sábado, 24 de mayo de 2014

Literaturas podres.

El trabajo es, desde cualquier punto de vista que lo consideremos, la única forma de solventar el antiguo y bastante desfasado problema del talento en esto de las letras. 

La práctica constante da la excelencia, eso sin duda. Pero para ello hay que huir de la rutina. Las mejores cabezas se embotan ante la presión incesante por publicar novela tras novela. Ahí tenemos el caso de Juan José Millás, prosista de innegables capacidades, de esos que te llegan a dar envidia cuando le lees artículos o algunas obras de su primera época. 



Ahora no suele publicar más que pijadas complacientes que provocan lástima por lo que podría ser y no deja que aflore, ahogado en comercialidad y livianas gilipolleces.

Partiendo de las consabidas dotes, necesarias para ejercer cualquier oficio, hacen falta también dos cosas imprescindibles: técnica y sentido crítico, o rigor, o como quiera llamarse.

Técnica, porque no se puede escribir de cualquier cosa  y porque no todo se puede expresar de cualquier manera o con las mismas herramientas literarias. Rigor, porque antes de narrar deberíamos plantearnos quién, qué y por qué se cuenta lo que aparece luego en la novela. Y luego, no desviarse de esa línea. 

Es que estoy aburrido de narradores pseudo-omniscientes, expertos en opinar por razones altamente espúreas, que cambian de plano con pasmosa facilidad, que se extravían y vuelven cuando al autor le interesa, sin mayor lógica ni explicaciones al lector. Todo ello, en aras del efectismo y la "facilidad de lectura". 

Últimamente he detectado en algunos nuevos narradores cierta tendencia al "aquí vale todo", tan caduca y arbitraria que casi resulta subyugante ver cómo la cultivan a troche y moche sin el menor reparo, sin que se les caiga de vergüenza la cara literaria, que deben de tener de hormigón novecentista. 

Normalmente les salen curiosos churros, pero a veces dan el pego, y ahí está su peligro. En un país tan analfabeto como este en cuestiones culturales, la masa lectora no diferencia entre best-sellers descarados y obras con más calidad, o que aspiran a tenerla. Sólo interesa el entretenimiento, los fuegos artificiales de recetario anglosajón, la tranquilidad para esas mentes arrasadas por una elemental falta de criterio. 

En fin, tampoco es cosa de dar recetas de una sola dirección, porque lo bueno del arte es que adopta formas insólitas y consigue grandes resultados con medios que en principio pueden parecer poco apropiados. El único salvoconducto es el gusto educado por buenas lecturas y un cierto sentido común que nos saque del cenaco en que más de una vez nos quieren ver metidos esta panda de filisteos. 

jueves, 15 de mayo de 2014

Perplejidad.


A ver si entiendo bien al Ministro de Interior: está dispuesto a poner coto a los abencerrajes que se dedican a decir barbaridades de Isabel Carrasco, la Presidente de la Diputación de León (muchas de ellas, todo hay que decirlo, bien merecidas, porque la interfecta era una cacique de tomo y lomo) por el simple hecho de que ha sido asesinada en lo que parece una consecuencia de su trayectoria vital, y me da igual qué o quién o cómo o por qué; es un asesinato y ya basta. 

Y este hecho no puede dignificar una vida ni tampoco la condena. Ni es merecido. Nadie merece ser asesinado, por incómodo que nos resulte o por mucho que nos desagrade. 

Ahora bien: que Jorge Fernández Díaz, el ministro de la virgen y las misas y la madre que parió a ambas, decida que hay que censurar la libertad de expresión de las redes sociales porque no le gusta lo que dicen de la difunta, me deja ojiplático y meditabundo. 



No entiendo por qué no ha hecho nada todavía con la llamada "TDT party", esas cadenas de ínfima catadura moral, intelectual, política y personal, que no saben sino insultar, mentir, tergiversar, denigrar a todo el que no piense exactamente como ellas. O los periódicos de extrema derecha que hacen poco más o menos lo mismo. Y llevan ya la torta de años actuando en la mayor impunidad. Nadie ha dicho nunca que hubiera que cerrarlos, por más que redundara en beneficio de la sociedad. Ni siquiera nuestro preocupadísimo Ministro de Interior.



Vaya, don majadero, vuélvase a misa y deje las redes sociales y la libertad de expresión en paz, que habrá asuntos de mayor envergadura en los que ocupar su inmensa capacidad para no hacer nada. 

martes, 13 de mayo de 2014

"Los años de peregrinación del chico sin color", de Haruki Murakami.




H. Murakami escribió una novela de carácter tan deprimente que me llamó la atención, aun sin saber lo famosísimo que era en todo el mundo, la cantidad de ejemplares que había vendido ni esas zarandajas que acompañan a los autores de talento y renombre. Me refiero a "Tokio Blues. Norwegian Wood".

Creo que después le he leído alguna otra que no recuerdo en estos momentos y me han parecido, poco más o menos, lo mismo que voy a exponer sobre su más reciente entrega.

"Los años de peregrinación del chico sin color" es una novela sobre el desclasamiento, la amistad, la pérdida del paraíso de la adolescencia feliz, la desgracia de la madurez y unas cuantas cositas más. 

Murakami, en efecto, tiene grandes dotes para la narración convincente. Es muy eficaz. Tanto, que a veces produce esa envidia irreprimible cuando admites que lo que tienes en tus manos es lo que nunca jamás querrías o podrías imitar, cualquiera sabe, pero resulta condenadamente efectista y queda fetén para convencer a todo tipo de lectores.

Estoy dividido entre mi admiración por la excelente estructura de la obra, la capacidad para atrapar la atención del lector, el desarrollo del personaje principal y el que sus mejores páginas sean sin duda las últimas. El final es estupendo, de verdad. 




Pero, con todo, hay unos cuantos aspectos que me han desagradado profundamente. El más llamativo: sus diálogos, a menudo casi irreales. A ratos pensé que estaba leyendo un libro de autoayuda o alguna pretenciosidad de C. Coelho. 

