Blog de José Mª Milagro-Artieda dedicado a dar cuenta de sus obsesiones (no solo literarias) y cualquier otro tipo de sandeces más o menos interesantes.
sábado, 25 de septiembre de 2010
No pensaba hacer huelga el día 29...
Por motivos tradicionales, más que meditados y que no vienen al caso. Pero tras la propuesta del obispado de que los católicos "hagan huelga contra todos" y lleven un distintivo blanco, estoy por ponerme los calzoncillos en la frente y salir a la calle a demostrar mi devoción mariana.
Sólo una preguntita: ¿cuándo va a dejar esa curia de mamarrachos de meterse en la vida de los demás?
viernes, 24 de septiembre de 2010
Deliciosas las explicaciones de los patres patriae catalanes respecto a por qué no prohibir los correbous, o bous al carrer, o bous de foc, o los tediosísimos encierros de mi infancia, o lo que les plazca. Al parecer, han de conservarse y promoverse "porque no hay maltrato, ya que el animal no muere". Y lo dicen tan panchos.
Ya me habían entusiasmado los finísimos puritanos de Herri Batasuna, siempre en busca del bienestar de su Euskal Herria, cuando hace unos años desaconsejaban el consumo de alcohol por evidentes efectos nocivos en la salud. Salvo, claro está, en el caso del chiquiteo. Que es cosa muy tradicional, forma parte de la cultura del vasco y entonces sí que se puede beber a destajo. Sidra vasca o txakolí, por supuesto.
De donde deducimos los mortales administrados algo que ya apuntaba este verano -entrada del 13/8, "Prohibir lo que se antoja"-. Hasta qué punto estas ideas salvadoras huelen a sacristía posmoderna. A liberación de vicios infames, a curas carlistones que te santifican a base de trabucazo.
Muy fina, tanto que se quiebra de sutil, la interpretación de unos y otros del artículo 33. Un día me lo tendrán que explicar con más detenimiento. Es que no alcanzo esas honduras.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Esto de viajar tan a menudo tiene pocas ventajas. Una es que se pasa demasiado tiempo inactivo y lo poco que puede hacerse es observar. Y pensar. No siempre con buenos resultados.
Al final de todos los veranos tengo la sensación de que proliferan las telas de araña. Mejor: los hilos sueltos intentando conquistar terrenos de paso absurdos, puesto que el quehacer se ve destrozado cada poco por los viandantes. Sin embargo, Aracne insiste torpemente.
Me imagino que será la previsión del otoño que ya se barrunta, la falta de sol, las madrugadas frescas, la abundancia de insectos atontados que son más facilones que un mes antes... Perspectivas de la muerte, en todo caso.
Este exceso de producción, este barroquismo delirante no sé si compensa la paga en calorías, pero por algo lo harán. No soy quién para cuestionar los motivos del rococó constructivo de las arañas. Ni los criterios con que insisten en enredarse en mi frente.
Sin embargo, no por eso tolero mejor su molestia pegajosa. Día tras día sigo siendo el gigante que arrasa las verdes huertas o el gran lagarto de un Tokio cualquiera.
Si ha de ser barroco, lo prefiero en literatura. O en música.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Avisos fuera del círculo santiguado
Sé de la literatura -literhartura la llamaba uno- que es ciénaga de todas las bajas pasiones. Difícilmente se dan en ella relaciones puras, descontaminadas de intereses o necesidades. Como estoy curado de espanto, simplemente no me relaciono y punto. Así me va.
Sin embargo, no preveía lo falsas e indecentes que pueden volverse ciertas sonrisas cotidianas. Sólo hace falta que estés un milímetro más expuesto a la luz pública. Hay que ver cómo amagan el colmillito afilado...
Lo peor es que en estos lugares no puedo aislarme de las alimañas. Por algo me gusta la literatura. Todos nos conocemos.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Tagliabue se va con unas cestas a Shanghai.
Porque éste es el aspecto del pabellón español.
Y la cubierta está elaborada con unas láminas de mimbre que dejan pasar la luz y a las que da la forma caprichosa e inestable que se ve en las imágenes.
Me encanta el aspecto medio rústico, medio sofisticado.
No obstante, estas crestas recuerdan peligrosamente a las de alguno de mis queridos poligoneros...
No obstante, estas crestas recuerdan peligrosamente a las de alguno de mis queridos poligoneros...
viernes, 10 de septiembre de 2010
La buena fiera
No sé bien cómo despierta esta fiera petrificada que duerme en el interior. Si embisto, sacude latigazos y no puedo abandonar muchos recuerdos. Cuando me puede la abulia parece que horada mejor, que sus lamentos me llegan hasta el corazón de algún remordimiento. Es un bellísimo animal.
Hay trascendencias que no nos afectan. Y el cansancio parece la actividad cotidiana: no sabemos adónde nos va a llevar, luego seguimos su insulsa corriente. Tememos que perdurará.
Dolor en las espaldas del conocimiento, en el oído que crispa la conciencia. Tengo un método para entender sus condiciones, esas alarmas pequeñitas de no sé bien qué perfil. La lluvia diaria no consuela.
Y ese remedo ácido, este septiembre de comezón que nos arrastra y borra el pasado para siempre. La hora ha llegado, y es de reanudar las líneas que se ciñen por milímetros y nos ahogan con esa dulce, sutil sensación de que estamos donde debíamos estar.
jueves, 26 de agosto de 2010
Sucede con la música, pero no sólo.
Estaba escuchando otra versión del "Sol da te", (Orlando Furioso, Vivaldi) distinta de la que bajé el 19 de febrero (la estupenda, emocionante interpretación de Magdalena Kozená con la Venice Baroque Orchestra) y, a pesar de no ser mala, no. No y no.
No me emociona. No me transmite esa necesidad de que las cosas sean de cierto modo y el resto, inadmisible. No consigue que traspase el momento concreto en que lo escucho y decida prescindir de lo demás. No es necesaria.
Cómo puede ser que un mismo tema alcance densidades tan diferentes, hasta el punto de que detestas unas y no podrías pasar sin la elegida, la perfecta.
Aunque no tiene nada que ver con la perfección técnica. Es más bien un estado moral de absoluto equilibrio entre lo que afecta y lo afectado. Es un pulso que siempre se acaba perdiendo. Esa sensación de que la dosis de belleza que te alcanza es excesiva. Pretendes resistir pero no hay manera. Los diques se desbordan. Es preciso desistir.
Y entonces, cuando has sucumbido y no opones resistencia y te bañan las mareas que nunca entendías, comprendes por fin: lo esencial es aquel registro perdido, la frase que nunca se piensa, el roce de un dedo que apenas ha marcado otra piel.
