viernes, 21 de marzo de 2014

"Huellas judías y leonesas en el Quijote", de Santiago Trancón.




Con los ensayos literarios me pasa como con las fotografías con luz lateral o filtros intensos: a veces, tardas en reconocer el objeto fotografiado. Tanto de nuevo se descubre observando la imagen como aspectos conocidos desaparecen por más que nos empeñemos en reconstruirla. 

Acabo de leer el notable estudio de Santiago Trancón (1) y, aparte de su amenísima lectura, las aportaciones siempre interesantes y una lúcida visión de la obra cervantina (fruto, sin duda, de años de lecturas apasionadas y de estudio minucioso) quedo con la sensación de que he sido secuestrado. 

La afirmación no es demérito ninguno para Trancón, cuyo libro, insisto, está plagado de revelaciones y es una de esas obras tras cuya lectura no percibes la realidad del mismo modo.   


Quizás por esa circunstancia, el ser tan eficaz, el tener tanta capacidad de argumentación y convicción, "Huellas judías y leonesas" deja la certidumbre de que hay más, mucho más, aparte de lo expresado en sus trescientas y bastantes páginas. 

Esto es así, en primer lugar, porque el Quijote se me antoja un libro inagotable, a pesar de la montaña de erudiciones que soporta desde hace siglos. Y también porque cualquier sesgo, cualquier visión parcial, no reduce su significación. El libro lo desborda, crece con cada intento de exprimir un aspecto de tanta máquina de abundancias, deja en la mente esa insatisfacción a que me refiero.


Por otra parte, el meollo del libro, es decir, la aducida pertenencia de Cervantes a la zona del norte de León y su supuesta adscripción al grupo de judeoconversos de segunda o tercera generación, desvela múltiples aspectos de la personalidad de sus personajes,a veces tan desconcertante, y de la estructura y sentido de la mejor novela de todos los tiempos. 

De modo que la lectura, como indicaba, se hace apasionante. A cada escena se descubren consecuencias inesperadas que obligan a repensar lo ya leído en infinidad de ocasiones, esta vez sin las anteojeras de la plétora de comentaristas, ilustradores y divulgadores de tópicos a que estamos acostumbrados. 

Y es que comprender las alusiones, referencias, implicaciones subrepticias y demás sutilezas del Quijote no es tarea fácil, cuatrocientos años después. Se necesita de visiones tan lúcidas como la de S. Trancón para deshacerse de la pátina de tanto homenaje interesado y tanta visión sacada del quicio del texto original. Que es lo único que cuenta, realmente. 

En definitiva, este ensayo de mi compañero y amigo Santiago es tan recomendable como su efecto inmediato: el deseo de releer el Quijote en cuanto acabe con dos o tres volúmenes muy tochos que tengo entre manos y de los que daré cuenta en su momento. 
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(1) "Huellas judías y leonesas en el Quijote. Redescubrir a  Cervantes", Ed. Punto Rojo. Sevilla, 2014.

martes, 11 de marzo de 2014

Jeff Beck y Tal Wilkenfeld, a ver quién da más.

A ver: no traigo a Jeff Beck a este blog porque sea uno de los más finos guitarristas de rock de todos los tiempos, sino porque esta pieza, en comandita con la australiana Tal Wilkenfeld, me parece un ejemplo de este tipo de música a caballo entre jazz y rock que no es precisamente mi preferida pero exhibe tal categoría, tal conjunción de maestría y buen gusto que me da igual. Beck está soberbio, pero es que el solo de la bajista es de lo mejor que he escuchado en tiempos. 



¿O no?

sábado, 8 de marzo de 2014

Cierto dolor.





Decididamente, ahora que nos ha dejado Leopoldo Mª Panero, siento que hay momentos perdidos para los restos y otros que, sin embargo, vuelven sin desearlo. Cómo no:

"Te enseño en mi mano 
los sauces que no he visto".

Versos que siempre me recuerdan al no menos rotundo T.S. Eliot: 

"I'll show you fear in a handful of dust", y que traducido no tiene ni la mitad de fuerza: "Te mostraré el miedo en un puñado de polvo". Ni su sonoridad, ni nada. Intraductible en esencia que es la poesía, siempre lo he sostenido. 

Pero hoy quería hablar del dolor y su correlato necesario, el placer. No me refiero, por supuesto, a la insustancial práctica sadomasoquista, que se les antoja a los sensitivos un mal tebeo. Ni digo que yo sea tal más que a pedazos, en días sueltos, cuando viene el spleen

Más bien, digo del sentimiento que atrapa y remuerde lo más íntimo. Puede acallarse con facilidad, nada tan sencillo como volver a leer de nuevo, pero es más placentero adentrarse en él y dejar que nos envuelva sin tapujos. Gozoso abandono, sabor de hurgar en el desgarro. No es necesario que nada venga de fuera a ahondar el momento. Por más que nadie se percate, estoy hundido en la voluptuosidad hasta el punto de que nadie me puede tocar ahora, nada accede al corazón de mi universo. 

Casi adolescente como puede parecer, esta sensación tiene el potencial de arrasar con todo lo visible, devora mundos más potentes. Lo imprescindible es dejarse llevar. 

Ya lo decía Hendrix: 

"There are many here among us
who feel that life is but a joke
but you and I, we've been through that
and this is not our fate,
so let us not talk falsely now, 
the hour is getting late".


domingo, 23 de febrero de 2014

"Los que duermen", de Juan Gómez Bárcena.