Vale, quizás exagero un poco. Pero más de una vez la novela se me cayó de las manos. La parte intermedia del libro es sin duda la menos lograda. Y, sin embargo, continuaba leyendo con avidez, aunque no me interesase demasiado lo que me ofrecía. Eso es tener oficio y algo más que no lo da la simple práctica. 

La historia de Tsukuru Tazaki, el narrador en primera persona (muy bien llevada) y expulsado del grupo de amigos de adolescencia, que dieciséis años después decide averiguar qué pasó en realidad, a ratos no se sostiene demasiado. Murakami hace bastantes esfuerzos por dotarla de verosimilitud, pero hay algo que chirría en el personaje de Shiro, la amiga causante de su caída en desgracia. 

Sin embargo, la evolución psicológica de Tsukuru es convincente en términos generales. Quizá adolece de esa fragilidad emocional y esa tendencia al suicidio típica de algunos personajes de Murakami. Pero uno sigue con atención sus altibajos y se pregunta por las causas de tan repentina desafección en un grupo de amigos hasta entonces inseparables. 

En conclusión, una novela que me ha atrapado hasta su memorable final sin que, en cambio, me parezca que esté a la altura de la enorme fama de su autor. Ninguna lo está, en realidad, pero se leen (y venden) de maravilla. 

viernes, 2 de mayo de 2014

Espárragos y alcachofas.



De toda la vida, los espárragos blancos, los cultivados en primorosos bancales de tierra prieta, tenían que ser blancos. Se trata de frutos subterráneos que, en cuanto aparecen al exterior antes de tiempo y el sol tiñe sus puntas, pierden la mayor parte del valor. 


Sin embargo, en mis paseos por tierras francesas he comprobado que espléndidos espárragos de tamaño considerable y una apariencia perfecta se venden con las puntas moradas, sin que por eso su precio caiga en absoluto. De hecho, esa es la tónica habitual en los mercados callejeros que te encuentras por todas las ciudades. 

No sé. Ando perplejo. Pasa como con el asunto de esas alcachofas enormes, cultivadas en Cataluña, Francia y otros muchos lugares. Si no están prietas y tiernas y no puede comerse su corazón ¿de qué sirven?

Al parecer, es costumbre asarlas cuando son como cebollas y solo chupetear la mínima parte interior de las mismas, quedándose con la esencia, como quien dice, untada en rica salsa. 



Para alguien acostumbrado a comer en menestra las de Tudela, por poner un ejemplo, lo anterior parece medio sacrilegio. Y, sin embargo, hay gentes que no lo conciben de otro modo. 


















Pues bien: prefiero disfrutar de ambas variedades, cada una en su momento y en un contexto diferente. He descubierto que raer hojas de alcachofa también tiene su aquel y que hay espárragos muy ricos que no mantienen la compostura de los auténticos de la denominación de origen. 

Por cierto: no estaba hablando de gastronomía. En absoluto. 

Libertad





Sí, queridos: aquí tenemos a nuestro Frank Zappa en 1963, en un show televisivo que parece tener como única misión reírse del invitado. 

Cuesta reconocerlo con ese traje tan años 50, ese aspecto modoso, tierno casi. Hasta que comienza a hablar. 
Desde luego, el humor fue una constante en su vida artística y personal. Hasta cierto punto, la visión que proyectaba quedaba un tanto distorsionada por ese aspecto, ocultando en parte lo brillante y genial de su producción. 

Porque, cuando dejaba de hacer tantas bromitas, le salían cientos de maravillas como estas "Peaches en Regalia", "St. Ber'dino" o "Don't eat the yellow snow". Y a ver si, aparte de su virtuosismo instrumental, no han soportado excelentemente el paso de las décadas. Desde luego, mejor que el programita de Steve Allen. 



Volviendo a lo de la bici, resulta que tampoco era tan tonto. Básicamente, porque Zappa fue discípulo confeso de Varèse y Webern, entre otros compositores contemporáneos que llevan más de un siglo investigando con nuevas formas musicales, nuevos sonidos (ver mis variadas comentarios al respecto en este blog) y etc. En ese contexto puede entenderse la broma de Frank. 

Sin ir más lejos, esta semana asistí en el Auditorio Nacional a un concierto dirigido por Peter Eötvös con obras de Stockhausen, Boulez (admirador y admirado por Frank Zappa, con quien colaboró) y suyas. En la denominada "Steine", por ejemplo, tanto el director como los 22 miembros de la orquesta entrechocan piedras de diferentes tamaños y sonoridades como parte integrante (y escrupulosamente sincronizada) de la partitura. El resultado, curioso al principio, me pareció encantador y muy eficaz. No he encontrado nada en youtube, así que dejo la referencia discográfica: 

http://www.allmusic.com/album/release/peter-e%C3%B6tv%C3%B6s-chinese-opera-shadows-steine-mr0002740355

 (Se puede escuchar un pequeño fragmento)  

O qué decir de los pianos de juguete, los pianos "arreglados" o los diversos vegetales que utiliza John Cage. Por no hablar de la experimentación electroacústica de buena parte de la vanguardia tras la 2ª Guerra Mundial. 

En fin, que no era tanto cuestión de hacer chorraditas con una bicicleta sino de intentar abrir puertas a la atmósfera agobiante de los primeros años sesenta. Luego vino el 68 y las cosas no pudieron ser lo mismo. 

Ahí está la bicicleta. Eso es libertad, señor Allen, pedazo de cretino. 


martes, 8 de abril de 2014

Ricardo Menéndez Salmón. "Niños en el tiempo".




¿Puede un texto de 200 páginas redimirse sólo por las últimas 30? En el caso de "Niños en el tiempo", Menéndez Salmón cuenta tres historias que repentinamente convergen en las páginas finales, sin duda las mejores de la novela. 