Ese precioso error.
martes, 24 de agosto de 2010
A parir panteras
El dudoso privilegio de ser como se titula este blog -desconocido-, de no haber tenido padrinos ni apoyos de ningún tipo, sólo ha servido hasta ahora de tranquilidad moral. Por lo demás, ha ido en detrimento de mi -hipotética- carrera literaria. No hay más que ver a Fulanos y Menganos. Cómo medran en el verano del País, a pesar de su manifiesta incapacidad para la creación -y para el orgullo propio y la vergüenza torera, claro-. Tanta que a veces me dan lástima, cuando el único lastimoso debo de ser yo.
En el lado positivo queda el no deber nada a nadie, el no estar sujeto a ninguna imposición. ¿Quiere eso decir que favorece el proceso creativo? No lo sé. No lo creo.
En realidad, estoy convencido de que cierta dosis de dificultades exteriores impulsa la ambición de sortearlas y, con ello, el momento creador.
No se escribe mejor necesariamente en la página vacía. A veces se necesitan pautas, sangrados, huecos para la foto e imposiciones del editor si se quiere llegar a la depuración. ¿Qué ha pasado en España durante estos 30 años largos de democracia? ¿A qué guerra civil, catástrofe planetaria o crisis de subsistencias están esperando esas panteras de la literatura para empezar a parir?
lunes, 23 de agosto de 2010
Estoy totalmente rendido a Hélène Grimaud
...Aunque mejor podría decir que me rindo a Beethoven con armas y bagajes. La única gran pasión de adolescencia, junto con la literatura, que todavía sigue siéndolo. Y va a más.
Hace poco leí un librillo de la estirpe de best-seller titulado "La décima sinfonía" tan sólo porque trataba de la posibilidad de que sí existiera una Décima Sinfonía completa (no los bocetos preliminares del primer movimiento que Ludwig dejó a su muerte; incluso han aparecido reconstruidos y grabados en CD y, por supuesto, me he apresurado a comprar). El libro no pasa de ser casi entretenido. Estoy pensando en donarlo a alguna asociación de marujas de Puerta de Hierro... En cuanto al disco, se parece a lo que podría ser un bis de la Séptima Sinfonía. Bastante mediocre.
Lo malo de Beethoven es que tomaba infinidad de notas, aparentemente anodinas, y de ahí desarrollaba los exquisitos movimientos que ahora conocemos. El ínfimo material de partida no prefigura en ningún autor con talento desarrollos excepcionales. Es lo contrario del autor mediocre, o de pane lucrando, o best-selleriano: con temas a priori interesantes y atractivos produce puta mierda.
Quizás lo único en que nos parecemos Beethoven y yo sea en eso de las notas. Ahora que estoy otra vez inmerso en un proyecto importante compruebo hasta qué punto su buen fin depende de las humildes impresiones, muchas de ellas recogidas en servilletas de papel o en recibos y libretas de diversa calaña, que configuran una visión compleja y sujeta a variaciones por motivos de dinámica interna, por los efectos que ejerce el lenguaje sobre sí mismo, que diría Ferlosio.
Esto habrá que tratarlo otro día. Ahora vamos a disfrutar de Grimaud, amante de los lobos y sutil (y enérgica) pianista que entiende muy bien al Sordo.
miércoles, 18 de agosto de 2010
Flavour of quid
Hace unas semanas, en Londres, curiseando en los almacenes Fortnum & Mason, me vi elegantemente abordado por un dependiente de cierta edad, finísimo él, con acento tan perfecto que pospuse el "Sorry, I'm just browsing" para disfrutar un ratito de su inglés. Me ofreció diversos perfumes, algunos propios de un acemilero con halitosis, otros ligeros como plumas, y al final desembocó en cierto 1872 de Clive Christian (yo tampoco tenía ni idea pero parece que es autor del perfume más caro del mundo), verdaderamente sutil y fresco, por no pasar a pormenores. Del shock que me produjo saber el precio sólo recuerdo que lo más asequible rondaba las 155 libras por 30 ml.
Allá do resido este mes han abierto una charcutería fina que tienta al más espartano. Ese guijuelo fantástico de cuatro años en bodega, a razón de 155 € el kilo (sale a casi 39 eurines el año de embodegamiento, que ya es salir), esa butifarra de salmón que no me he atrevido a probar, esas conservas selectas... Probé con el cerdo, cosa de la que entiendo un pelo y mi endeble estómago, pásmense ustedes, tolera de maravilla.
Un espectáculo ver cómo la charcutera diseccionaba levísimas lonchas, las desprendía de todo tipo de impurezas y venitas, las colocaba exquisitamente, envolvía el resultado en una bandejita de ¿papel? ¿plástico? con su cubierta de estraza finísima, su bolsita de cartón elegante, su casi media hora que tardó en culminar el invento.
Volví a casa como si portara viento bendecido. La verdad es que el jamón rondaba la mística, pero vaya. No sé si merece la pena el coscorrón.
Y todo esto viene al caso de constatar que no hay nada como experimentar lo excepcional para recaer en placeres comedidos, habituales. Ese olor a hinojo y hierbas secas que proviene de un terreno yermo junto a las vías. Esas deliciosas judías con patatas que me apetecen desde que llegué de Inglaterra y hoy van a sucumbir.
viernes, 13 de agosto de 2010
Se lo han buscado
Porque son tan torpes, tan evidentes, le echan tanto morro, que no me resisto a darles otro toquecito. Sí, hombre, sí: me refiero a los obispos.
En concreto, a la propuesta de fijar la edad de recibir la primera comunión antes de los siete años. Cosa que me parece más bien chusca y, en todo caso, me deja frío. Lo bonito llega con las explicaciones.
Porque dice Cañizares, prefecto de la congregación para el culto divino, sea eso lo que deba ser, que "el uso de razón parece haberse adelantado", por lo que los niños de pecho ya pueden ir recibiendo la primera hostia (perdón por el chiste fácil: era demasiado tentador). Que los niños "están viviendo en un ambiente adverso; a menudo, por culpa de sus familias", que no les dejan ser lo que dios quiere de ellos.
Es decir, que se debe librar a los infantes de la patria potestad, por lo menos en lo tocante a asuntos religiosos, para que se cumpla la voluntad de los cielos. Novedosa conclusión que podría romper con toda legislación civil desde el código de Hammurabi hasta la fecha, sospecho.
Sigue la deliciosa exposición de motivos: "no hay que pensar que esperando que sean mayores logren una mayor madurez y estén más preparados. Curas y padres tienen que procurar prepararles y acompañarles en el entendimiento". Para mí que contradice la idea anterior de que se les ha adelantado el uso de razón, pero bueno. Todo vale para el objetivo básico: pillarlos a traición, cuando no puedan protestar ni evadirse de las santas obligaciones. Cuando no sean capaces y otros decidan por ellos.