Este libro de cuentos con portada tan de sci-fi de toda la vida, publicado hace un año en Ed. Salto de Página, ha sido reconocido como uno de los más interesantes. Yo lo conseguí directamente de la editorial, pues se me había escapado en las mesas de novedades, suponiendo que esuviese en algún momento de 2013. De todo modos, le he pedido a Pepito (Librería Antígona, Zaragoza) que me consiga cuanto ha publicado el mocé.

Porque, cuando menos, hay que decir que Gómez Bárcena tiene una pluma excelente, buenas lecturas y capacidad (y madurez) para integrarlas de modo que sólo en ocasiones se le va de las manos. Pero que en las más resulta de una efectividad sorprendente, dados los materiales algo consabidos que maneja. 

Se ha hablado de sus cuentos como de "género fantástico". Es como decir que los de Borges, cuya influencia aparece por todas partes, son fantasías librescas: no define nada. Porque es cierto que los quince textos de G. Bárcena están basados en reconstrucciones fictivas de un pasado inexistente, con rasgos que en buena medida dejan ver tantas influencias como para dar a veces una poderosa sensación de "déjà vu". Pero lo que hay en este volumen es muy personal, además de estar deliciosamente bien escrito. 

Sólo le achacaría yo, por poner peros a un volumen que me ha resultado estimulante y bien definido, esa querencia, excesiva a mi modo de ver, por la circularidad de los argumentos, por querer cerrar las historias aun en cuentos posteriores, que se ven sorprendentemente ligados a su antecesor. Creo que le dan algo de artificiosidad al resultado y, de verdad que no lo necesitaba. Ya era bien expresivo y contundente sin este recurso. 



En fin, cuestión de elecciones narrativas y de gusto personal del autor. De todos modos, he disfrutado con la (breve) lectura de "Los que duermen" y, lo mejor, me ha dejado esperando más cosas de este nuevo cuentista. 

Reivindicación del verbo.




La tendencia elemental de cada cual es reducir al mínimo la exposición al azar. Más, en estos tiempos delicados que sufrimos. Pero el viento nos golpea de improviso, nos guste o no. 

Hay versiones infinitas de esta misma evidencia en cualquier tradición literaria. A veces, la búsqueda del golpetazo es voluntaria, pero más como terapia para otra violencia cotidiana, la carcoma del tedio o el sinsentido diminuto de nuestras existencias sin ventanas abiertas, antes que como búsqueda de una verdadera liberación. 

Los modestos, vagos, medrosos o débiles de voluntad preferimos la fantasía. Los más abiertos al mundo se despeñan en aventuras que, en definitiva, sólo valdrán si el débil las recoge. El replicante interpretado por Rutger Hauer en "Blade Runner" declama, poco antes de apagarse, las maravillas que ha contemplado, el absurdo brutal de una existencia que en sí no tiene más valor que las famosas "lágrimas en la lluvia". 


Porque alguien debía saberlo, contarlo, revivirlo eternamente por medio de la palabra. Alguien debía contentar esa existencia vicaria del narrador, a veces tan intensa que también asusta, pero que siempre mantiene a distancia el fuego candente de lo real. 

Única manera de manejarlo para que otros puedan servirse de él y entender lo que nos acongoja. 

jueves, 20 de febrero de 2014

Leer.




Ciertos detalles nos obligan a revisar la línea de unas acciones que, si nos remontamos al pasado más lejano, apenas se adivinan ya.

El otro día, el blog de Marta Sanuy "La mujer sin atributos", que está enlazado a la derecha de estas líneas, me recordaba (reivindicándola con cariño) la biblioteca de Julio Milagro, inicio que fue de todo para mí. Pocos recuerdos de infancia me son más queridos. Mi padre y los libros que calladamente me invitaba a explorar.

Ahora comprendo que esa era la mejor manera, y por muchos años única, de sondear en tiempos anteriores a mi nacimiento y en la sombra de una presencia materna que todavía no adivinaba.

Creo que en el verano de mis 11 años (o 10, no estoy seguro) leí por primera vez los tres tomos de "Las 1001 Noches" en la edición de Aguilar, la traducida por Cansinos-Assens. De aquellas tardes inagotables recuerdo la sensación de estar habitando un mundo fantástico casi palpable, casi olfateable. Aún ahora, con solo abrir la misma edición, el perfume delicado y áspero del papel envejecido me lanza otra vez a esos momentos y puedo oír los sonidos de la plaza del Castillo, en Marcilla, los escasos coches que pasaban bajo la ventana de mi habitación, las campanadas de la iglesia y el revuelo histérico de los vencejos en el atardecer.

Hoy mismo, casualmente, acabo de recomendar esa maravilla a una chica de apenas quince años, llamada Laura, muy aficionada a la lectura y, como no, dando sus primeros pasos en la escritura. Creo que es el mejor momento para introducirla en un lujo sensorial que, si lo acepta, nunca la abandonará.

De un modo absurdo, tengo la sensación de estar corrompiendo a la chica. Pero un día u otro iba a suceder, así que mejor con goce y con la misma herramienta que me libró del tedio pueblerino en mi preadolescencia.

Puesto que no es cosa baladí agenciarse los tres ladrillos y soy irreductible en lo de leer esa joya deliciosa en "mi" edición, precisamente, y no en otra, que las hay buenas y rebuenas, pero no, pues me veo prestándoselos en cuanto pasen los exámenes.