La primera describe el proceso de disolución de un matrimonio tras la muerte accidental de su hijo pequeño. No es nada original, la mayor parte del tiempo tenía la sensación de déjà vu más poderosa de los últimos años, y ni siquiera me gustó demasiado. No obstante, la capacidad de Menéndez Salmón para encauzar su siempre efectiva prosa hasta territorios que lindan con la brillantez, incluso con la belleza, hace que sea soportable. 

La segunda trata de modo un tanto peculiar la infancia de Jesús de Nazaret. La prosa me recuerda al Jiménez Lozano de "Sara de Ur", "El mudejarillo" y otras igual de estupendas.  Para un ateo recalcitrante como yo la cosa parece un poco chusca pero bueno: acepto barco como animal acuático y me lo trago todo. Está bien escrito. 




La tercera es otro cantar. Trata de una mujer embarazada de pocas semanas que va de vacaciones a una isla griega tratando de decidir qué hará con el feto. Allí conoce a un hombre de avanzada edad con el que traba una curiosa, sutil relación (lo mejor de la novela, como he dicho antes). Para no reventar la historia, diré que los hilos sueltos de las tramas anteriores se anudan no sin cierto artificio en las páginas finales. 

Excelente final que casi logra levantar el resto. Además de la soberbia prosa de M. Salmón, quizá no a la altura de "Medusa", la mejor de sus últimas novelas, para mi gusto, pero siempre de un nivel que ya quisieran todos esos perpetradores de páginas infinitas que me estoy tragando en los últimos tiempos. 

Pero ya daré cuenta de todos ellos, ya. 

sábado, 5 de abril de 2014

Pasión antigua: Il Giardino Armonico.




Esta es la faceta más conocida de Il Giardino Armonico, la de acompañamiento de brillantes figuras del canto, junto con las aceleradísimas versiones de "Las cuatro estaciones", de Vivaldi, que les dieron notoriedad allá por los primeros años 90. 

Sin embargo, también hay otra faceta del conjunto, más oscura y humilde, pero yo diría que incluso más interesante para el aficionado, que es la que pudimos escuchar en el Auditorio Nacional este pasado jueves. 

Porque, a priori, el programa de mano no me decía gran cosa: Giorgio Mainerio, Thomas Preston, unas gotitas de "Orfeo", de Monteverdi, Samuel Scheidt, Bellerofonte Castaldi, Gesualdo da Venosa, Cristoforo Caresana, Gian Prieto del Buono, Jacob Van Eick, Lodovico Grossi da Vadiana, Vincenzo Ruffo... En fin, música del Renacimiento y Barroco temprano que en Nápoles y España sí tengo más conocida, pero me desborda por completo allende esas fronteras. 

En cuanto a las piezas seleccionadas, un poco de todo: pavanas, gallardas y danzas de Mainerio, Scheidt y da Venosa, una tarantella de Caresana, divertidísima y de gran calidad, canciones de Giuseppe Guami, sonatas de Giovanni Garieli, Dario Castello o del Buono, una bellísima, delicada "Deploration sur la mort de Occkenghem", de Josquin Desprez (éste sí es conocidísimo; con Monteverdi y Caresana, las excepciones de la tarde). 




Tras interpretar "Upon la mi re", de Thomas Preston, la señora que tenía al lado me preguntó, admirada, cómo se llamaba esa pieza. No es de extrañar: fue una versión sencillísima, lenta, hipnótica, que embelesó al auditorio. El primer bravo de los muchos que hubo esa noche surgió entonces (fue mío). Y es que Il Giardino nos tuvo encandilados. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto en un concierto. (Esta versión es la única que he encontrado: bastante sosa, no puede compararse a la del jueves, pero la incluyo como ejemplo). 

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No voy a descubrir ahora la calidad del conjunto, que es soberbia, infrecuente incluso en un ciclo de música (" Universo Barroco") de un nivel muy alto. Pero anteayer se superaron. Sobre todo, porque el material parecía "humilde", como he dicho antes. Nada que ver. Espléndidas fueron las composiciones en sus versiones apasionadas, intensas (había que ver cómo sudaba el director, Giovanni Antonini, dándole a la flauta dulce). Excelente fue también la organización "lógica" de tantos autores diferentes, con la coherencia y eficacia en sus conciertos que ya es proverbial.

En definitiva: a mí me ardían las manos de aplaudir. El público los vitoreó con ganas, hizo que salieran varias veces a saludar y nos regalaran un bis. Una noche memorable. 



miércoles, 2 de abril de 2014

Afición nacional.




Las chicas tienen su mérito, para qué negarlo. Porque hay que tener cuajo para exhibir tus dudosas destrezas ante el mundo, pasarte por el arco de triunfo la crítica propia y ajena, gustarte de ese modo desaforado y encima creer que estás espléndida porque todos te miran. Creo que de esto sólo son capaces las mesnadas del opus dei, los neonazis y otros grupúsculos políticos o religiosos de parecida ralea. 

Una vez pasada la sorpresa inicial, ya hace semanas, descubro que no tengo nada que decir sobre las hermanas Bellido Durán. Ellas ponen todo en evidencia. No hay más que ver sus engendros, si uno soporta la montaña de vergüenza ajena que se le viene encima a los pocos segundos, y dejarse llevar por la extraña capacidad de atracción que posee lo extraño, lo disforme, lo monstruoso. 

Los españoles somos muy aficionados a reírnos del tonto del pueblo. Cuanto menos consciente es el pobre bruto de que hace el ridículo, más diversión para la muchachada. Incluso le animamos a que siga con sus bailes absurdos, sus discursos aberrantes, el gesto que proclama la idiotez. No hay nada como sentirse diferente para demostrar nuestra propia valía. Por eso somos normales, superiores. 

No me malinterpreten: yo entiendo que la estupidez es hipnótica. Viendo estos vídeos inenarrables no puedo dejar de regocijarme, a la vez que me dan lástima. Pero desde que se descubrieron hemos asistido a la ridiculización de estas freakies en bastantes programas de entretenimiento. 