Y es que la formulación del cristianismo, tan sólo desde el punto de vista de la lógica, muestra ideas tan descacharrantes que no hay quien las sopese con un mínimo de lucidez sin preferir el cuento de Caperucita. A mí, al menos, me parece más coherente.
En todo caso, la declaración, hecha en L'Osservatore Romano, demuestra la pervivencia de la idea ya propuesta en su tiempo por el tío Paco: "no se os puede dejar solos". Y es que la "funesta manía de pensar" no conviene a nadie. Menos, a quienes afirman que tienen la posesión de la verdad porque sí.
No es de extrañar que, incluso en un país como éste, con tal alergia a la independencia de criterio y a no estar incluido en la cuadrilla de rigor, cada vez menos porcentaje de la población que se declara católica practique mínimamente o crea en los rudimentos de su doctrina. No digo nada de los ateos convencidos como yo.
Si tan seguros están de la validez de sus ideas, señores de la clerigalla, échenle huevos y esperen hasta la mayoría de edad legal, a ver cuántos se animan a comulgar.
¿A que no hay?
Prohibir lo que se antoja
Estos días que, por circunstancias, tengo que pasar en Cataluña, recuerdo antiguas impresiones de cuando trabajaba y vivía aquí. Y no, definitivamente, no me gusta el catalán. Me suena a híbrido entre español y francés, su fonética chirriante ataca la sensibilidad, la literatura local apenas me interesa y esa paranoia victimista de que llevan cuarenta años haciendo gala crispa los nervios dialécticos del más pintado. Joder, que está chupado entenderlo y no es tan difícil hablarlo con cierta fluidez. No es para tanto.
No obstante, y a pesar de que tengo docenas más de prevenciones contra esta gente, a la vuelta me veo defendiéndolos en Madrid. Más que nada, porque la crítica ignorante resulta peligrosa. Igual que me encanta poner a caldo a Zaragoza porque conozco bien sus defectos, me revienta que se critique injustamente o se aplique el tópico, sin más. Ya no vamos montados en burros ni hablamos con la máquina del tren. Tampoco Cataluña es ese lugar hostil que desearían ciertos cabestros de la capital.
No se puede insultar con eficacia sin tener conocimiento íntimo del insultado. Es decir, sin comprenderlo. Tampoco se puede prohibir algo por el simple hecho de que no guste, no se entienda, ataque la sensibilidad, choque con nuestra manera de ver la vida o nuestras creencias.
Nunca jamás se me ocurriría prohibir la práctica del boxeo, deporte que no me acaba de gustar, por la misma razón que, incluso en un mundo ideal, no perseguiría el catalán o cualquier otra lengua local, por inútil que pueda parecer vista desde fuera, por poco o mucho que nos agrade.
Sin embargo, escritores que, para mi sorpresa, no han dudado en defender el sacrosanto derecho de ciertas mujeres a mutilar su presencia, su voz pública, su autonomía personal, sus derechos más básicos por el medio de llevar unos trapitos, llámense hiyab, niqab o burka, son los mismos que defienden a capa y espada la prohibición de los toros.
Para mí que esto es el mundo al revés. Por un lado, la liberal sociedad en que vivimos permite que las mujeres islámicas sean silenciadas en su vida pública por motivos supuestamente religiosos. ¿Qué pasa con los últimos treinta años de liberación femenina e igualdad de derechos y responsabilidades? A la mierda, supongo. Si hay asuntos de moritos por medio, vamos a olvidarnos de esas zarandajas. Que se arreglen entre ellos.
Por otro, vuelvo del extranjero y me encuentro con la edificante noticia de que personas a las que no gustan los toros y que representan a muchas otras más a quienes no creo que hayan preguntado nada al respecto han tenido el cuajo de prohibirlos en Cataluña. Sin más.
Mudo de asombro ante tanta modernez, me pregunto por qué los politiquetes locales no se dedican a dar la tabarra en otro lado donde realmente haga falta y, por otra parte, qué piensan hacer para seguir protegiendo a los animales. Prohibir la matanza casera del cerdo sería algo en su línea, así como la caza y pesca deportiva (no la industrial: esa no da placer y, por lo tanto, vicio, que es lo que en verdad se prohíbe). Por cierto: esta idea es de raigambre estrictamente judeo-cristiana, y católica, por ende. No sé si alguien se ha dado cuenta de ese sutil aroma a sacristía.
¿O es que van a crear dehesas públicas en el Delta del Ebro para mantener rebaños de reses bravas y que no desaparezca la especie? De otro modo, ya se sabe: si un animal doméstico no rinde, se elimina. Piénsese en el simbólico asno, o ruc, como lo llaman por aquí. A partir de ahora, como no veamos toros en el zoo o en los libros de Historia Natural... Bonita manera de proteger especies animales.
El aire inquisitorial de esa gente, disfrazado de sensibilidad y defensa de derechos de los que no los tienen (los animales, no; las personas, sí, a ver si se enteran) es de dar miedo. Supongo que dentro de poco querrán garantizar mi derecho a no ver películas porno (degradantes para la condición femenina, o masculina, o animal, o transexual), a no desafiar la voz de la mayoría, ya que vivimos en democracia, a no mirar a la gente a los ojos, por aquello del derecho a la imagen y la intimidad...
Que sí, hombre: ya se sabe que si prohibimos todo aquello que no nos gusta, no hay quien nos pare. La cuestión está en por qué los bienpensantes no llevan las teorías al límite. Tanta sensibilidad atribuida a los rumiantes y tan poca a otros animales inferiores, incluso a los vegetales. ¿No se ha demostrado que las plantas también sufren al ser tronchadas? Pues eso, todos a comer piedras. A no poder matar piojos ni cucarachas. A dejar que los tumores se desarrollen y medren, ya que están llenos de vitalidad.
Por cierto: ¿de dónde sacan esos que la vida ha de ser un cuento sensiblero y tontorrón?
miércoles, 21 de julio de 2010
Lamento della ninfa, Monteverdi, La Venexiana
¿No oís cómo se desgarra, de qué forma tan obscenamente dolorida demuestra su pasión? ¡Miserella!
"Amor", dicea, il ciel
mirando, il piè fermò,
"Dove, dov´è la fe'
che'l traditor giurò?"
Miserella, ah più no, no,
tanto gel soffrir non può.
"Fa che ritorni il mio
amor com'ei pur fu,
o tu m'ancidi, ch'io
non mi tormenti più".
¿No os recuerda a la Bucólica VIII de Virgilio?