Quién pudiera leer esto por primera vez:

"...En los tiempos remotos y en los siglos antiquísimos hubo un rey de los reyes de Beni-Sasán que reinó en las islas de Al-Hind y de Az-Zin y era señor de ejércitos y huestes y tenía muchedumbre de guardias y servidores y visires y emires. Y al morir dejó dos hijos en la flor de la edad; de ellos, uno el mayor y otro el menor, y ambos buenos caballeros y bravos y esforzados, salvo que el mayor lo era más que el menor..."


miércoles, 5 de febrero de 2014

"Brañaganda", de David Moneagudo.



Encontré "Brañaganda" en un rimero de libros y resultó que, a pesar de llevar un tiempo en mi biblioteca, aún no lo había leído. Y dio la casualidad de que poco antes me había tragado en un par de sesiones "Lobisón", de Ginés Sánchez. Aparentemente, el tema de ambos podría ser el mismo. Nada que ver. En el caso de Ginés, la novela, bastante decente, iba de tremendismo rural, casi toda construida desde el punto de vista de un chico deficiente que condicionaba la organización de los datos y los distorsionaba (en parte, porque me pareció que no estaba del todo bien resuelta).

En el caso de Monteagudo, me encontré con una narración extremadamente clásica, en la que el narrador es un adolescente como otro cualquiera que recuerda los hechos de los que fue testigo o le contaron que habían sucedido en una aldea gallega cuarenta años atrás.

Digo que la narración tiene una estructura clásica porque a veces me daba la sensación de estar leyendo prosa de finales del siglo XIX. Algo como una bildungsroman o, más bien, novela de inciación en la vida adulta. El narrador se demora en mil detalles y no deja al lector de la mano en ningún momento. No obstante, lo que parecía que iba a ser un ladrillo poco digestivo se convierte, dado el innegable oficio que tiene David Monteagudo, en una narración entretenida, a ratos trepidante, llena de color y amor por los paisajes, que describe con finura y gran detalle.

Igualmente, el tratamiento de los personajes principales es detallado y preciso. Tienen enjundia tanto los padres del narrador como su hermano menor. También Cándida, su antigua compañera de juegos, que madura demasiado deprisa, así como doña Isabel, mujer de carácter recio, jefa del padre. Éste es una figura central que, además de resultar en buena medida enigmático para el narrador y de convertirse en el bastión de la racionalidad  la cultura en un mundo atrasado, tendrá un encuentro más bien inverosímil con el lobishome que asola la aldea.

Por otra parte, creo que Monteagudo ha dejado escapar la figura del lobishome sin sacarle el suficiente partido. No se entiende el motivo de sus matanzas a la luz de ese último encuentro. Ni se justifican como una posible represalia por hechos acaecidos en la no tan lejana Guerra Civil, ni por un sentido moral que busque castigar la sordidez de una zona rural que, por otra parte, apenas se entrevé salvo en un par de ocasiones. Tras ello, el adolescente-adulto narrador nos cuenta que la bestia desaparece para siempre. ¿Hay que suponer por eso que es la misma persona que también deja el valle al final de la narración? Si es así, ¿qué buscaba atacando a esa personas? Si no, ¿por qué no aclarar de quién o qué se trataba? ¿Cómo se justifica su clemente actuación final?



Todo va más o menos bien hasta el mismo final en que, tramposamente, Monteagudo deja la conclusión en manos del lector y escamotea su último paso. Cosa que con otros antecedentes, en otra estructura más abierta, no me habría parecido mal en absoluto, pero que no encaja con la minuciosidad de razones expuesta a lo largo de las 280 páginas anteriores.

Hay un aire de decepción en el final de esta notable novela. No me ha parecido coherente, si bien resulta más lúcido que el resto de la narración. Parece que se deshiciera del juguete porque ya le ha cansado y no desea dar más explicaciones. O porque hay algo que no acaba de cuadrar. No sé. Puede que no lo haya leído con la debida atención. O que por un momento se haya internado en unas sutilezas a las que no me había acostumbrado.

En cualquier caso, "Brañaganda" es una lectura recomendable que se remonta muy por encima de sus consabidos cimientos y se lee con interés.

sábado, 25 de enero de 2014

Vivimos en un circo. En un puto circo.




1.- El tontolaba de Floriano, que se supera con cada declaración, asegurando que en España los que más pagan son los que más tienen (1). 

2.- El Ministro de Interior, invocando a Santa Teresa de Jesús para que abogue por nuestra patria y la ayude a salir de la crisis. Dice el mentecato: "Estoy seguro que el esfuerzo que ella desde arriba, que manda mucho, hara será un éxito"Tal cual lo leen (2). Y este señor es uno de los que ¿dirigen? España. 




3.- Una propuesta, que ahora mismo no sé en qué paso está del proceso para hacerse normativa, intenta que en los parques nacionales se permita la "caza selectiva". Y se quedan tan anchos, dejando que los amiguetes del señor marqués, o el banquero de pro, o el jeque de los petrodólares abatan la caza mayor que se les antoje dentro de zonas reservadas para mantener la vida salvaje fuera de toda intromisión. Y habrá que cerrar esos espacios a la visita del común de los mortales, por supuesto. No les vayamos a estropear el rececho. 