Parodias, chistes brillantes o facilones, burlas sin disimulo (1). A ver quién da más. La sensación de un momento, hasta que se pasen de actualidad y vuelan a ser las pobrecillas casi conmovedoras y bastante irritantes que cantan por una promesa. Y porque son incapaces de entenderse, de verse desde fuera y sopesar que la realidad, aparte de muy tozuda, es cruel e inflexible con el alcance de nuestros logros. 

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(1) El delirio llegó con esta ¿canción? ¿cantada? en ¿inglés? Menos mal que le ponen subtítulos.

viernes, 21 de marzo de 2014

"Huellas judías y leonesas en el Quijote", de Santiago Trancón.




Con los ensayos literarios me pasa como con las fotografías con luz lateral o filtros intensos: a veces, tardas en reconocer el objeto fotografiado. Tanto de nuevo se descubre observando la imagen como aspectos conocidos desaparecen por más que nos empeñemos en reconstruirla. 

Acabo de leer el notable estudio de Santiago Trancón (1) y, aparte de su amenísima lectura, las aportaciones siempre interesantes y una lúcida visión de la obra cervantina (fruto, sin duda, de años de lecturas apasionadas y de estudio minucioso) quedo con la sensación de que he sido secuestrado. 

La afirmación no es demérito ninguno para Trancón, cuyo libro, insisto, está plagado de revelaciones y es una de esas obras tras cuya lectura no percibes la realidad del mismo modo.   


Quizás por esa circunstancia, el ser tan eficaz, el tener tanta capacidad de argumentación y convicción, "Huellas judías y leonesas" deja la certidumbre de que hay más, mucho más, aparte de lo expresado en sus trescientas y bastantes páginas. 

Esto es así, en primer lugar, porque el Quijote se me antoja un libro inagotable, a pesar de la montaña de erudiciones que soporta desde hace siglos. Y también porque cualquier sesgo, cualquier visión parcial, no reduce su significación. El libro lo desborda, crece con cada intento de exprimir un aspecto de tanta máquina de abundancias, deja en la mente esa insatisfacción a que me refiero.


Por otra parte, el meollo del libro, es decir, la aducida pertenencia de Cervantes a la zona del norte de León y su supuesta adscripción al grupo de judeoconversos de segunda o tercera generación, desvela múltiples aspectos de la personalidad de sus personajes,a veces tan desconcertante, y de la estructura y sentido de la mejor novela de todos los tiempos. 

De modo que la lectura, como indicaba, se hace apasionante. A cada escena se descubren consecuencias inesperadas que obligan a repensar lo ya leído en infinidad de ocasiones, esta vez sin las anteojeras de la plétora de comentaristas, ilustradores y divulgadores de tópicos a que estamos acostumbrados. 

Y es que comprender las alusiones, referencias, implicaciones subrepticias y demás sutilezas del Quijote no es tarea fácil, cuatrocientos años después. Se necesita de visiones tan lúcidas como la de S. Trancón para deshacerse de la pátina de tanto homenaje interesado y tanta visión sacada del quicio del texto original. Que es lo único que cuenta, realmente. 

En definitiva, este ensayo de mi compañero y amigo Santiago es tan recomendable como su efecto inmediato: el deseo de releer el Quijote en cuanto acabe con dos o tres volúmenes muy tochos que tengo entre manos y de los que daré cuenta en su momento. 
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(1) "Huellas judías y leonesas en el Quijote. Redescubrir a  Cervantes", Ed. Punto Rojo. Sevilla, 2014.

martes, 11 de marzo de 2014

Jeff Beck y Tal Wilkenfeld, a ver quién da más.

A ver: no traigo a Jeff Beck a este blog porque sea uno de los más finos guitarristas de rock de todos los tiempos, sino porque esta pieza, en comandita con la australiana Tal Wilkenfeld, me parece un ejemplo de este tipo de música a caballo entre jazz y rock que no es precisamente mi preferida pero exhibe tal categoría, tal conjunción de maestría y buen gusto que me da igual. Beck está soberbio, pero es que el solo de la bajista es de lo mejor que he escuchado en tiempos. 



¿O no?

sábado, 8 de marzo de 2014

Cierto dolor.





Decididamente, ahora que nos ha dejado Leopoldo Mª Panero, siento que hay momentos perdidos para los restos y otros que, sin embargo, vuelven sin desearlo. Cómo no:

"Te enseño en mi mano 
los sauces que no he visto".

Versos que siempre me recuerdan al no menos rotundo T.S. Eliot: 

"I'll show you fear in a handful of dust", y que traducido no tiene ni la mitad de fuerza: "Te mostraré el miedo en un puñado de polvo". Ni su sonoridad, ni nada. Intraductible en esencia que es la poesía, siempre lo he sostenido. 

Pero hoy quería hablar del dolor y su correlato necesario, el placer. No me refiero, por supuesto, a la insustancial práctica sadomasoquista, que se les antoja a los sensitivos un mal tebeo. Ni digo que yo sea tal más que a pedazos, en días sueltos, cuando viene el spleen. 

Más bien, digo del sentimiento que atrapa y remuerde lo más íntimo. Puede acallarse con facilidad, nada tan sencillo como volver a leer de nuevo, pero es más placentero adentrarse en él y dejar que nos envuelva sin tapujos. Gozoso abandono, sabor de hurgar en el desgarro. No es necesario que nada venga de fuera a ahondar el momento. Por más que nadie se percate, estoy hundido en la voluptuosidad hasta el punto de que nadie me puede tocar ahora, nada accede al corazón de mi universo. 

Casi adolescente como puede parecer, esta sensación tiene el potencial de arrasar con todo lo visible, devora mundos más potentes. Lo imprescindible es dejarse llevar. 

Ya lo decía Hendrix: 

"There are many here among us
who feel that life is but a joke
but you and I, we've been through that
and this is not our fate,
so let us not talk falsely now, 
the hour is getting late".


domingo, 23 de febrero de 2014

"Los que duermen", de Juan Gómez Bárcena.