Traedme de la ciudad a casa, traedme a Dafnis, ensalmos míos.
Estos despojos me dejó una vez aquel pérfido, sus prendas queridas; ahora, bajo el mismo umbral, te los confío a ti, tierra: estas prendas me deben a Dafnis.
Traedme de la ciudad a casa, traedme a Dafnis, ensalmos míos.
Estas hierbas y estos venenos cogidos en el Ponto me los dio Meris mismo. Con éstas lo he visto muchas veces convertirse en lobo y esconderse en los bosques, sacar muchas veces las almas de los sepulcros profundos y cambiar a otros sitio las mieses sembradas.
Traedme de la ciudad a casa, traedme a Dafnis, ensalmos míos.
Saca fuera las cenizas, Amarílide; tíralas a la corriente del arroyo, tras tu cabeza, y no mires atrás. Con éstas voy a atacar a Dafnis.
El amor también produce escalofríos, y no precisamente de placer.
martes, 20 de julio de 2010
lunes, 19 de julio de 2010
Cuentos con poco que contar
No hace falta decir que cualquier tema es válido para ser contado. Incluso puede afirmarse que cualquier historia, la mínima anécdota, son territorio del cuento (o de narraciones más amplias) por poca chicha que aparentemente tengan que contar. Se me ocurre el caso magistral de "Dublineses", de J. Joyce, aunque los ejemplos son innúmeros. Todo depende de cómo se haga. De la capacidad técnica y de la intención (y del gusto, las buenas lecturas, la sensibilidad, la cultura personal...)
Hace algunos meses critiqué la novela del argentino Patricio Pron "El comienzo de la primavera" (entrada de 30/4/2009). No fui demasiado benévolo, a pesar de que es escritor de los que se llaman "de raza". Me pareció que su tema era insulso y los alardes técnicos buscaban epatar al paleto literario. No me gustó, en definitiva.
Pero uno, ya lo saben mis contados lectores, es tonto de repetición. Y acabo de leer su libro de cuentos "El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan". Excelente título, desde luego, que se corresponde con uno de los cuentos más salvables del volumen. Buena parte del resto son intentos fallidos.
No niego que está mejor escrito que la novela ganadora del Premio Primavera, con mejor prosa y más adecuación de recursos técnicos al asunto tratado. Incluso hay una primera historia, titulada "Las ideas", más que notable. El problema en este caso es una tendencia literaria que estoy detectando en los últimos tiempos a escribir historias que apenas son una anécdota, que no tienen tensión narrativa ni vuelo ni drama ni enjundia. Que son una sosada, para entendernos.
No sé si es influjo del Realismo Sucio, del posmodernismo norteamericano de los noventa, un nihilismo impostado o qué. Tampoco deseo perder tiempo en rastrear sus orígenes. El caso es que éste y otros escritores, normalmente jóvenes, parecen haber descubierto una fórmula comodísima para acabar un cuento: prolongan una situación mínima por el método de quebrarle el espinazo narrativo, impiden que se desarrolle, que cobre interés, a menudo lastrándola con infinidad de descripciones inanes o con un seguimiento notarial de las andanzas absurdas de los personajes (véanse "Es el realismo" o "El estatuto particular"). Y ya está.
Para que el intento tenga la eficacia pretendida hace falta el sentido del lirismo, el talento, la mesura y el mundo interior que sólo los grandes han mostrado. Todo lo demás está condenado a empalidecer ante los modelos e incluso a parecer desprovisto de fundamento (¿para qué tantas páginas absurdas?) que es lo que acabo pensando en más de una ocasión.
Dicho de otro modo: cualquiera tiene ideas tontas a patadas. Trabajo esencial del buen escritor es desechar un alto porcentaje de ellas y quedarse con la veta de interés. Una de cada cien. Por mucho oficio y cualidades que añadamos a un tema insulso, insulso se queda. Hace falta saber seleccionar. Y no creer que los lectores se tragan cualquier cosa por la cara.
Patricio Pron es bastante joven y tiene talento para el oficio. Quizás le sobra ese prurito de imitar constantemente a los maestros. También es cierto que sólo el tiempo y la práctica corrigen este defecto. No obstante lo dicho anteriormente, "El mundo sin..." tiene media docena de cuentos de interés y, en general, está solventemente escrito. Para lo que nos traen las mesas de novedades, nada desdeñable.
martes, 13 de julio de 2010

Como últimamente estoy cansado de pensar del mismo modo y cuando dicen que debo pensar, recomiendo este enlace: http://www.attac.es/
Refrescante.
domingo, 11 de julio de 2010
jueves, 8 de julio de 2010
Pola Oloixarac nos enseña el nuevo arte de escribir no-velas (II)
O eso dicen los fans de esta estrellita. Afortunadamente, a cada acción corresponde una reacción con igual fuerza. Y es que los modernos a la violeta son incansables.
Pero con la prueba de la lectura desapasionada, la única que valida realmente un libro, se descubren cosas evidentes que nos habían querido escamotear. Y lo peor es que estos talibanes de la novedad suelen hacerlo acusando a los que no son de su cuerda de todos los males.
Por supuesto, son (somos) reos de falta de modernidad. Que vale, se entiende que si no te tragas el pestiño de la señorita Caracciolo, o de Vilas, o de Mora y todos los nocillos del país (y anda, que no proliferan) no puedes estar a la última. Cosa discutible, pero tampoco quiere decir nada sobre la relevancia de sus tochos encuadernados.
En el caso que me ocupa, no he encontrado en el volumen mejor acicate para concluirlo que el escribir una crítica para http://www.literaturas.com/ (supongo que aparecerá en el próximo número) y concluir estos comentarios. Disciplina, disciplina y disciplina, como diría el otro.
No ha habido goce, salvo en contadísimos párrafos que quedaban diluidos en el tostón general. Ni sentido del humor relevante. Ni emoción. Ni pintura de personajes. Ni teorías llevadas a algún fin de interés. Ni acción novelesca que merezca la pena recordar. Ni... Suma y sigue.
Sí he visto una prosa decente a ratos, cuando no se deja llevar por la verborrea pseudo-ensayística, atisbos de que la autora puede llegar a trabar algo más consecuente si se deja de pajas mentales y CUENTA algo...
No sé. Me parece floja cosecha para tan gran esfuerzo. Y, sobre todo, no admito que estos pavos a la moderna quieran hacer sentir idiota al lector cuando sólo se trata de intentos fallidos. Quizás interesantes en teoría, pero hueros de resultados. Y muy, muy aburridos.
jueves, 24 de junio de 2010
El dulce manicomio
Cosa notable calificarla como "deliciosa", pues la acción se sitúa en plena Segunda Guerra Mundial y en un manicomio polaco no lejos de Varsovia ni de su rebelión contra las tropas nazis. Y los tiempos no estaban para muchas alegrías.