Ante esta nueva batería de imbecilidades, o salvajadas, o espectáculos circenses, no digo cómo estaba yo al punto de la mañana. Ni la de veces que he repetido: "Hay que echarlos a patadas, y cuanto antes, o nos destrozan lo poco que queda decente en este país".


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(1) Será porque las empresas, por ejemplo, cotizan a razón del 5%, entre exenciones y demás. Suponiendo que no lo escaqueen, cosa que suele suceder. 
(2) Crisis de la que su gobierno parece incapaz de sacarla, dada esa inamovible fe de tinte posguerrista. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Cuatro impresiones sobre "La mala luz", de Carlos Castán.




Estaba acostumbrado a los espléndidos cuentos de Carlos Castán (mejores, a mi juicio, los de "Frío de vivir" que los de los muy recomendables "Museo de la soledad" y "Sólo de lo perdido", pero sobre eso hay opiniones) y he de decir que ésta su primera novela no me ha sorprendido. O ha sido una gran novedad, depende de cómo se considere. Porque quién se esperaba hasta doscientas y pocas páginas de letra generosa con los présbitas sin apenas argumento ni otra tensión narrativa que la encomendada al que siempre es su punto fuerte: el lenguaje. Quiero decir, su uso intenso, abrasivo y muy personal del lenguaje.

La historia del narrador, que indaga en su propia peripecia personal con motivo de la muerte violenta de su amigo Jacobo, recién jubilado, no tiene apenas anécdota. Salvo hasta el final del libro, que a mi juicio es la parte más estimulante. Tampoco puedo asegurar que se trate de la mejor porque, lo abras donde lo abras, "La mala luz" muestra un flujo introspectivo de alta calidad literaria al que no le preocupa demasiado la precisión narrativa y sí los cambiantes motivos del recuerdo.

La prosa de Carlos posee un curioso efecto hipnótico, te embalsama en sus ensoñaciones para que no puedas salir de esa red malsana y evocadora. A veces creo que va a perder interés y, como si me leyese el pensamiento, se recupera de inmediato y consigue atraparme de nuevo. He salido de "La mala luz" como quien sale de una jaula de leones: acalorado, algo espantado, perplejo, feliz.

La trayectoria de unos personajes que parecen abocados a la destrucción, sea por méritos propios o por mano ajena, en ningún caso nos rechaza, no hay distancia ni frialdad en la descripción de tantas desventuras emocionales. Las vueltas constantes sobre la herida emocional que envenena al narrador parece que hurgan en el abandono con la misma delectación que si saborease un plato vital delicioso. A veces parece que vagabundea por su mundo en busca de recuerdos que le hagan sentirse peor. Se supone que para hallar en su historia las causas de la desolación presente, pero uno intuye que, encuentre una u otra cosa, el final va a ser el mismo.

No lo descubro, por supuesto, pues espero que algún lector de este blog que todavía no conozca a Carlos Castán decida adentrarse en las páginas casi ponzoñosas de "La mala luz". Es uno de esos pocos libros que no te dejan permanecer igual que antes de leerlos. Y la experiencia, doy fe,
merece la pena.


miércoles, 15 de enero de 2014

Philippe Jaroussky, porque no está el día para amargarse.







¡Qué barbaridad de hombre! 

Suspende de su voz con la misma ductilidad y tensión apacible que si estuviésemos observando a un volatinero mientras se juega la vida en la cuerda floja. Con la ligereza de lo evidente, de lo que no puede ser de otro modo. 

Hay peligro en dejarse embaucar por las evoluciones de su garganta. Podría ser que nos olvidáramos de respirar durante demasiado tiempo. Otros mejores han caído. 


P.D.: Hace unas semanas tuve ocasión de oírlo en Madrid, interpretando precisamente esta obra, entre otras, y fue lo que cuenta la entrada del vídeo: un orgasmo musical. Huelga decir lo que gustó al público, entregado desde el primer momento, y lo que lo vitoreamos. Está en otro nivel, sin duda alguna. 

domingo, 12 de enero de 2014

Merleau-Ponty inducido y gozoso





Luis Álvarez me ha sugerido indirectamente en facebook la relectura de "El ojo y el espíritu", de Merleau-Ponty. Y creo que a cualquiera le puede resultar tan sugerente como a mí el comienzo del libro, que fue lo que me enganchó definitivamente a sus (a veces) altamente confusas, pero siempre interesantes reflexiones: 

"La ciencia manipula las cosas y renuncia 
a habitarlas. Saca de ellas sus modelos inter­-
nos, y operando con esos índices o variables 
las transformaciones que su definición le per-­
mite, no se confronta sino de tarde en tarde 
con el mundo actual. Ella es, siempre ha sido, 
ese pensamiento admirablemente activo, in­-
genioso, desenvuelto, ese prejuicio de tratar 
a todo ser como “objeto en general”, es de-­
cir, a la vez como si no fuera nada para no-­
sotros y sin embargo estuviese predestinado 
para nuestros artificios.

Pero la ciencia clásica conservaba el sen-­
timiento de la opacidad del mundo, al que pre­-
tendía alcanzar con sus construcciones; he 
aquí por qué se creía obligada a buscar un 
fundamento trascendente o trascendental para 
sus operaciones. Ahora hay esto completa-­
mente nuevo —no en la ciencia, en una filo-­
sofía de las ciencias bastante extendida— 
de que la práctica constructiva se considera 
autónoma y como tal se da, y que el pensa­-
miento se reduce deliberadamente al conjunto 
de las técnicas de aprehensión que inventa.
Pensar es ensayar, operar, transformar, con 
la única reserva de un control experimental 
en el que no intervienen sino los fenómenos 
altamente 'trabajados', y que nuestros apa-­
ratos más bien producen que registran". 