Este libro de cuentos con portada tan de sci-fi de toda la vida, publicado hace un año en Ed. Salto de Página, ha sido reconocido como uno de los más interesantes. Yo lo conseguí directamente de la editorial, pues se me había escapado en las mesas de novedades, suponiendo que esuviese en algún momento de 2013. De todo modos, le he pedido a Pepito (Librería Antígona, Zaragoza) que me consiga cuanto ha publicado el mocé.

Porque, cuando menos, hay que decir que Gómez Bárcena tiene una pluma excelente, buenas lecturas y capacidad (y madurez) para integrarlas de modo que sólo en ocasiones se le va de las manos. Pero que en las más resulta de una efectividad sorprendente, dados los materiales algo consabidos que maneja. 

Se ha hablado de sus cuentos como de "género fantástico". Es como decir que los de Borges, cuya influencia aparece por todas partes, son fantasías librescas: no define nada. Porque es cierto que los quince textos de G. Bárcena están basados en reconstrucciones fictivas de un pasado inexistente, con rasgos que en buena medida dejan ver tantas influencias como para dar a veces una poderosa sensación de "déjà vu". Pero lo que hay en este volumen es muy personal, además de estar deliciosamente bien escrito. 

Sólo le achacaría yo, por poner peros a un volumen que me ha resultado estimulante y bien definido, esa querencia, excesiva a mi modo de ver, por la circularidad de los argumentos, por querer cerrar las historias aun en cuentos posteriores, que se ven sorprendentemente ligados a su antecesor. Creo que le dan algo de artificiosidad al resultado y, de verdad que no lo necesitaba. Ya era bien expresivo y contundente sin este recurso. 



En fin, cuestión de elecciones narrativas y de gusto personal del autor. De todos modos, he disfrutado con la (breve) lectura de "Los que duermen" y, lo mejor, me ha dejado esperando más cosas de este nuevo cuentista. 

Reivindicación del verbo.




La tendencia elemental de cada cual es reducir al mínimo la exposición al azar. Más, en estos tiempos delicados que sufrimos. Pero el viento nos golpea de improviso, nos guste o no. 

Hay versiones infinitas de esta misma evidencia en cualquier tradición literaria. A veces, la búsqueda del golpetazo es voluntaria, pero más como terapia para otra violencia cotidiana, la carcoma del tedio o el sinsentido diminuto de nuestras existencias sin ventanas abiertas, antes que como búsqueda de una verdadera liberación. 

Los modestos, vagos, medrosos o débiles de voluntad preferimos la fantasía. Los más abiertos al mundo se despeñan en aventuras que, en definitiva, sólo valdrán si el débil las recoge. El replicante interpretado por Rutger Hauer en "Blade Runner" declama, poco antes de apagarse, las maravillas que ha contemplado, el absurdo brutal de una existencia que en sí no tiene más valor que las famosas "lágrimas en la lluvia". 


Porque alguien debía saberlo, contarlo, revivirlo eternamente por medio de la palabra. Alguien debía contentar esa existencia vicaria del narrador, a veces tan intensa que también asusta, pero que siempre mantiene a distancia el fuego candente de lo real. 

Única manera de manejarlo para que otros puedan servirse de él y entender lo que nos acongoja. 

jueves, 20 de febrero de 2014

Leer.




Ciertos detalles nos obligan a revisar la línea de unas acciones que, si nos remontamos al pasado más lejano, apenas se adivinan ya.

El otro día, el blog de Marta Sanuy "La mujer sin atributos", que está enlazado a la derecha de estas líneas, me recordaba (reivindicándola con cariño) la biblioteca de Julio Milagro, inicio que fue de todo para mí. Pocos recuerdos de infancia me son más queridos. Mi padre y los libros que calladamente me invitaba a explorar.

Ahora comprendo que esa era la mejor manera, y por muchos años única, de sondear en tiempos anteriores a mi nacimiento y en la sombra de una presencia materna que todavía no adivinaba.

Creo que en el verano de mis 11 años (o 10, no estoy seguro) leí por primera vez los tres tomos de "Las 1001 Noches" en la edición de Aguilar, la traducida por Cansinos-Assens. De aquellas tardes inagotables recuerdo la sensación de estar habitando un mundo fantástico casi palpable, casi olfateable. Aún ahora, con solo abrir la misma edición, el perfume delicado y áspero del papel envejecido me lanza otra vez a esos momentos y puedo oír los sonidos de la plaza del Castillo, en Marcilla, los escasos coches que pasaban bajo la ventana de mi habitación, las campanadas de la iglesia y el revuelo histérico de los vencejos en el atardecer.

Hoy mismo, casualmente, acabo de recomendar esa maravilla a una chica de apenas quince años, llamada Laura, muy aficionada a la lectura y, como no, dando sus primeros pasos en la escritura. Creo que es el mejor momento para introducirla en un lujo sensorial que, si lo acepta, nunca la abandonará.

De un modo absurdo, tengo la sensación de estar corrompiendo a la chica. Pero un día u otro iba a suceder, así que mejor con goce y con la misma herramienta que me libró del tedio pueblerino en mi preadolescencia.

Puesto que no es cosa baladí agenciarse los tres ladrillos y soy irreductible en lo de leer esa joya deliciosa en "mi" edición, precisamente, y no en otra, que las hay buenas y rebuenas, pero no, pues me veo prestándoselos en cuanto pasen los exámenes.

Quién pudiera leer esto por primera vez:

"...En los tiempos remotos y en los siglos antiquísimos hubo un rey de los reyes de Beni-Sasán que reinó en las islas de Al-Hind y de Az-Zin y era señor de ejércitos y huestes y tenía muchedumbre de guardias y servidores y visires y emires. Y al morir dejó dos hijos en la flor de la edad; de ellos, uno el mayor y otro el menor, y ambos buenos caballeros y bravos y esforzados, salvo que el mayor lo era más que el menor..."


miércoles, 5 de febrero de 2014

"Brañaganda", de David Moneagudo.