No obstante, el halo de lirismo, de juego y canción popular que permea las páginas de este libro estupendo no decae ni siquiera en los momentos más duros, cuando la tragedia aparece por fin y decanta lo que al principio era sólo sospechas, como el destino que acaba por deshacer de un modo u otro a todos los personajes.
En cierto modo, "El manicomio" me ha recordado esa soberbia descripción del paisaje antes de la batalla que es "Los ojos del bosque", de Julien Gracq. En ambas hay un extraordinario uso del lenguaje y una acción que parece dilatarse sobre sí misma antes que acontezca lo inevitable.
Pero deberíamos haberlo intuido, pues la novela comienza con una carta de despedida. La mayor parte de la narración se centra en recordar los hechos anteriores a ésta. Y ahí encontramos algunos de los momentos más refrescantes.
En particular, no se me va de la memoria la escena del cumpleaños de Sonia. Bienczyk ha conseguido en media docena de páginas la sensación de un momento de absoluta felicidad que, como todos, se ve engranado con pequeñas tristezas, premoniciones fatales, temores inconfesados. Los personajes diríase que intentan atraparlo con las uñas para que se alargue, y eso hace el momento aún más intenso. Y bello.
También es destacable el personaje principal, Jurek, contable y narrador del manicomio de Tworki, ante cuyos ojos parciales y algo inmaduros desfilan un tropel de personajes diversos que sólo tienen en común el afán por vivir.
No es menos relevante el trabajo arduo e inspirado de la traductora, Maila Lema Quintana, que logra verter a un español fresco y creíble las rimas infantiles y juegos de palabras constantes y ese ritmo como de vals, o mazurca, o berceuse, o todos juntos, que es la novela entera. Un prodigio de buen hacer e inspiración.
Para no perdérsela.
martes, 15 de junio de 2010
lunes, 31 de mayo de 2010
Leyendo una entrada de un blog ultramarino lo he recordado: hay un personaje de mi primera novela publicada ("No es suficiente", Ópera Prima, Madrid, 2000) que se dedica a observar minuciosamente las nubes. El detalle es autobiográfico, como tantos de aquélla. Yo mismo lo hacía en formación mientras me tenían retenido dentro del C.I.R. de Palma de Mallorca, hace ahora 26 años. Desde entonces no he vuelto por ahí, pero seguro que el paraje está irreconocible. No así el cielo. Espero.
Entonces no había otra opción para escapar del tedio y la presión psicológica. No sé cuál era más insufrible. Luego descubrí que la tensión, o el miedo, podían lograr una zapa más devastadora.
Me molestaba el sinsentido de las guardias, esas horas timadas al sueño o al sentido común, ese ridículo estar sin hacer, sin ser permitido, sin ser.
En cierto modo, el trabajo en que dormito tiene que ver con esa sujeción tan lejana. Me han hecho creer que es por un motivo. O que debería gustarme mucho. O que es parte consustancial de mi existencia.
No entiendo nada de eso. En todo caso, salgo a la calle, levanto la cabeza y me dispongo a escrutar. Hay tanta calma en lo que no es alcanzable...
martes, 25 de mayo de 2010
Y además Stephano Landi, para los que no lo conozcan
Que redunda en lo dicho anteriormente. Ahora canta Marco Beasley, también con L'Arpeggiata de Christina Pluhar.
Pur ti miro, pur ti godo
Donde se demuestra una vez más que lo antiguo es fuente de disfrute y capaz de activar la imaginación creadora si se contempla con ojos nuevos y nueva sensibilidad. Y, cuanto más antiguo, mejor.
El barroquísimo Monteverdi, tan coñazo en alguno de sus libri madrigalescos, aquí crea afición. Sales de esta experiencia como de algunas tardes grandes en Las Ventas: toreando por la calle de Alcalá.
Y otra vez el señor Jaroussky, esta vez con Nuria Rial y tan exquisito como sobrado de facultades. Si es que nos están viciando...
domingo, 16 de mayo de 2010
Vanitatis
Para ser sincero, creo que hay una motivación imprescindible a la hora de ponerse a escribir. Y no es la misma en todos los casos.
Algunos, los más, lo hacen llevados por la vanidad. Yo, afortunadamente, he conseguido domeñarla hace ya bastantes años. Resultaba enojosa, estéril y muy pesada de llevar a hombros. Y, sobre todo, entorpecía el estilo. No hay más que ver a tantos que crearon cosas interesantes en épocas de dichosa indiferencia y luego fueron incapaces de elevarse un milímetro cuando ya se conocían. Penosa sensación.
En mi caso, no hay duda. Necesito sentirme mal.
No me refiero a estar devastado por la frustración ni a haber experimentado una desgracia tremebunda. Ambas situaciones reducen la voluntad de crear a un amasijo borde, inerte. Más bien, hablo de esa sensación de que "algo pica en la punta de los dedos", esa leve insatisfacción porque el mundo está ya organizado a tu alrededor, te la trae floja si de mejor o peor modo, incluso pasas de entender por qué cambia siguiendo pautas que, por otra parte, ya habías previsto...
En fin, que no te gusta lo que ves y deseas recrearlo en tu interior. Hacerlo de otro modo. No necesariamente para mejorar lo que sabes inmutable, pero sí de modo que permita tu presencia y un par de gramos de sentido. O de sinsentido iluminador.
Sin embargo, hay algo más que no puedo identificar y es tan necesario como lo anterior. Porque lo descrito es el mundo de diario. Lo que soportamos de mejor o peor grado. Y no necesito aclarar que no todos los días estamos para pasarlos delante de esta pantalla de ordenador devanándonos la sesera.
Ese otro motivo que me obliga a sentarme en lugar de vivir lo que ya conozco puede que sea el simple aburrimiento, o acaso la intervención de las musas.
O quizá lo que no quiero confesarme.
martes, 4 de mayo de 2010
¿No es divertido ver estos días el vaivén alocado de la bolsa española?
Hoy baja un cinco por ciento debido a un estúpido rumor que ni el cuento de Caperucita. Mañana sorprenderá con escaladas de vértigo por motivos tan peregrinos como el "repunte de las expectativas" o la "vuelta de la confianza". ¿Confianza en qué, si no es más que un casino infame donde sólo se puede ganar apoyándose en la desgracia de otros muchos?
De todos modos, quién tuviera unos millones de euros para apostarlos mañana mismo al -inevitable- caballo ganador...
viernes, 9 de abril de 2010
Y ésta, la de 2010...