Un comienzo arrebatador. A partir de aquí, lo que me quiera decir, que me lo trago (provisionalmente) como si fuera gominolas. Luego ya no me suele convencer tanto, pero qué más da. La lectura de sus textos es más aventura intelectual que estudio de una visión del mundo. En cierto sentido, me recuerda a Claude Levi-Strauss, otro francés contemporáneo. Por eso son tan subyugantes. Por eso atrae tanto la filosofía. 

viernes, 10 de enero de 2014

Impudicia bancaria


Muchos, y "yo, el peor de todos" (1), venimos denunciando la campaña de acoso y derribo a todo lo público que aún persiste en este malhadado país (2). Es decir, lo que no se han beneficiado ya la pandilla de mangantes privatizadores que nos han gobernado desde el 2011 y entre 1996 y 2004.

Hoy tengo ganas de injuriar a alguien, pero me voy a contener porque no es mi estilo (habitual) y tampoco está tan claro el objetivo. O sí. Izquierda Unida ha denunciado al Banco de España y a la Comisión Nacional del Mercado de Valores por la campaña pedagógica (léase "adoctrinadora") que han dirigido a los infantes con perlas cultivadas como "gracias al dinero que se recibe por trabajar se pueden pagar servicios como la educación, la sanidad o la vivienda". 

Es decir, que el que tenga parné, que se agencie lo suyo. Su colegio, su hospital, su seguridad privada, su casa de no protección oficial. Y a los demás que les den. 

La pregunta es para qué hostias vamos a pagar la burrada de impuestos que pagamos (los idiotas de a pie, que no las empresas) si luego no hay una mierda de servicio público, con calidad y universal. Porque eso que dicen de "gratuito", nada. Está pagado y bien pagado por todos nuestros impuestos. 

Y, en cuanto a los que no pueden pagar y se benefician de lo común, planteo a estos fachones una muy triste cuestión: ¿prefieren que "la chusma" (3) los atraque por la calle o tenerla contenta con cuatro migajas?

En fin, que esta mierda de gobierno está consiguiendo hacernos recaer en el más negro tardofranquismo, aquél que yo creía ya olvidado desde mi niñez en Navarra, esa España de color sepia-gris, enormemente cutre, pacata, absurda, esa sensación de "qué asco más rico" que pretendíamos ajena a nuestras vidas. 


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(1) Parafraseando a Sta. Teresa de Jesús. 
(2) ¿Todavía puedo calificar a España de "malhadada" sin caer en sanciones apocalípticas? ¿Puedo sentir? ¿Puedo opinar? Me temo que no a todo, como decía la Tamayaza.
(3) El Chavo del Ocho dixit.

jueves, 9 de enero de 2014

Mortadelo y Filemón en el Ministerio de Interior





Debería haber sucedido el 28 de diciembre, pero estos cachondos del gobierno lo han dejado para anteayer. Supongo que querían alegrarnos el año nuevo.

Pues van y cascan en un comunicado que van a hacer tremenda redada en la sede de los controladores de presos de ETA.  Los que vigilan que nadie se mueva en las cárceles, ni más ni menos. 

Y van estos y como, a pesar de no haber sido los más listos de la clase, tampoco son tan, tan, tan gilipollas, cuando quiso llegar la Benemérita a trincarlos, estaban en pleno proceso de destrucción de pruebas y diciendo lo de "aquí te espero, comiendo un huevo".  

Para que luego sigan metiendo caña con la movida del bar Faisán. 

Este gobierno podría dar risa a paladas si no fuera porque son tan mezquinos, absurdos, sectarios, incompetentes y cuatro o cinco cosas más que se me ocurren pero está mal decirlas en público. No me vayan a acusar de injurias a la autoridad, que ahora salen por un pico.  




Pero nadie va a acusar  a los responsables, y el ministro misicas a la cabeza, de que ha habido connivencia con banda armada. Es que los no adictos al PP sí que tenemos algo de sentido común y preferimos reírnos de su estupidez.

Casi como si leyéramos un tebeo. 



jueves, 26 de diciembre de 2013

domingo, 24 de noviembre de 2013

"Middlesex", de Jeffrey Eugenides (II).





La tradicional búsqueda de la "Gran Novela Norteamericana" por parte de todo escritor de fuste que haya surgido en los últimos cien años, por lo menos, es cosa que no deja de resultar algo chusca, vista desde fuera de USA. 

De hecho, no soy lector que vaya a tragarse ingentes montañas de datos sobre la evolución de tal o cual aspecto del Imperio. Me la suda. Sin embargo, Eugenides ha logrado que me interesase por la peripecia de tres generaciones de greco-norteamericanos, cosa que me tiene por completo sin cuidado. 

La capacidad de atracción de "Middlesex" es triple, cuando menos: por un lado el tratamiento complejo y minucioso de (algunos) personajes principales. Por otro, la enorme capacidad para la elipsis narrativa, que se dice, en quien páginas antes se demoraba lo indecible en contar el ambiente negro de Detroit, por decir algo, y no lo más pormenorizado. 