Encontré "Brañaganda" en un rimero de libros y resultó que, a pesar de llevar un tiempo en mi biblioteca, aún no lo había leído. Y dio la casualidad de que poco antes me había tragado en un par de sesiones "Lobisón", de Ginés Sánchez. Aparentemente, el tema de ambos podría ser el mismo. Nada que ver. En el caso de Ginés, la novela, bastante decente, iba de tremendismo rural, casi toda construida desde el punto de vista de un chico deficiente que condicionaba la organización de los datos y los distorsionaba (en parte, porque me pareció que no estaba del todo bien resuelta).

En el caso de Monteagudo, me encontré con una narración extremadamente clásica, en la que el narrador es un adolescente como otro cualquiera que recuerda los hechos de los que fue testigo o le contaron que habían sucedido en una aldea gallega cuarenta años atrás.

Digo que la narración tiene una estructura clásica porque a veces me daba la sensación de estar leyendo prosa de finales del siglo XIX. Algo como una bildungsroman o, más bien, novela de inciación en la vida adulta. El narrador se demora en mil detalles y no deja al lector de la mano en ningún momento. No obstante, lo que parecía que iba a ser un ladrillo poco digestivo se convierte, dado el innegable oficio que tiene David Monteagudo, en una narración entretenida, a ratos trepidante, llena de color y amor por los paisajes, que describe con finura y gran detalle.

Igualmente, el tratamiento de los personajes principales es detallado y preciso. Tienen enjundia tanto los padres del narrador como su hermano menor. También Cándida, su antigua compañera de juegos, que madura demasiado deprisa, así como doña Isabel, mujer de carácter recio, jefa del padre. Éste es una figura central que, además de resultar en buena medida enigmático para el narrador y de convertirse en el bastión de la racionalidad  la cultura en un mundo atrasado, tendrá un encuentro más bien inverosímil con el lobishome que asola la aldea.

Por otra parte, creo que Monteagudo ha dejado escapar la figura del lobishome sin sacarle el suficiente partido. No se entiende el motivo de sus matanzas a la luz de ese último encuentro. Ni se justifican como una posible represalia por hechos acaecidos en la no tan lejana Guerra Civil, ni por un sentido moral que busque castigar la sordidez de una zona rural que, por otra parte, apenas se entrevé salvo en un par de ocasiones. Tras ello, el adolescente-adulto narrador nos cuenta que la bestia desaparece para siempre. ¿Hay que suponer por eso que es la misma persona que también deja el valle al final de la narración? Si es así, ¿qué buscaba atacando a esa personas? Si no, ¿por qué no aclarar de quién o qué se trataba? ¿Cómo se justifica su clemente actuación final?



Todo va más o menos bien hasta el mismo final en que, tramposamente, Monteagudo deja la conclusión en manos del lector y escamotea su último paso. Cosa que con otros antecedentes, en otra estructura más abierta, no me habría parecido mal en absoluto, pero que no encaja con la minuciosidad de razones expuesta a lo largo de las 280 páginas anteriores.

Hay un aire de decepción en el final de esta notable novela. No me ha parecido coherente, si bien resulta más lúcido que el resto de la narración. Parece que se deshiciera del juguete porque ya le ha cansado y no desea dar más explicaciones. O porque hay algo que no acaba de cuadrar. No sé. Puede que no lo haya leído con la debida atención. O que por un momento se haya internado en unas sutilezas a las que no me había acostumbrado.

En cualquier caso, "Brañaganda" es una lectura recomendable que se remonta muy por encima de sus consabidos cimientos y se lee con interés.

sábado, 25 de enero de 2014

Vivimos en un circo. En un puto circo.




1.- El tontolaba de Floriano, que se supera con cada declaración, asegurando que en España los que más pagan son los que más tienen (1). 

2.- El Ministro de Interior, invocando a Santa Teresa de Jesús para que abogue por nuestra patria y la ayude a salir de la crisis. Dice el mentecato: "Estoy seguro que el esfuerzo que ella desde arriba, que manda mucho, hara será un éxito". Tal cual lo leen (2). Y este señor es uno de los que ¿dirigen? España. 




3.- Una propuesta, que ahora mismo no sé en qué paso está del proceso para hacerse normativa, intenta que en los parques nacionales se permita la "caza selectiva". Y se quedan tan anchos, dejando que los amiguetes del señor marqués, o el banquero de pro, o el jeque de los petrodólares abatan la caza mayor que se les antoje dentro de zonas reservadas para mantener la vida salvaje fuera de toda intromisión. Y habrá que cerrar esos espacios a la visita del común de los mortales, por supuesto. No les vayamos a estropear el rececho. 

Ante esta nueva batería de imbecilidades, o salvajadas, o espectáculos circenses, no digo cómo estaba yo al punto de la mañana. Ni la de veces que he repetido: "Hay que echarlos a patadas, y cuanto antes, o nos destrozan lo poco que queda decente en este país".


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(1) Será porque las empresas, por ejemplo, cotizan a razón del 5%, entre exenciones y demás. Suponiendo que no lo escaqueen, cosa que suele suceder. 
(2) Crisis de la que su gobierno parece incapaz de sacarla, dada esa inamovible fe de tinte posguerrista. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Cuatro impresiones sobre "La mala luz", de Carlos Castán.




Estaba acostumbrado a los espléndidos cuentos de Carlos Castán (mejores, a mi juicio, los de "Frío de vivir" que los de los muy recomendables "Museo de la soledad" y "Sólo de lo perdido", pero sobre eso hay opiniones) y he de decir que ésta su primera novela no me ha sorprendido. O ha sido una gran novedad, depende de cómo se considere. Porque quién se esperaba hasta doscientas y pocas páginas de letra generosa con los présbitas sin apenas argumento ni otra tensión narrativa que la encomendada al que siempre es su punto fuerte: el lenguaje. Quiero decir, su uso intenso, abrasivo y muy personal del lenguaje.