En España, claro. En Argentina lleva ya dos años revolviendo las aguas. Y como la chica es guapa, parece lista, muy poco humilde y han hablado tan bien de la novela, qué menos que concederle una oportunidad.
Aquí la publica Alpha Decay. En la contraportada, decía, lleva comentarios elogiosos de lo más granado de la modernidad cool patria. Con saber que hasta Vicente Luis Mora, atento siempre a todo tipo de fruslería espeluznantemente renovadora -con tal que aburra a las marsopas y provenga del otro lado del Atlántico- la ha saludado como lo mejor... Vaya, que ardía en deseos de echarle el ojo.
Que está que cruje, nadie lo va a negar, pero hay ciertas turgencias que no lo son tanto trasladadas al papel. Ni a la prosa de su blog (http://www.melpomenemag.blogspot.com/) que tampoco me parece la bomba, precisamente. Y es que eso de escribir textos sólo aptos para los que están al loro de yo qué sé qué modas, tendencias o chorraditas tan perecederas como el periódico de hace una semana... De verdad que resulta una pérdida de tiempo.
Aquí la publica Alpha Decay. En la contraportada, decía, lleva comentarios elogiosos de lo más granado de la modernidad cool patria. Con saber que hasta Vicente Luis Mora, atento siempre a todo tipo de fruslería espeluznantemente renovadora -con tal que aburra a las marsopas y provenga del otro lado del Atlántico- la ha saludado como lo mejor... Vaya, que ardía en deseos de echarle el ojo.
Y lo he echado. En la versión argentina (Editorial Entropía) y en la de aquí, por si acaso las adaptaciones. Son idénticas, claro, pero las ediciones suramericanas me traen muy buenos recuerdos y así justifico el dispendio absurdo.
Por lo pronto, sorprende que alguien, sea chica mona o bigardo cavernario, se permita el lujo de escribir con la falta de sentido del mensaje que exhibe Pola Caracciolo (así parece que se apellida la moza). Me refiero a que todo acto de comunicación lleva implícito el receptor, pensaba yo. A Pola se la suda.
Con tal de demostrar a cada momento que sabe más que nadie y que es capaz de esconder cualquier pavada tras un flujo de expresiones abstrusas, ella es feliz.
Los lectores no tanto, como podéis imaginar. La cosa, que podría ser un pestiño del doce, a veces tiene su gracia. Lo que sucede es que no comparto mucho su sentido del humor y en bastantes ocasiones tampoco el noventa por ciento de las alusiones y referencias a la realidad argentina que repletan el libro. Un pequeño problema que a nadie le ha impedido disfrutar, por ejemplo, de textos sumerios de hace tres mil y pico años pero sí, al parecer, de las exquisiteces de la Oloixarac. Tonto de mí.
Que está que cruje, nadie lo va a negar, pero hay ciertas turgencias que no lo son tanto trasladadas al papel. Ni a la prosa de su blog (http://www.melpomenemag.blogspot.com/) que tampoco me parece la bomba, precisamente. Y es que eso de escribir textos sólo aptos para los que están al loro de yo qué sé qué modas, tendencias o chorraditas tan perecederas como el periódico de hace una semana... De verdad que resulta una pérdida de tiempo.
(Continuará...)
jueves, 25 de marzo de 2010
Así que ésta es la revelación del 2009...
También me he empeñado en leerla y, como suele suceder en casi todas las novelas, tiene cosas buenas y malas. La gracia está en el cómputo y disposición de unas y otras. Y en el poso que queda a la postre.
Veamos: Fin comienza con la impresión, mantenida a lo largo de muchas y bastante tediosas páginas, de que estamos ante una novela de tipo generacional. Una serie de personajes, antiguos miembros de pandilla adolescente, se juntan en un refugio en mitad de un paraje deshabitado y dirimen a medias asuntos que no tienen más interés que los de cualquier programa de cotilleo. Falta tensión dramática sostenida. Los brotes de revelación se diluyen en conversaciones anodinas y no logran captar el interés.
Los diálogos son algo forzados, tardan bastante en resultar naturales, aunque no les falta agilidad; el narrador parece tomar la posición de un simple acotador teatral. De hecho, al comienzo de cada "escena" hay una suerte de dramatis personae que va encogiéndose progresivamente.
Cuesta diferenciar un personaje de otro: el parlamento de uno podría ser aplicado a cualquiera y no se notaría el cambio. No hay individualización de las voces. Si no fuera por las escasísimas acotaciones, sería imposible enterarse de los entresijos de sus mediocres existencias.
De pronto, sucede algo que no debo contar, por aquello de que chafaría el misterio, y la historia toma un rumbo al principio desconcertante, aunque cada vez se adivina con más nitidez. Ahora estamos ante una novela de desastre planetario, una fantasía de ciencia ficción (concretamente, relacionada con la inglesa de mitad de siglo XX). Los personajes van desapareciendo. Ellos atribuyen este hecho oscuramente al único amigo de la pandilla que no ha aparecido por el refugio. Muy al final se descubre que no es así. Aunque tampoco se sabe por qué ha desaparecido todo el mundo de golpe y, sin embargo, ellos van dejando la escena muy apropiadamente, de uno en uno.
Que conste que estas páginas, quizás las menos justificadas argumentalmente, son las mejores del volumen. Si bien no levantan el juicio más bien negativo que merece Fin, reconozco que son las únicas que me han interesado.
No las descripciones pasiajísticas, que se empeñan en demorar sin pizca de motivación o interés para el lector una acción acelerada y atractiva. Sin embargo, escenas como las sucedidas en un chalet de la urbanización cercana, en Villallana (creo que así se llama el pueblo fantasma) o en una gasolinera canina están mucho mejor escritas y dan una idea de lo que David Monteagudo puede ofrecer en un futuro. Si afina bastante su pluma, claro.
El final es bueno, pero insuficiente: no puedes "documentar" el mínimo detalle realista de unos lugares, sucesos y personajes para, de pronto, ocultar lo más importante. Hay una falta de coherencia entre los dos miembros del texto, por decirlo en términos lingüísticos, que hacen que la estructura chirríe y se pierda en parte el principio de verosimilitud. Virtud del narrador es hacer que la segunda mitad del libro sea la mejor, todo hay que decirlo.
En cuanto al uso del narrador, campo de batalla de casi toda la ficción última en español: ¿qué demonios es, aparte de un ventajista? Unas veces toma un punto de vista desapasionado (narrador-cámara, o casi), otras conoce todo lo que sucede e incluso anticipa acontecimientos, otras toma partido por algún personaje... Creo que es tener mucho morro utilizar según interese los registros del teatro, del cine o de la novela realista con narrador a modo de dios omnisciente.