Y, no en último lugar, me he quedado encandilado por el lenguaje. La fluida prosa de Eugenides no es solo pirotecnia verbal (aunque la hay, y quizás en demasía) sino un flujo embalsamador que nace de la pasión por las figuras que está retratando y sus problemas, tan básicos y a la vez trascendentes. 

Incendio de Esmirna, 1922


Recuerdo el afecto de Callie por su abuelo Lefty, el primero en llegar a Estados Unidos. O las dudas y confesión final de Cal, ya adulto, a Julie Kikuchi, por quien se siente a la vez atraído y amedrentado. O la delicadeza con que retrata el comienzo de la relación a sus catorce o quince años entre ella y Oscuro Objeto, su compañera de clase, poco antes de la revelación que dará un vuelco definitivo a su vida y la hará entrar de bruces en el mundo de los adultos. 

Detroit, julio de 1967.


O la reconstrucción de los disturbios e incendios de Detroit en 1967, con una escena casi onírica: Callie, de niña, siguiendo en su bici la marcha de un tanque de la Guardia Nacional que irrumpe en el centro de la ciudad para encontrarse con su padre, que se atrincheraba en el negocio familiar. 

Hay también humor, no en vano se ha calificado esta obra de "comedia épica", pero no es del tono que me gusta y, salvo en contadas ocasiones, no le he prestado demasiada atención.

En cuanto a la primera persona en que se narra casi toda la historia, me consta que el autor ha tenido la firmeza de mantenerla durante más de quinientas páginas, a veces salpicada de tonos arcaizantes ("Canta, Oh musa..."), a veces regocijándose en lo vulgar. Hay algunos despistes que no acabo de entender (la aparición de un tal señor Cho, creo recordar que se llama, para introducirnos torpemente en el antro de San Francisco donde actúa Cal es uno de los más llamativos). 

Sin embargo, el efecto general es de una gran consistencia, con momentos inmejorables y la sensación de que este autor ha conseguido algo poco frecuente: que me haya replanteado los modos y las formas de mi próximo proyecto y, aún mejor, que no haya dejado de tener la mente ocupada con esta bella historia por espacio de más de dos semanas (1).

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(1) En los últimos tiempos, sólo me ha pasado lo mismo con Yasunari Kawabata. Ahí es nada. 

"Middlesex", de Jeffrey Eugenides (I).




En los últimos días he leído dos de los tres libros que ha publicado el novelista estadounidense Jeffrey Eugenides, "Las vírgenes suicidas" y "Middlesex". 

Ambas me han gustado. La primera, por el uso (más bien falso) del nosotros como persona narradora y la delicadeza brutal con que narra hechos más bien truculentos. La segunda, por razones bien diferentes. 

Estoy totalmente en contra de ladrillos de más de quinientas páginas de densa escritura (por cierto: lo he leído en inglés, Ed. Picador, Nueva York, 2002, y su precio de trece euros en rústica no creo que tenga equivalente en el mercado español: habrá que saber cómo es posible tal diferencia de precios). En general, creo que no hacen falta tantas palabras para contar una historia. 

Y es que a "Middlesex" le sobran unas cuantas. La afición de los anglosajones por las sagas familiares y la morosidad de las descripciones hacen que a ratos caiga en la diarrea verbal. Me las he visto negras para entender la gran riqueza de vocabulario técnico (en la fábrica Ford, por ejemplo, o en las minuciosas descripciones de Detroit). 

En otros muchos casos, sin embargo, está plenamente justificado, y si ocupa tantas páginas pormenorizando, por ejemplo, la vida de los abuelos en Bithinios y el incendio de Esmirna, lo elegante de la dicción y la fuerza narrativa las aligeran enormemente. 



En realidad, la vida del protagonista y (casi siempre) narrador no comienza hasta la mitad del libro. Caliope Estefanides nace como mujer y es educada como tal pero, debido a una mutación genética, en la adolescencia se desarrolla como hombre. La narración pormenorizada de sus conflictos y tentativas de adolescente hasta su huida a San Francisco, donde finalmente asume su papel masculino, están narradas de manera casi siempre convincente. Véase, por ejemplo, la relación "lésbica" con el Oscuro Objeto, su compañera de clase.

Salvo ciertos deslices y licencias narrativas que atentan contra la sólida estructura del libro, he de decir que esta novela me ha seducido. Adivinaba casi en todo momento lo que iba a suceder, pero seguía ansioso por volver la página para ver cómo lo contaba. Pocas veces puedo decir que me atrapen en la maraña narrativa, máxime con las prevenciones que he anotado antes. Pero me ha emocionado y divertido. Una novela considerable, sin duda alguna. 

domingo, 27 de octubre de 2013

miércoles, 23 de octubre de 2013

martes, 22 de octubre de 2013

Les Arts Florissants y Le jardin de Monsieur Rameau.




No soy precisamente fanático de la música francesa del barroco. Además, el asunto del "Jardin des voix", llevado a cabo cada dos años por William Christie para potenciar jóvenes talentos del canto, me olía a chamusquina bienintencionada pero defectuosa. Así que fui al Auditorio con ciertas reservas. 

Como casi siempre, tuve que tragarme los prejuicios injustificados ya desde el primer minuto y, con mejor criterio, me dediqué a disfrutar del primer concierto de la temporada de "Universo Barroco", que desde luego no va a ser el peor. 