La historia del narrador, que indaga en su propia peripecia personal con motivo de la muerte violenta de su amigo Jacobo, recién jubilado, no tiene apenas anécdota. Salvo hasta el final del libro, que a mi juicio es la parte más estimulante. Tampoco puedo asegurar que se trate de la mejor porque, lo abras donde lo abras, "La mala luz" muestra un flujo introspectivo de alta calidad literaria al que no le preocupa demasiado la precisión narrativa y sí los cambiantes motivos del recuerdo.

La prosa de Carlos posee un curioso efecto hipnótico, te embalsama en sus ensoñaciones para que no puedas salir de esa red malsana y evocadora. A veces creo que va a perder interés y, como si me leyese el pensamiento, se recupera de inmediato y consigue atraparme de nuevo. He salido de "La mala luz" como quien sale de una jaula de leones: acalorado, algo espantado, perplejo, feliz.

La trayectoria de unos personajes que parecen abocados a la destrucción, sea por méritos propios o por mano ajena, en ningún caso nos rechaza, no hay distancia ni frialdad en la descripción de tantas desventuras emocionales. Las vueltas constantes sobre la herida emocional que envenena al narrador parece que hurgan en el abandono con la misma delectación que si saborease un plato vital delicioso. A veces parece que vagabundea por su mundo en busca de recuerdos que le hagan sentirse peor. Se supone que para hallar en su historia las causas de la desolación presente, pero uno intuye que, encuentre una u otra cosa, el final va a ser el mismo.

No lo descubro, por supuesto, pues espero que algún lector de este blog que todavía no conozca a Carlos Castán decida adentrarse en las páginas casi ponzoñosas de "La mala luz". Es uno de esos pocos libros que no te dejan permanecer igual que antes de leerlos. Y la experiencia, doy fe,
merece la pena.


miércoles, 15 de enero de 2014

Philippe Jaroussky, porque no está el día para amargarse.







¡Qué barbaridad de hombre! 

Suspende de su voz con la misma ductilidad y tensión apacible que si estuviésemos observando a un volatinero mientras se juega la vida en la cuerda floja. Con la ligereza de lo evidente, de lo que no puede ser de otro modo. 

Hay peligro en dejarse embaucar por las evoluciones de su garganta. Podría ser que nos olvidáramos de respirar durante demasiado tiempo. Otros mejores han caído. 


P.D.: Hace unas semanas tuve ocasión de oírlo en Madrid, interpretando precisamente esta obra, entre otras, y fue lo que cuenta la entrada del vídeo: un orgasmo musical. Huelga decir lo que gustó al público, entregado desde el primer momento, y lo que lo vitoreamos. Está en otro nivel, sin duda alguna. 

domingo, 12 de enero de 2014

Merleau-Ponty inducido y gozoso





Luis Álvarez me ha sugerido indirectamente en facebook la relectura de "El ojo y el espíritu", de Merleau-Ponty. Y creo que a cualquiera le puede resultar tan sugerente como a mí el comienzo del libro, que fue lo que me enganchó definitivamente a sus (a veces) altamente confusas, pero siempre interesantes reflexiones: 

"La ciencia manipula las cosas y renuncia 
a habitarlas. Saca de ellas sus modelos inter­-
nos, y operando con esos índices o variables 
las transformaciones que su definición le per-­
mite, no se confronta sino de tarde en tarde 
con el mundo actual. Ella es, siempre ha sido, 
ese pensamiento admirablemente activo, in­-
genioso, desenvuelto, ese prejuicio de tratar 
a todo ser como “objeto en general”, es de-­
cir, a la vez como si no fuera nada para no-­
sotros y sin embargo estuviese predestinado 
para nuestros artificios.

Pero la ciencia clásica conservaba el sen-­
timiento de la opacidad del mundo, al que pre­-
tendía alcanzar con sus construcciones; he 
aquí por qué se creía obligada a buscar un 
fundamento trascendente o trascendental para 
sus operaciones. Ahora hay esto completa-­
mente nuevo —no en la ciencia, en una filo-­
sofía de las ciencias bastante extendida— 
de que la práctica constructiva se considera 
autónoma y como tal se da, y que el pensa­-
miento se reduce deliberadamente al conjunto 
de las técnicas de aprehensión que inventa.
Pensar es ensayar, operar, transformar, con 
la única reserva de un control experimental 
en el que no intervienen sino los fenómenos 
altamente 'trabajados', y que nuestros apa-­
ratos más bien producen que registran". 




Un comienzo arrebatador. A partir de aquí, lo que me quiera decir, que me lo trago (provisionalmente) como si fuera gominolas. Luego ya no me suele convencer tanto, pero qué más da. La lectura de sus textos es más aventura intelectual que estudio de una visión del mundo. En cierto sentido, me recuerda a Claude Levi-Strauss, otro francés contemporáneo. Por eso son tan subyugantes. Por eso atrae tanto la filosofía. 

viernes, 10 de enero de 2014

Impudicia bancaria


Muchos, y "yo, el peor de todos" (1), venimos denunciando la campaña de acoso y derribo a todo lo público que aún persiste en este malhadado país (2). Es decir, lo que no se han beneficiado ya la pandilla de mangantes privatizadores que nos han gobernado desde el 2011 y entre 1996 y 2004.

Hoy tengo ganas de injuriar a alguien, pero me voy a contener porque no es mi estilo (habitual) y tampoco está tan claro el objetivo. O sí. Izquierda Unida ha denunciado al Banco de España y a la Comisión Nacional del Mercado de Valores por la campaña pedagógica (léase "adoctrinadora") que han dirigido a los infantes con perlas cultivadas como "gracias al dinero que se recibe por trabajar se pueden pagar servicios como la educación, la sanidad o la vivienda". 