Para ser la revelación del año, según han querido hacernos creer, poco o casi nada. Una primera novela reseñable más por el hecho de serlo (primera, digo) que por otros motivos. Y David Monteagudo está todavía un poquito verde. No es mal escritor, pero debe mejorar en tantos aspectos al menos como virtudes ha mostrado en este primer intento. Se le adivinan buenas maneras, pero hay que esperar, dada su edad, que sea de aprendizaje rápido y progrese a buen paso. De otro modo, estos brotes verdes se agostarán muy pronto.
Lo que me lleva a admiración es lo machacado que anda el gusto de críticos, ciertos lectores y gentes diversas cuando jalean la novedad como si fuera cosa del otro jueves. ¿No hay nada mejor o no saben verlo entre las toneladas de escritores noveles que abarrotan las librerías?
Me temo que Monteagudo no nos va a librar de tantos males. Por lo menos, de momento. Habrá que esperar.
martes, 23 de marzo de 2010
Un regalo algo tontorrón, pero delicado y muy decadente
S'il est vrai, Chloris, que tu m'aimes
(mais j'entend que tu m'aimes bien)
je ne crois pas que les rois mêmes
aient un bonheur pareil au mien.
Que la mort serait importune
de venir changer ma fortune
pour la felicité des cieux.
Tout ce qu'on dit de l'ambroisie
ne touche point ma fantaisie
au prix des grâces de tes yeux.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Ingenuidad
Me daba penita que una novela variada y estimulante como Parece septiembre pasara desapercibida y que tan pocas personas la hubieran leído debido a lo precario, por no decir cutre, de su distribución. Así que la presenté al premio Villa de Madrid (Premio Gómez de la Serna de narrativa) para obras publicadas en Madrid en el 2008.
Esto fue el año pasado, cuando aún veía alguna posibilidad de redención o era un poco menos escéptico sobre estas cosas. De todas formas, lo mío con los premios literarios va para antología de la estupidez.
Pues bien: se falló el premio, no fui el ganador, como era de prever, y hoy me he pasado por la dependencia municipal para recuperar los cinco ejemplares de la novela que había depositado. Y los he recuperado de un sótano fresquísimo y muy organizado que olía demasiado a cañerías.
En perfecto estado. Tan así que, habiendo salido intactos de la editorial, han vuelto a mis manos con señas evidentísimas de no haber sido siquiera hojeados. La edición en rústica tiene la ventaja de que chiva inmediatamente cualquier indiscreción.
"Lo que hay que hacer en adelante", me he dicho tras gran cavilación,"es seguir la estela de los autores buenos que en esta república de las letras son y mandan: public relations, cuadrillita de amiguetes y escalafón hasta alcanzar el Parnaso".
O escribir algún día tan bien como ellos, claro. Pero antes prefiero dedicarme a la cría de caracoles.
lunes, 8 de marzo de 2010
¡Cuidado con la Grosse!
Aquí la tenéis, compuesta en 1826, descartada de su cuarteto de cuerda opus 130 porque los burgueses de la época no podían soportarla. Y es tan tremenda que, como en aquel disco de Bowie, debería llevar la leyenda: "Escúchese al mayor volumen posible".
Ese sonido crudo y brutal pero armonioso, siempre a punto de la disonancia, siempre dentro de la norma que va buscando quebrar...
El video, además, me parece bastante afortunado. Lástima que no esté completa porque es un monumento. Impasible salir de su escucha como si no hubiese pasado nada. Algo tiene que cambiar dentro de uno. Tanta energía, tal delicadeza en las partes tranquilas, tal experimentación -que se me antoja totalmente futurista- partiendo de la mayor fidelidad a su estilo personal...
Y el Leipzig String Quartet me gusta especialmente. A la altura del Juilliard, por lo menos.
Ese sonido crudo y brutal pero armonioso, siempre a punto de la disonancia, siempre dentro de la norma que va buscando quebrar...
El video, además, me parece bastante afortunado. Lástima que no esté completa porque es un monumento. Impasible salir de su escucha como si no hubiese pasado nada. Algo tiene que cambiar dentro de uno. Tanta energía, tal delicadeza en las partes tranquilas, tal experimentación -que se me antoja totalmente futurista- partiendo de la mayor fidelidad a su estilo personal...
Y el Leipzig String Quartet me gusta especialmente. A la altura del Juilliard, por lo menos.
Schnittke
Pero también he estado escuchando estas cositas de Schnittke, bastante más convencionales...
Hasta el punto de que se le ha considerado el último continuador de la tradición sinfónica del siglo XIX. Y es cierto que sus referencias a la tradición son constantes. A la Grosse Fuge, cuarteto de cuerda op. 133 de Beethoven y a medio romanticismo, entre otros. Aunque no siempre se las tome tan en serio como podría creerse .
Por algo me siento cercano a este señor. Puede que mi manera de escribir también sea un resto de ciertos pleistocenos verbales. Pero ya me diréis si la intensidad, la pasión y el logro estético, por no decir espiritual, que queda muy cursi, no merecen la excursión a los parques de antes.
O si ya estoy muy p'allá.
Hasta el punto de que se le ha considerado el último continuador de la tradición sinfónica del siglo XIX. Y es cierto que sus referencias a la tradición son constantes. A la Grosse Fuge, cuarteto de cuerda op. 133 de Beethoven y a medio romanticismo, entre otros. Aunque no siempre se las tome tan en serio como podría creerse .
Por algo me siento cercano a este señor. Puede que mi manera de escribir también sea un resto de ciertos pleistocenos verbales. Pero ya me diréis si la intensidad, la pasión y el logro estético, por no decir espiritual, que queda muy cursi, no merecen la excursión a los parques de antes.
O si ya estoy muy p'allá.
domingo, 7 de marzo de 2010
Posturitas
Sólo yo sé lo que me habré aburrido. Pero, sea por tozudez, sea por rectitud o por afán de perfeccionismo, decidí que lo iba a leer entero. Así que dejé el volumen al lado de la cama y cada noche le daba un meneo.
Pues bien: ya he terminado la tarea y me permito el lujo de opinar con conocimiento de causa sobre el último intento narrativo de Manuel Vilas.
En primer lugar, hablemos de su prosa: si soy amable, la calificaré de plana. Tampoco es cierto: considerarla plana indicaría falta de interés por atrapar al lector y ya hay otros que pescan desde hace tiempo en esos océanos de tedio. No sé cuál habrá aprendido del otro, pero deberían hacerse la ola cuando coincidieran en uno de esos saraos locales. Son siameses. Aunque con una clara diferencia de horizonte estético y nivel formal, todo hay que reconocerlo.
