionales). No es posible a estas alturas repetir sin más los experimentos de las vanguardias. Han pasado a ser ya parte de la tradición y deben ser conocidos y asumidos, pero igual que no se puede repetir la prosa del Quijote (qué más quisiéramos) tampoco la de J. Joyce. Ni sus condicionantes sociales o ideológicos. Ni su intención estética (véase "Pierre Menard, autor del Quijote", de J. L. Borges).

De ahí lo caducos y estériles (y arrogantes, aunque no exentos de curioso interés) que me parecen estos ensayos para renovar la narrativa del mismo modo que se intentó y logró (parcialmente) a lo largo de todo el siglo XX.

(Continuará)