Es decir, que el que tenga parné, que se agencie lo suyo. Su colegio, su hospital, su seguridad privada, su casa de no protección oficial. Y a los demás que les den. 

La pregunta es para qué hostias vamos a pagar la burrada de impuestos que pagamos (los idiotas de a pie, que no las empresas) si luego no hay una mierda de servicio público, con calidad y universal. Porque eso que dicen de "gratuito", nada. Está pagado y bien pagado por todos nuestros impuestos. 

Y, en cuanto a los que no pueden pagar y se benefician de lo común, planteo a estos fachones una muy triste cuestión: ¿prefieren que "la chusma" (3) los atraque por la calle o tenerla contenta con cuatro migajas?

En fin, que esta mierda de gobierno está consiguiendo hacernos recaer en el más negro tardofranquismo, aquél que yo creía ya olvidado desde mi niñez en Navarra, esa España de color sepia-gris, enormemente cutre, pacata, absurda, esa sensación de "qué asco más rico" que pretendíamos ajena a nuestras vidas. 


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(1) Parafraseando a Sta. Teresa de Jesús. 
(2) ¿Todavía puedo calificar a España de "malhadada" sin caer en sanciones apocalípticas? ¿Puedo sentir? ¿Puedo opinar? Me temo que no a todo, como decía la Tamayaza.
(3) El Chavo del Ocho dixit.

jueves, 9 de enero de 2014

Mortadelo y Filemón en el Ministerio de Interior





Debería haber sucedido el 28 de diciembre, pero estos cachondos del gobierno lo han dejado para anteayer. Supongo que querían alegrarnos el año nuevo.

Pues van y cascan en un comunicado que van a hacer tremenda redada en la sede de los controladores de presos de ETA.  Los que vigilan que nadie se mueva en las cárceles, ni más ni menos. 

Y van estos y como, a pesar de no haber sido los más listos de la clase, tampoco son tan, tan, tan gilipollas, cuando quiso llegar la Benemérita a trincarlos, estaban en pleno proceso de destrucción de pruebas y diciendo lo de "aquí te espero, comiendo un huevo".  

Para que luego sigan metiendo caña con la movida del bar Faisán. 

Este gobierno podría dar risa a paladas si no fuera porque son tan mezquinos, absurdos, sectarios, incompetentes y cuatro o cinco cosas más que se me ocurren pero está mal decirlas en público. No me vayan a acusar de injurias a la autoridad, que ahora salen por un pico.  




Pero nadie va a acusar  a los responsables, y el ministro misicas a la cabeza, de que ha habido connivencia con banda armada. Es que los no adictos al PP sí que tenemos algo de sentido común y preferimos reírnos de su estupidez.

Casi como si leyéramos un tebeo. 



jueves, 26 de diciembre de 2013

domingo, 24 de noviembre de 2013

"Middlesex", de Jeffrey Eugenides (II).





La tradicional búsqueda de la "Gran Novela Norteamericana" por parte de todo escritor de fuste que haya surgido en los últimos cien años, por lo menos, es cosa que no deja de resultar algo chusca, vista desde fuera de USA. 

De hecho, no soy lector que vaya a tragarse ingentes montañas de datos sobre la evolución de tal o cual aspecto del Imperio. Me la suda. Sin embargo, Eugenides ha logrado que me interesase por la peripecia de tres generaciones de greco-norteamericanos, cosa que me tiene por completo sin cuidado. 

La capacidad de atracción de "Middlesex" es triple, cuando menos: por un lado el tratamiento complejo y minucioso de (algunos) personajes principales. Por otro, la enorme capacidad para la elipsis narrativa, que se dice, en quien páginas antes se demoraba lo indecible en contar el ambiente negro de Detroit, por decir algo, y no lo más pormenorizado. 

Y, no en último lugar, me he quedado encandilado por el lenguaje. La fluida prosa de Eugenides no es solo pirotecnia verbal (aunque la hay, y quizás en demasía) sino un flujo embalsamador que nace de la pasión por las figuras que está retratando y sus problemas, tan básicos y a la vez trascendentes. 

Incendio de Esmirna, 1922


Recuerdo el afecto de Callie por su abuelo Lefty, el primero en llegar a Estados Unidos. O las dudas y confesión final de Cal, ya adulto, a Julie Kikuchi, por quien se siente a la vez atraído y amedrentado. O la delicadeza con que retrata el comienzo de la relación a sus catorce o quince años entre ella y Oscuro Objeto, su compañera de clase, poco antes de la revelación que dará un vuelco definitivo a su vida y la hará entrar de bruces en el mundo de los adultos. 

Detroit, julio de 1967.


O la reconstrucción de los disturbios e incendios de Detroit en 1967, con una escena casi onírica: Callie, de niña, siguiendo en su bici la marcha de un tanque de la Guardia Nacional que irrumpe en el centro de la ciudad para encontrarse con su padre, que se atrincheraba en el negocio familiar. 

Hay también humor, no en vano se ha calificado esta obra de "comedia épica", pero no es del tono que me gusta y, salvo en contadas ocasiones, no le he prestado demasiada atención.

En cuanto a la primera persona en que se narra casi toda la historia, me consta que el autor ha tenido la firmeza de mantenerla durante más de quinientas páginas, a veces salpicada de tonos arcaizantes ("Canta, Oh musa..."), a veces regocijándose en lo vulgar. Hay algunos despistes que no acabo de entender (la aparición de un tal señor Cho, creo recordar que se llama, para introducirnos torpemente en el antro de San Francisco donde actúa Cal es uno de los más llamativos). 

Sin embargo, el efecto general es de una gran consistencia, con momentos inmejorables y la sensación de que este autor ha conseguido algo poco frecuente: que me haya replanteado los modos y las formas de mi próximo proyecto y, aún mejor, que no haya dejado de tener la mente ocupada con esta bella historia por espacio de más de dos semanas (1).

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(1) En los últimos tiempos, sólo me ha pasado lo mismo con Yasunari Kawabata. Ahí es nada.