Este libro es algo menos malo. Manuel Vilas intenta anular o, dado su gusto por los coches, atropellar al lector con el uso reiterado de tres o cuatro nulidades narrativas. A saber: la enumeración, la yuxtaposición como única posibilidad de expresión de una cierta sentimentalidad, el abarrote de datos inútiles a que debe de ser adicto, pues ni en los pocos momentos que logra remontar el vuelo literario es capaz de ahorrárnoslos, y cierta estética entre irónica y ácida de la que hablaré más adelante.
De ese modo, a fuerza de desesperar, acaba ganando por puro aburrimiento lo que él mismo plantea como un combate contra el sentido estético y literario del más curtido. Vilas erosiona el cerebro y, en una suerte de síndrome de Estocolmo literario, casi logra que pensemos que eso es escritura capaz. La única moderna, la que debe leerse ahora. Pero no lo es.
En cuanto al narrador... El yo narrativo de Vilas es de esos que, de entrada, cae bastante gordo. Las posturas a que me refiero en el título aluden a sus mohínes facilones, a esa apariencia crítica pero, en verdad, complaciente con que construye su único personaje que merece la pena: él mismo, transmutado en narrador. (No tengo nada contra Manuel Vilas en la vida real, con quien coincidí en la universidad, aunque sin tratarnos, y de quien tengo referencias como buen compañero de trabajo y persona de enorme sensibilidad social).
Tampoco me parece mal la primera persona literaria, sea evidente o se disfrace. Pero es un truco que, como todos, hay que saber usar para que no se descorra el telón antes de tiempo y nos deje con la tramoya a la vista.
Alguien a quien quise diría de gente así que "es un malasombra". Pues eso, un desaborío y un malasombra me parece la voz que conduce, o más bien ahoga, al lector en su pesadísimo viaje por personajes más o menos trillados o interesantes, da igual, pero nunca creíbles.
En realidad, no son personajes sino sombras sobre las que el narrador proyecta su visión de la realidad. Hay quien la ha considerado renovadora. A mí me parece aburrida, estéril, cargante. Ya me desagradó profundamente en "Z". Pensaba que habría evolucionado un poco pero años después sigue en la misma línea. Y da un paso más: más agilidad, más variedad de referencia, más abrumadora carga de hechos inanes. O sea: nada pero mejor presentado.
Otros ya han analizado este libro y celebran no sé qué modernidades a bombo y platillo, pero yo no deseo entrar en los contenidos político, moral o sociológico de las memeces que expone Vilas, por mucho -pretendido- humor con que los arrope. El libro no ha superado la primera barrera de mi apreciación como simple lector y de ahí poco se puede sacar. Si no pretende o no es capaz de elevarse por encima de esa mediocridad estéril -y esterilizante de un modo malsano-, no puede ofrecer nada.
No es que no me haya gustado el libro; es que, como unos cuantos que llevo sufridos en los últimos años, "Aire nuestro" es ejemplo del peor modo en que se está escribiendo en este país y de lo que no debería ser nunca considerado modelo para nadie con una pizca de sensatez literaria. Seguro que ya están imitándolo. Como si lo viera.
sábado, 6 de marzo de 2010
Una muestra de lo que he leído esta mañana en el New Yorker
Y, como buen esnob, me he apresurado a comprar.
Lo peor de todo es que me gusta, tú.
Lo peor de todo es que me gusta, tú.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Aviso para imprescindibles
La vuelta al pasado de Daigo (protagonista de Despedidas, una excelente película de Yojiro Takita) se condensa en el encuentro fortuito de una piedra que su padre le dejó como único recuerdo antes de abandonarlo. Una simple piedra de río que, de acuerdo con su textura y color, indicaba el estado de ánimo del donante.
Algo me ha llevado a pensar en quienes fueron personas tan importantes en mi vida y, de repente, desaparecieron sin más. De muchos me quedan piedrecitas de río dispuestas como en el cuento, a modo de reguero de imágenes que sirven para rememorar. Con los años la textura se va uniformando. En general, han perdido su rugosidad, los bordes irritantes, la estridencia de algún tinte forzado.
Agrada encontrarlas en los fondos de los cajones y sentir esa dulzura acre, casi violenta, de recuerdos que no deseaba pero tampoco me hieren como entonces.
Recuerdo todos los días a mi padre. Todos. Entre otras cosas, por la bellísima pedregada de palabras que me ha dejado en herencia. Podría reprocharle un par de cosas que todavía me alcanzan pero, para qué. Tengo su manera de hablar. Cuando cito algún giro que le pertenecía es como si entablásemos una de esas conversaciones adobadas de sentido común que acababan como el rosario de la aurora. Qué poco coincidíamos Julio y yo. Qué pocas cosas compartíamos, pensaba yo entonces. Sin embargo, siempre las poníamos libremente sobre el tapete.
Ahora me gusta ver los guijarros que salen por mi boca y pensar que tenía razón el más antiguo (*). Por eso no fió su posteridad al imposible de la vida eterna ni a las obras admirables, que también perecen, sino al recuerdo oral de su gesta.
Julio, sin siquiera imaginarlo, dejó memoria de su existencia en ésta que repite sus palabras. Algún día también sus mejores gestos acabarán por parecerse.
(*) Gilgamesh, por supuesto. Quién, si no.
viernes, 19 de febrero de 2010
Magdalena Kozená.
Ella, espléndida sobre el escenario, dorada, rubia, altiva. La orquesta, en el mejor momento de la noche. Una chica joven que parecía violinista del montón apareció de repente con un pífano, se colocó junto a Magdalena y comenzó a descendernos una catarata estremecedora que no parecía terminar.
Todo se nos venía encima sin poder evitarlo. Recordé a los que no estaban en ese momento, los que deberían sentirse apabullados como yo y comentarme en voz muy bajita lo buena que era esa mujer, lo bien que sonaba todo, en qué ocasión nos habíamos reunido otra vez simplemente para disfrutar de la dicha de estar juntos.
Si hay momentos en que el tiempo se detiene, se debe detener y a la vez seguir fluyendo en su progresión lógica, en su marcha irrefrenable, ése fue uno.
En fin, el disco sólo es un reflejo desvaído.
Todo se nos venía encima sin poder evitarlo. Recordé a los que no estaban en ese momento, los que deberían sentirse apabullados como yo y comentarme en voz muy bajita lo buena que era esa mujer, lo bien que sonaba todo, en qué ocasión nos habíamos reunido otra vez simplemente para disfrutar de la dicha de estar juntos.
Si hay momentos en que el tiempo se detiene, se debe detener y a la vez seguir fluyendo en su progresión lógica, en su marcha irrefrenable, ése fue uno.
En fin, el disco sólo es un reflejo desvaído.
jueves, 11 de febrero de 2010
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