Por lo pronto, la orquesta me pareció sencillamente espléndida. Muy certeramente dirigida por Christie, no destacó en lo más mínimo sobre las voces de los muy jóvenes vocalistas. Estuvo siempre comedida, aparentemente fácil, brillante en los momentos más intensos y correctísima cuando "sólo" acompañaba a los intérpretes en segundo término, como en alguna de las arias más delicadas y bellas. Estupenda desde todo punto de vista. 

Pero la tarde del domingo era fue para los cantantes. Eran seis: una soprano (Daniela Skorka), dos mezzosopranos (Emilie Renard y Benedetta Mazzucato), un tenor (Zachary Wilder), un barítono (ictor Sicard) y un bajo (Cyril Constanzo). Y no sabría decir cuál estuvo mejor. Por preferencias personales, las dos mezzos, el barítono y el excelente bajo. 




Todos sorprendieron al auditorio por sus voces tan bien trabajadas (apenas hubo un desliz del tenor, que yo recuerde), la madurez de sus interpretaciones y lo bien escenificadas que fueron sus partes, dando una sensación de ligereza, buen humor y sentido de lo dramático por encima de lo que se podía esperar de gente tan insultantemente joven. 

Aplaudimos a rabiar y nos dedicaron dos bises. El último, creo recordar que fue el coro de "Revenez, tendre amant", de "Les Fêtes d'Hébé", de Rameau, un prodigio de finura, sentimiento y belleza en estado puro. 

Salimos como en las tardes grandes: tarareando las tonadas y comentando con la sonrisa en los labios lo bien que había estado todo y la altísima calidad de la música escuchada. 

A ver si las demás actuaciones están a la misma altura que esto:

sábado, 19 de octubre de 2013

Bonanza indescriptible




Tengo la certeza de que ciertas capas de la población, ya sea por estatus social, ya por pertenencia a diversas sectas o agrupaciones, viven en una realidad paralela. 

Lo sabíamos de los miembros del ejército, la iglesia, el opus dei, los legionarios de cristo, los neocatecumenales y otras gentuzas, así como de los que residen en La Moraleja y residenciales aledaños. 

Al parecer, también a los señores de la gran banca, supuestamente unos linces para esto de la economía, se les escapa lo más evidente. Rebutidos en su burbuja de alto standing, se ve que no les llega para entender que el grueso de la población las está pasando crudas. 

Eso pareció con las declaraciones de nuestro insigne prócer el Sr. Botín, que ve dinero acudiendo a España desde todos los lados. 

Y que los 6 millones de parados, la destrucción de tantos millones de empresas, la precarización de los sueldos y empleos que quedan, el ahogamiento crediticio de pymes y familias y, en general, la falta de perspectivas de que esto vaya a cambiar, sencillamente porque desde el gobierno no se escucha ni una triste propuesta de crecimiento, eso parece ser que no cuenta.

Hay que seguir con el eslogan de que todo va bien, caiga quien caiga. 

Pues que les aproveche eso de intoxicarse con sus propios gases. Los de fuera de la burbujita pasaremos más frío, pero hasta ahora no nos hemos quedado ciegos. 



viernes, 4 de octubre de 2013

No entienden.




Ya he descubierto qué les pasa: no entienden nada. 

No entienden la realidad, ni la sociedad que dicen que gobiernan, ni las nuevas fuentes de energía, ni la necesidad de la investigación para no hundirse en la miseria, ni la del estudio y la cultura para escapar de la barbarie en que pastan tan alegremente, ni la de invertir para progresar, para salir del hoyo profundo en que nos metió su líder. 

Es que, me harto de decirlo, la derecha española ha sido siempre (y es) analfabeta, brutal, arrogante, meapilas y muy hipócrita. Aparte de rencorosa, claro está, pero ése es otro rasgo de los que se sienten investidos por la verdad: todos los que no están de acuerdo por completo con ellos son sus enemigos.

Cómo se explica, si no, que monseñor Gallardón quiera devolvernos a la moralidad farisea de los años sesenta, con sus jovencitas bien viajando a Londres o París para arreglar deslices. Una época en que los gorilas que están al frente del país sí se reconocen, se sienten cómodos, están a sus anchas. 

Es que provienen del franquismo sociológico, no entienden otra cosa que el nepotismo, la especulación y el chuleo al estado, sólo saben promover burbujas. Todo lo que se salga de ahí ya no les cuadra. No saben ni por dónde les da el aire de la actualidad. 

Y así nos luce el pelo, con el país más hundido que recuerdo desde la crisis de los setenta, pero sin la esperanza de que algo vaya a cambiar el panorama. 
Pues ya veremos en qué queda este revival casposo dentro de dos añitos. Tengo ganas. 


viernes, 27 de septiembre de 2013

"Aci, Galatea e Polifemo", de Haendel




Aunque la versión de esta cantata a tres por La Risonanza, de Fabio Bonizzoni (Glossamusic, 2013) no es la mejor que puede encontrarse, sí cuenta con un excelente acompañamiento instrumental y, ante todo, con la voz majestuosa del bajo argentino Lisandro Abadie. 

Estupenda su capacidad vocal, esos artificios estratosféricos de enorme dificultad con que nos deleita en "Fra l'ombre e gli orrori", por ejemplo, aria de una belleza serena y a la vez sombría, muy inquietante. 



O la arrolladora "Impara, ingrata", por si no nos habíamos aficionado ya a su maravillosa presencia y a esa voz potente, exquisitamente modulada. 



Qué placer descubrir intérpretes tan superlativos como este Abadie. Lástima que la soprano y la mezzo no estén a la altura, porque la obra, sin ser de las grandes de Haendel, es una delicia.

Una joya.

martes, 17 de septiembre de 2013

El tiempo circular.




Puede pensarse que es la trampa, ni siquiera sutil, que cierra los días y nos engolfa en la rutina. O que los no ascendidos a cimas elevadas debemos retornar al aparente marasmo, aunque en realidad pantano de decepciones y arenas rutinarias que nos sorben. 

En esta metáfora, el peligro no es perecer asfixiados, sino sobrevivir eternamente para que todos los años tengamos que caer en la trampa. Otra vez. 

Taedium vitae, decían los decadentes. Ojalá pudiera aburrirme hasta el punto de no tener otro remedio que escribir. Como en la adolescencia. Pero entonces no estaba capacitado para casi nada. Ahora falta el interés. 

Ajeno, sobre todo.

lunes, 26 de agosto de 2013

El vermú de hoy.


Un vaso de vino rosado "12 Lunas" del Somontano bien fresquito, acompañado de unas lonchas de queso de nata cántabro. 

Que conste que no es por dar envidia, sino porque, en realidad, ni el vino ni el queso son santo de mi devoción. Ahora bien, en conjunto eliminan las asperezas del otro y quedan fantásticamente. Un maridaje perfecto. 

Pues eso, queridos responsables del cotarro que (no) me leéis: a veces hay que pensar en conjunto, no aplicar las reglas de parvulario a cualquier tipo de propuesta. Hay que "saber leer". Igual resulta que, en conjunto, las cosas cobran otro sentido.


Recuerdo que


Allá por 1989, Marta Sanuy, una de las chicas del bar-librería Cinemascopa y lectora habitual de este blog, llevó a Luis G. Martín a Zaragoza. Carmen París, por cierto, era su socia en aquellos tiempos. 




El bueno del actualmente llamado Luisgé apareció por Zaragoza (acababa de publicar su primer y excelente libro de cuentos) y hubo un pequeño coloquio, o debate, o yo qué sé, al que se autoinvitó Félix Romeo Pescador, who recently passed away and whom everyone seemed to have revered when living. Except myself. I must be quite a nasty person and still consider his rude, flamboyant personality as irritating as his writing. 

Yet, I admire his ability for public relations and also for taking advantage of an apparently risky situation ya que, sin más ni más, se quiso arrogar el papel de moderador que en un principio había asumido yo por deferencia de la propietaria. Y, hasta cierto punto, lo consiguió. Fue este mi primer contacto con las miserias del cotarro literario, pero a fe que aprendí de la experiencia. Desde entonces, famosos y mediocridades, capitalinos y provincianos, todos ellos tocados por algo más cutre que hybris, han mostrado el mismo ceño arrogante y esa necesidad infantil de marcar el territorio (1). 


Aquí, alternando con el rus de la profesión...
Procuro no acercarme a ellos o, en todo caso, hacer como que no me entero de por dónde respiran. A fin de cuentas, no acabo de hallar su beneficio, qué pretenden avasallando al que ni puede ni lo intenta, o qué corral exclusivo amurallan tan bien. Ellos gozarán de mejor vista que yo...

Pero Luis (o Luisgé) estuvo agradable, aunque frío, profesional. Su libro "Los oscuros" me entusiasmaba entonces, y así se lo dije. Aun ahora, sigo considerándolo uno de los buenos escritores de este país, por más que su obra posterior no me satisfaga demasiado. Pero es bueno, de verdad. Alguien comentó que se trataba de un tipo "un poco raro". Luego supe a qué se refería, pero su discreción o mi despiste me impidieron sospechar nada. 




Tampoco cuando quedé con él unos meses después, ya trabajando de interino en Madrid. Resulta que sus padres vivían al lado de mi instituto. La entrevista fue frustrante. Dada su parquedad de palabras y por llenar el vacío, me embarqué en comentarios que debieron de parecerle vacuos o inanes. No recuerdo cuáles fueron, pero yo también acabé con mal sabor de boca. Con la sensación de haber hecho el idiota. Porque, ¿de qué se habla con un escritor al que no conoces y con el que no tienes nada en común? 

Sólo recuerdo que en aquella época Luisgé tenía un proyecto en la sierra con el Mago Tamariz para redactar una enciclopedia del ilusionismo. Llegaba a su casa tras tomar varios autobuses y andar un tramo largo, así que sólo se veían cada par de semanas. Apasionante, sin duda. 

En cuanto a Carmen París, de sobra conocida su actividad musical, hace mucho que no la veo. La penúltima vez, creo, fue en la presentación de su primer disco. Antes nos lo había anunciado en plena Plaza de España, una tarde en que coincidimos y, aparte de mostrar su entusiasmo por la empresa que al fin emprendía, soltó trapo sobre sus andanzas anteriores. Todo muy instructivo y revelador, pero no viene al caso. 





También hace tiempo que no leo a Luis G. Martín (lo siento, pero el nombre actual me parece un poco tonto). "La mujer de sombra" es su última novela, me parece. Igual le echo el ojo. Hasta el momento, aunque no me haya interesado lo que contaba, siempre lo ha hecho con altura literaria y gran capacidad técnica. 





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(1) A veces, he temido que sacaran el pene y orinaran un círculo defensivo alrededor.